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"Cuatro cosas que no sabes
antes de ser padre", por Jaime Bedoya

En su columna semanal "Disculpen la pequeñez", Jaime Bedoya escribe sobre su experiencia como padre.

Columna Bedoya

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1
Entras a la sala de operaciones y ves a la mujer que quieres partida en dos por un dolor del que de alguna manera eres parte. Te reconoces como inútil. Se requiere conocimientos que no posees. Estas ahí en condición de cómplice incapaz.

Coges la mano de la mujer balbuceando delicadezas que ni a ti convencen. Llega el momento cumbre en que un pequeño cuerpo untado de viscosidades brota gritando de otro cuerpo. Mientras la mujer conoce el alivio fruto de un amor profundo y que en alguna medida te cancela, lo tuyo es el estremecimiento, la inmersión en un nuevo plano de los desconocido. Te refugias en el voluntarismo de encontrar un reflejo familiar en ese pequeño rostro inflamado que chilla y chilla. Aún no se parece a nadie.

Tu ego estalla en pedazos. Las consecuencias últimas del fornicio quedan materializadas en una persona que intentas sostener con una naturalidad que no aparece. Tu función más útil es la primaria: cargar, llevar, traer. Pasará un buen tiempo antes de redescubrir para qué más sirves.


2
La penuria y el misterio del santo infantil es que se trata de una instancia que logra detener el tiempo adulto. No lo dudes: la tarde será eterna.

Escucharás cien veces la pregunta: ¿cuánto pesó? Podrás responder cualquier cifra aleatoria —cien gramos, 35 kilos—, e invariablemente el comentario será ay, qué lindo, porque no necesariamente te están escuchando. Están revisándolo. Comparándolo. Evaluándolo.
Para cerrar aquel proceso preguntarán por compromiso si te está dejando dormir. No respondas, sonríe.


3
Conforme pase el tiempo y lo que crece contigo se va convirtiendo en una persona, espontáneamente sus problemas, dolores y tristezas serán completa y naturalmente tuyos. Advertencia: dolerán más que los propios.

A pesar de lo que imagines, de ninguna manera podrás resolver todas ellos.

No importa. La mayoría de las veces será solamente transmitir tranquilidad, aunque de tu propia calma solo quede una sombra. Proyéctala. Todo es cuestión de dónde te pares en relación a la luz.


4
A una altura de vuelo muy por encima del contratiempo y el egoísmo, se generará una atmósfera pura entre tú y ellos, tus hijos. Nadie que no esté invitado podrá entrar ahí.

Ese será el lugar donde habiten los recuerdos, las palabras cómplices, la sonrisa inesperada que se regalen entre ustedes iluminando lo más oscuro: podría ser una definición de lo invencible.

Es ahí donde jerarquía y disciplina, importantes aunque no definitivas, se harán a un lado cuando las reglas del juego dejen en claro de qué se trata esto: pasar la antorcha.

Es cuando toca darse cuenta de para qué estamos acá, además de para una vez al año ser celebrados con un práctico portalápices hecho de palitos de helado.

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