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Librerías: ciudades de papel

Pese a la economía y a la digitalización, las librerías siguen en Buenos Aires. En Lima, el circuito librero se reacomoda.

Lucio Aquilanti recorre diariamente las tres cuadras entre su casa y el trabajo. En ese corto trayecto, en los alrededores del Congreso de la Nación Argentina, se topa con siete librerías. Fisgonea lo que están ofreciendo sus colegas. Al fin y al cabo, una librería es un negocio y debe estar pendiente de la competencia. Dirige el local que lleva su apellido desde hace 23 años. En la venta de libros radica el sustento familiar.

(Crédito: AP)

“Existe un mercado interesante, más de lo que uno cree”, afirma auspicioso. Aquella densidad librera del barrio de Aquilanti no es accidental, también se replica en otras zonas. Buenos Aires convive entre páginas. De hecho, encabeza la lista de ciudades con más librerías por habitante que elaboró el World Cities Culture Forum (2015). Por encima de Madrid, París o Hong Kong. El paneo identificó cerca de 500 establecimientos en la urbe porteña (25 librerías por cada 100 mil habitantes). Una llamativa cifra que encuentra sustento en una larga y estrecha relación con la industria editorial. “Durante la Guerra Civil española llegaron varios intelectuales y promotores que fundaron aquí editoriales. Buenos Aires se posicionó junto con Ciudad de México como un núcleo editorial. En esos años del siglo XX había también mucha influencia del libro francés”, refiere.

Para Facundo Barisani, de Eterna Cadencia, este fenómeno también encuentra raíces en políticas estatales. “Hay que tomar en cuenta el histórico fortalecimiento de la educación pública: la valorización de la cultura letrada con alcance popular no solo elitista”, anota.

Hablar del epicentro del movimiento supone hacer el foco en el Microcentro porteño. Caminar por la avenida Corrientes es adentrarse en una pasarela de 15 cuadras donde los teatros y las librerías se disputan la atención. Es una arteria que nunca duerme. Incluso pasada la medianoche, curiosos transeúntes siguen ingresando a las librerías atraídos por alguna oferta o novedad. “Está instalada la cultura de la visita. Recorrer, comparar, buscar. Corrientes es un clásico de los lectores”, dice Aquilanti.

Aun así, los ojos de ciertos turistas prefieren detenerse en Recoleta. Sobre la avenida Santa Fe se ubica El Ateneo Grand Splendid, una imponente edificación que en 1919 fue inaugurada como teatro. En sus mejores años, Carlos Gardel grabó en sus ambientes algunos de los temas que lo inmortalizarían. Desde el 2000, los tres niveles del inmueble están cubiertos por libros. La arquitectura del teatro (que conserva hasta el telón) le da un tinte especial al paseo por los abarrotados estantes. Las marcas vivas del pasado confluyen con ojos curiosos que se mezclan entre páginas. El diario británico The Guardian la consideró la segunda librería más hermosa del mundo. Hoy opera como sede central de una cadena nacional y se calcula que alberga en stock más de 120 mil ejemplares. “Es un ícono de la ciudad”, resume Lucio Aquilanti.

En Buenos Aires hay espacio para todas. Librerías grandes, pequeñas, con jardín, de cadena o de nicho conviven en un circuito que ofrece diversidad. Eterna Cadencia está en Palermo, una zona que en las últimas dos décadas se convirtió en foco cultural y social. La librería abrió hace 11 años y no ha dejado de crecer. Al poco tiempo incursionó en la producción editorial y su gama de acciones (cafés, lecturas, charlas y presentaciones) la convierten en un espacio dinámico que va más allá de la venta. “Son necesarias estas actividades para atraer clientes. Ya todas las librerías se mueven también por fuera de la venta del libro. Hay que hacer cosas que impliquen llenar el espacio”, comenta Barisani.

Aquí, la apuesta siempre se enfocó en el circuito independiente. En primera fila no encontramos los bestsellers (que sí los hay pero más atrás), sino producciones locales con narrativas, acaso, más exigentes. “Nuestros rankings de libros más vendidos no coinciden ni de cerca con los de las cadenas”, dice Barisani, y se apura en anotar algunas desventajas competitivas del mercado. “La cadena, al tener un capital fuerte, puede ofrecer mayores facilidades de pago que hacen que se nos escapen clientes”.

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(Crédito: AP)

Una librería es, principalmente, un lugar de encuentro que excede al acto de mirar anaqueles. Ricardo Piglia decía que “los lectores y los libreros son los mejores amigos de los escritores”. Y esa comunión tiene como escenario principal la librería. Lucio Aquilanti, quien también cumple deberes como vicepresidente de la Asociación de Libreros Anticuarios de Argentina, considera que el debilitamiento del vínculo emocional entre libreros y lectores es otra gran amenaza que traen las cadenas. “En las pequeñas librerías suceden cosas.
En ellas se da una información extra que en las cadenas no ocurre. Alguien va a una cadena, elige un libro de Arguedas y paga en caja. Acá podemos hablar sobre su vínculo con Cortázar. Hay personas que miran desde afuera. Piensan que adentro les van a tomar examen o que todo es caro. Los libreros mediamos para que se animen”, añade.

Según datos de la Cámara Argentina del Libro, en 2015 se publicaron casi 29 mil nuevos títulos en el país. Es decir, en territorio argentino se produce un libro cada 18 minutos. Para Aquilanti la vigencia del circuito está vinculada a la sostenibilidad de la producción. “Cuando la industria editorial no está protegida se desmorona”, afirma, y cierra con una curiosa reflexión: “No hubo grandes cierres de librerías ni cuando se bombardeó la Plaza de Mayo (1955), ni en la dictadura militar (años setenta), ni en la crisis del 2001. Eso habla de un mercado saludable, pero también uno se pregunta: ¿un país interesado en la lectura no debería tener mejores gobernantes y menos crisis?”. La cuestión queda rebotando. Quizá aún no haya libros para resolver esa ecuación.

La situación local


En su última edición, la FIL Lima recibió 538 mil visitantes, registró ventas millonarias y se convirtió en la mayor cita cultural del país. (Créditos: Enrique Cúneo)

En su última edición, la FIL Lima recibió 538 mil visitantes, registró ventas millonarias y se convirtió en la mayor cita cultural del país. (Créditos: Enrique Cúneo)

La primera ciudad de Sudamérica que contó con una imprenta no fue Buenos Aires, sino Lima. En 1581 la llegada de la innovadora tecnología posibilitó la publicación de los primeros textos que abastecerían al resto de la región. En esos años de Virreinato, Lima no solo era el centro de operaciones administrativas y militares, era también el lugar donde nacían los libros.

Hoy, mientras algunas editoriales independientes aplican medidas de sobrevivencia (polladas, sorteos), el circuito de librerías intenta reacomodarse luego de un fuerte remezón. La venta de la cadena Crisol, el principal operador del país, a la Derrama Magisterial avivó viejos (e inconclusos) debates. “Fue un momento de pánico, pero ya va pasando. Cuando ingresó Crisol al mercado, 15 años atrás, cambió el panorama para bien, se empezó a ver que las librerías eran un negocio rentable”, refiere Patricia Arévalo, vicepresidenta de la Cámara Peruana del Libro (CPL).

El crecimiento de Crisol fue meteórico. En diez años multiplicó sus ventas por 16.
El 2014 facturó S/78,4 millones y llegó a operar 32 tiendas, el 51% del mercado nacional. La posterior incursión en otros rubros (accesorios de oficina, juguetería y ropa deportiva) aumentó los compromisos económicos del grupo que la regentaba, y terminó asfixiada por deudas.

El crecimiento de la empresa generó formas de dependencia en el circuito librero. Conforme Crisol ganaba terreno y sus números en azul aumentaban, iba erigiéndose como un agente decisivo en la comercialización de los textos. “Si Crisol no te recibe un libro, casi no tienes cómo distribuirlo. Las cadenas no son malas, ya que tienen un impacto en la economía de escala; el punto es que no se concentre todo en una, sino que haya varios frentes”, dice Arévalo.

La crisis de Crisol fue también la del mercado librero nacional. En una actividad con pocos agentes, cada una de sus acciones tenía un impacto directo en todo el circuito. “Cuando Crisol empezó a descartar cuentas editoriales contrajo mucho el mercado. La plaza es tan importante como el producto. Un libro que no tiene dónde venderse, no tiene sentido de ser publicado”, afirma Arévalo.

Mientras tanto las ferias siguen disparando cifras que contradicen las adversidades. En su última edición, la Feria Internacional del Libro de Lima recibió 538 mil visitantes, registró ventas millonarias, y se convirtió en la mayor cita cultural del país. Por estos resultados, Patricia Arévalo encuentra razones para creer en la expansión librera. “Las ferias demuestran que hay interés. Creo que existe un mercado por explotar”, menciona.

Pero, en un contexto donde librerías y editoriales independientes demandan mejoras y revisiones a la aplicación de la Ley del Libro, el éxito de la FIL parece ser una excepción y no la regla. En la CPL saben que es necesario realizar correctivos al reglamento actual que van desde la reducción impositiva hasta la, tan mentada, promoción lectora. “Cada vez se ponen más trabas para recuperar el crédito fiscal. La burocracia hace que las cosas para los más pequeños sean muy difíciles. Y otro punto que no se ha aplicado es el Plan Nacional de Incentivo a la Lectura. La Red de Bibliotecas Públicas, que debe ser una oportunidad para las editoriales locales, no está lo suficientemente acompañada”, manifiesta.

El próximo año la actual Ley del Libro caducará sin posibilidad de renovación.
Ya desde la CPL alistan una nueva propuesta. En el camino habrá que componer un proyecto que atienda e incluya a todos los actores del circuito. Y, sobre todo, parta de la formación de nuevos lectores.

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