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La bella y la bestia: simpatía por la Bestia

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Emma Watson y Dan Stevens encarnan a Bella y la Bestia en esta nueva versión cinematográfica. (Crédito: Walt Disney Pictures y Mandeville Films)

Entre todos los cuentos de hadas, el de “La Bella y la Bestia” ocupa un lugar especial en el imaginario popular. Son muchas las razones que explican su poder de fascinación, especialmente entre los adultos. A diferencia de “La Cenicienta”, “Blancanieves” y “La bella durmiente” aquí es imposible hablar de amor a primera vista; ocurre exactamente lo opuesto, ya que describe una convivencia forzada y un  enamoramiento sui generis, ejemplarmente maduro.

Buena parte de su misterio emana de este proceso invisible a los ojos pero no al corazón. Bella aprende a amar a la Bestia pese a su apariencia horrenda, pese también a su falta de habilidades sociales; lo ama siendo más bestia que hombre, pero al final del cuento ella ha obrado un milagro: la transformación en cuerpo y alma de una criatura que parecía indomable, convertido en un ser vulnerable por obra y gracia de su amor.

Los sentimientos y las experiencias que encierra este relato son universales, trascienden tiempo y espacio, pero, como buen producto del folclore popular, ha sido reescrito a través de los siglos y adaptado a las necesidades de cada generación. No podemos hablar de una versión pura o auténtica de “La Bella y la Bestia”, y eso debería ser una bendición para los artistas que se inspiran en ella, adaptándola a múltiples contextos.

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El origen literario de “La Bella y la Bestia” se puede rastrear hasta el siglo II y está en “Eros y Psique”, la historia más extensa de El asno de oro, del escritor romano Apuleyo. Eros toma como prisionera a una hermosa joven, encerrándola en su palacio y visitándola todas las noches para hacer el amor. Psique desconoce la identidad de su magnífico amante, hasta que comete la imprudencia de iluminarlo con una lámpara.

Si solo conocen “La Bella y la Bestia” por la película de Disney, les costará asociarla con “Eros y Psique”, pero ambos son relatos de iniciación en los que sus heroínas atraviesan situaciones traumáticas hasta reconocer en el otro —el compañero misterioso— a su complemento perfecto. Por supuesto que Eros está lejos de compararse físicamente a la Bestia, pero este personaje ha sufrido todo tipo de mutaciones: ha sido serpiente, lobo, cerdo, incluso ha tenido trompa. Lo importante es que haya alguna distancia entre él y su objeto de deseo, algún tipo de barrera que lo incite a comportarse como un monstruo. Sea un mico gigante prendado de una rubia histérica (King Kong, 1933) o un sociópata obsesionado con la chica de sus sueños (¡Átame!, 1990), en el fondo son variaciones del mismo relato: el macho solitario y elemental que busca desesperadamente atrapar aquello que considera bello y distinto a él. No hay miedo sino adoración. Como sentenció Goethe: “El eterno femenino nos atrae hacia las alturas”.

Recién en el siglo XVIII aparece oficialmente el cuento de “La Bella y la Bestia”, incluido en la novela El joven estadounidense y los cuentos marinos (1740), de la francesa Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve. Pero esta versión es muy distinta de la que todos conocemos, en gran medida porque Villeneuve escribió un libro fantástico para adultos que escondía un sutil comentario sobre los matrimonios por conveniencia que eran costumbre en Europa. De allí que contenga escenas insólitas para el público contemporáneo, como el pedido explícito de la Bestia de tener relaciones sexuales con Bella (más que amor, había deseo en sus mentes) o la primera noche de la pareja en el lecho conyugal… antes que la Bestia se transforme en humano.

Son tantas las diferencias —Bella se entera al final de que lleva sangre azul en sus venas— que debemos mirar otra versión, publicada en 1776, para reconocer al clásico inmortal. Su escritora Jeanne-Marie Leprince de Beaumont (también francesa) era una moralista que antes había amado a su propia Bestia: el infame Thomas Pichon, espía que traicionó a Francia en la Guerra de los Siete Años con Inglaterra. Otros especulan que el modelo para la Bestia fue un gentilhombre llamado Petrus Gonsalvus (1537-1618), célebre por sufrir de hipertricosis, enfermedad que cubre el cuerpo de vello. Lo cierto es que el libro de Leprince fue tan exitoso que lo trasladaron al teatro y la ópera.

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El cine se interesó desde sus inicios en esta historia. Según los registros, entre 1899 y 1913 se rodaron cuatro adaptaciones, pero hubo que esperar hasta 1946 para que la pantalla grande le hiciera justicia al cuento de hadas. Y tuvo que ocurrir en Francia, justo después de la Segunda Guerra Mundial. Mientras en Italia se izaba la bandera del neorrealismo, el escritor y cineasta Jean Cocteau apostó por la imaginación como respuesta a la barbarie causada por el nazismo.

La Bella y la Bestia de Cocteau es un sueño de película: no es una producción ostentosa —hubo que hacer milagros con los efectos especiales y utilizar cualquier clase de celuloide— pero es uno de los encuentros más afortunados de vanguardia y narración tradicional. Jean Marais —amante de Cocteau— interpreta a la Bestia y a un bruto pretendiente de Bella (Josette Day), personaje que luego será imitado por Disney. Uno de los apuntes más sugerentes de esta versión se presenta en el desenlace, cuando la Bestia adquiere las facciones refinadas de Jean Marais, transformación que causa cierta decepción en Bella, ya que amaba a la Bestia tal como era. Cuenta la leyenda que Greta Garbo, conmovida por el final de la película, gritó a la pantalla:
“¡Devuélveme a mi Bestia!”.

Ciertamente los europeos llevan la ventaja a la hora de contar este relato, lo vienen haciendo por siglos de boca en boca, y ahora con imágenes creadas digitalmente. El maestro ruso de animación Lev Atamanov contó en La flor escarlata (1952) la versión divulgada en su tierra por el autor Sergey Aksakov. Mucho más volcada al público adulto es una producción checoslovaca de 1978, dirigida por Juraj Herz, reconocible por su atmósfera medieval y por tener una Bestia insólita con forma de ave. Los franceses Roger Vadim (1984) y Christophe Gans (2014) probaron con mayor o menor fortuna evocar la magia del cuento infantil. Dichos esfuerzos trajeron algunos de los emparejamientos más intrigantes de actores famosos: Susan Sarandon y Klaus Kinski, Léa Seydoux y Vincent Cassel.

Desde el otro lado del Atlántico, Disney mezcló los ingredientes con una efectividad irresistible, les añadió música y el resto es historia: La Bella y la Bestia (1991) fue la primera cinta animada nominada al Óscar como mejor película. Gran parte del mérito recae sobre los compositores Alan Menken y Howard Ashman, responsables de un notable setlist de canciones que se apoderaría luego de Broadway. Uno de los mayores aciertos de esta versión es la personalidad fuerte de Bella, la persona más inteligente de su pueblo, y encima bondadosa.

Este año Disney vuelve a apostar por rehacer un antiguo cuento de hadas con actores reales, fórmula que resultó provechosa con Maléfica (2014) y Cenicienta (2015).
La tarea de ‘humanizar’ La Bella y la Bestia fue asignada a Bill Condon, cineasta que algo sabe de criaturas grotescas, ya que dirigió Dioses y monstruos (1998) —biopic sobre James Whale, director de Frankenstein (1931)—, aunque mejor olvidar los hombres-lobo y vampiros que pulularon en su adaptación de Crepúsculo: Amanecer (2011-2012). Sin duda, el atractivo reside en las memorables canciones de Menken y Ashman, así como en el elenco repleto de secundarios de lujo, como Emma Thompson, Kevin Kline, Ewan McGregor, Ian McKellen y Stanley Tucci. Además nos enteraremos de si Emma Watson (nuestra Bella millennial) está lista para cargar un filme sobre sus hombros. Ojalá podamos decir que la belleza mató a la Bestia.

 

por Claudio Cordero


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