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Del cómic a la pantalla: a prueba de kriptonita

A propósito del estreno de La mujer maravilla, una reflexión en torno a las películas de superhéroes.

Superman

Fotograma de la película "Superman", dirigida por Richard Donner, en 1978. (Crédito: Warner Bros.)

Fotograma de la película "Superman", dirigida por Richard Donner, en 1978. (Crédito: Warner Bros.)

Warner Bros.

David Fincher las califica como “tontas”. David Cronenberg dice que son “infantiles”. Para Pedro Almodóvar, “son más de lo mismo”. Para Ridley Scott, “no cuentan buenas historias”. El holandés Paul Verhoeven alguna vez dirigió RoboCop (1987), pero hoy opina que detrás de esta moda “se ha perdido completamente el contacto con la gente normal”. El insulto final es del finlandés Aki Kaurismäki, quien confiesa solo poder verlas en estado de resaca. Está claro que muchos cineastas ya tuvieron suficiente con los superhéroes. En el 2015, cuando el director y guionista Dan Gilroy subió al escenario de los premios Spirit para recibir el Premio al Mejor Guion por su trabajo en Primicia mortal, su discurso fue un ataque directo al enemigo. “Creo que somos los supervivientes de un tsunami de películas de superhéroes que han arrasado con esta industria. Hemos sobrevivido, hemos prosperado y esa es la verdadera esencia del cine independiente”.

Gilroy no estaba solo. Esa misma temporada de premios estaba dominada por Birdman, una cruel parodia del género favorito de las masas. Su director, Alejandro G. Iñárritu, llegó al punto de condenar esta tendencia como “genocidio cultural”. Seguramente dolido por los comentarios de Gilroy e Iñárritu, el director James Gunn (autor de Guardianes de la galaxia) salió a defenderse por Twitter. Su argumento: es un error creer que solo las películas “serias” están hechas con amor.

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Los fanáticos del cine y los de las historietas son criaturas de distinta especie obligadas por razones ajenas a su voluntad a navegar juntos en un viaje sin destino previsto. La experiencia ha demostrado ser traumática para ambos bandos, al punto de llegar a detestarse mutuamente. Hay quienes afirman que Marvel y DC Comics están haciendo un daño irreparable a la industria del cine. Otros opinan lo contrario: es Hollywood el que está matando las películas de superhéroes. Quizá no se trata de descalificar un género tan válido como cualquier otro y que, a pesar de su relativa juventud, ha dado un puñado de obras valiosas, algunas realmente magníficas. El objetivo de este artículo —escrito desde el punto de vista de un cinéfilo— es intentar dilucidar por qué cada vez es más difícil enamorarse del cine de superhéroes. Tal vez seamos una minoría quienes pensemos de esta manera (la taquilla, al menos, no exhibe síntomas de agotamiento) y, sin embargo, necesitamos reflexionar sobre este fenómeno porque es posible que el cine comercial del futuro dependa cada vez más de los superhéroes; o hacemos un esfuerzo por comprender su naturaleza o radicalizamos nuestro escepticismo. Considero este segundo escenario como el peor.

Por increíble que parezca, hubo un tiempo en que las películas de superhéroes eran completamente inofensivas y solo inspiraban indiferencia por parte de los grandes estudios de Hollywood. Pero en algún momento todo eso cambió y no ocurrió de la noche a la mañana: tomó más de medio siglo convencer al público de que las historietas podían capturar nuestra imaginación más allá de la pubertad, de que estaba bien admirar a nuestros héroes de la infancia al lado de nuestros hijos y nietos.

Si en el pasado los ejecutivos de Hollywood se disputaban los derechos de las obras de Tennessee Williams y John Steinbeck, hoy sus esfuerzos están consagrados a convertir las viñetas juveniles en franquicias billonarias. Al hacerlo, cambiaron la manera como concebimos el cine de espectáculo. Lo interesante de que las películas basadas en cómics sean el paradigma de entretenimiento popular es que están forzadas a evolucionar para sobrevivir.

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La primera fase (iniciada con Superman de Richard Donner, allá por 1978) consistió en disipar la incredulidad ante este tipo de empresas: se demostró al mundo que eran viables, que podían tener sustancia y estilo. La segunda fase (iniciada en 1989 con Batman de Tim Burton) demostró la versatilidad del género para adaptarse a las exigencias del público adulto y aspirar a cierto grado de profundidad. Tras una década de transición, el s. XXI inauguró la fase de las franquicias todopoderosas, reflejada en la consolidación de Marvel Studios y DC Films. Hoy los representantes de la industria del cómic tienen más poder de decisión y protegen la integridad de sus creaciones. Esta fidelidad al original puede resultar alienante para quienes no son precisamente devotos de sus universos ficcionales. En el lado positivo, estos creativos son los que están más dispuestos a romper barreras y prejuicios anclados en la industria tradicional. Por ejemplo, la flamante cinta de La mujer maravilla bien podría liquidar la resistencia de los estudios a financiar obras similares con protagonistas mujeres.

Escena de la película "Wonder Woman" con Gal Gadot como protagonista. (Foto: AP)

Trailer de la cinta Wonder Woman (2017)


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Hoy que las películas de superhéroes son a prueba de kriptonita y críticas negativas, es fácil mirar atrás con más nostalgia que ira, incluso cuando varios (sub)productos de antaño eran auténticas estafas cinematográficas; lo que queda de ellas es un sentido de la inocencia que definitivamente se ha perdido en el género. Allí está para demostrarlo el documental Doom: The Untold Story of Roger Corman’s The Fantastic Four (2015), un sincero homenaje a aquellos pioneros que se atrevieron a soñar en grande a pesar de no contar con las herramientas elementales para crear imágenes seductoras. Ese entusiasmo o “amor” que tanto celebra James Gunn estaba presente en la primera adaptación de Los cuatro fantásticos (1994), que es más kitsch que las películas con Jessica Alba como la Mujer Invisible, y más maldita que la estrenada en el 2016 con más pena que gloria. La ironía de esta serie B es que si tuviese los efectos especiales a los que hoy estamos acostumbrados, sería casi tan buena (o tan mala) que sus similares contemporáneos. Los tiempos cambian, pero no lo que nos emociona.

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