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"Alejandro Toledo tiene una oportunidad", por Jaime Bedoya

En su columna semanal "Disculpen la pequeñez", Jaime Bedoya escribe sobre las posibilidades que se presentan ante el ex-presidente Alejandro Toledo.

Toledo, Bedoya

En su columna semanal "Disculpen la pequeñez", Jaime Bedoya escribe sobre las posibilidades que se presentan ante el ex-presidente Alejandro Toledo. (Foto: Rolly Reyna/ Archivo El Comercio)

En su columna semanal "Disculpen la pequeñez", Jaime Bedoya escribe sobre las posibilidades que se presentan ante el ex-presidente Alejandro Toledo. (Foto: Rolly Reyna/ Archivo El Comercio)

Rolly Reyna

“En toda crisis hay una oportunidad” es un dicho atribuido a Oriente tras el cual se camufla, refugiada en el optimismo, la resignación. La versión occidental, siempre más pragmática, habla del vaso medio lleno o medio vacío.

Referirse a recipientes propios del líquido elemento bebible es pertinente al ocuparse de un personaje irrepetible: nuestro expresidente don Alejandro Toledo. El susodicho tiene un vaso medio lleno frente a sus narices. Agréguese hielo al gusto. Si es preciso, con la mano.

Hay de aquellos inmunes al ridículo. Son gente feliz e inusualmente funcional. Su bajo umbral de amor propio le permite deslizarse con gran fluidez entre las curvaturas de la vida diaria. Don Alejandro es uno de estos elegidos, por lo que entusiasmarlo con la posibilidad de cancelar el papelón permanente en su vida pública no ofrece atractivo alguno a su discernimiento. El papelón es su vida pública.

Entonces, en vez de ofrecerle ese alivio que no entiende, hay que hablarle de lo que conoce y le gusta.

Si se entregara a la justicia, don Alejandro podría recuperar la paz espiritual y la plenitud existencial de las que ahora, exudando aroma a asno muerto, carece. El deporte es la base de la rehabilitación penitenciaria. Dentro de un régimen carcelario, don Alejandro tendría todo el tiempo del mundo para dedicarse a la gran pasión ad honorem de su vida: el fulbito.

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Es sabido que, desde sus días de pastoreo en Cabana, don Alejandro tuvo una temprana predilección por el balompié. Es más, completó su beca inicial del Cuerpo de Paz norteamericano jugando fútbol en la Universidad de San Francisco. Fue el fútbol lo que le permitió la visa de estudiante y evitarse ir a Vietnam. Este deporte les ahorró a dos naciones la posibilidad de un Forrest Gump peruano.

Durante su gobierno el Perú fue sede de la Copa América y el Mundial Sub17. Y, apenas a dos meses de dejar el poder el año 2006 —a medio camino de los presuntos pagos escalonados de Odebrecht—, Toledo se jugó una pichanguita en Viena, Austria. Fue en el marco de una reunión con los líderes de la Unión Europea. Lo frustrante: falló un penal. Es el momento de cobrarse esa revancha con la vida.

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Como capitán de la selección de fulbito del Fundo Barbadillo, Sporting Diroes o como se llamase, don Alejandro recuperaría el brío y la gitanería de indio trotamundos que ahora la vicisitud judicial pareciera haberle robado. Punido el traspiés político, su nueva vida vestido de corto le daría sentido a su denominación de error estadístico. Alejandro, sé consciente, recuperarías el impagable calor del aplauso público.

Además, un campeonato relámpago entre el Sporting Diroes, Once Amigos de Odebrecht, Cambio 90 Boys, Exijo Pruebas FC y demás equipos conformados por reos en trance de rehabilitación, le darían a este país lo que tanto necesita: alegría y buen fútbol. El deporte cambia vidas. Y cuando no las cambia, las mejora.

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