El dominical

Leer tampoco da caries, por Jaime Bedoya

En su columna semanal "Disculpen la pequeñez", Jaime Bedoya rememora una experiencia temprana como lector

Leer tampoco da caries, por Jaime Bedoya

"El libro era ¡Viven!, relato del periodista Piers Paul Read sobre la tragedia aérea del equipo de rugby uruguayo Old Christians".

El cuarto trasero del departamento daba a la playa de estacionamiento del edificio, donde la prevalencia del cemento configuraba una tranquilidad forzada. Por la tarde, rezagos de brisa marina llegaban confundidos, muriendo en un breve remolino hecho de polvo y bolsas plásticas que jugaban a estar vivas.

Ese movimiento de aire producía un siseo moderado y sostenido, canto que arrullaba la tarde y acompañaba la lectura como si fuera parte del libro: el viento de playa Hermosa, en Ancón, suplantaba la gélida corriente de aire que amenazaba a los sobrevivientes del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya que se había estrellado en los Andes argentinos.

Los que se habían salvado, vida inconexa en medio de la nada sobre los cuatro mil metros de altura, se enfrentaban ahora al dilema básico de sostenibilidad que se impone a dónde dormir, cómo cagar y en qué creer: alimentarse. Si no comes, mueres.

Los cadáveres de sus amigos y familiares yacían a su lado preservados por la nieve como posibilidad innombrable.

El libro era ¡Viven!, relato del periodista Piers Paul Read sobre la tragedia aérea del equipo de rugby uruguayo Old Christians, sucedida en 1972. Dos años después era el primer libro que leía completo y voluntariamente en una Semana Santa que debió haber sido estrictamente playera. En vez de eso, el feriado transcurría entre los restos de un avión estrellado en los Andes, e intentando descifrar con limitada pericia la mirada de una niña de ojos transparentes. Una mirada así solo la había visto antes en gatos.

A ella la había visto en la cancha de fulbito, que era zona deportiva durante la tarde y recinto religioso durante la noche. Fueran goles o procesiones, ella miraba el mundo con unos inusuales ojos transparentes. Ese brillo desconocido era la luz imaginaria que nocturnamente alumbraba la ruta ciclista entre playa Hermosa y el casino, éxodo migratorio en dos ruedas que hacíamos en manada como un rito sin explicación. Mientras lo cumplía pensaba en esa gente a punto de llevarse un trozo de carne humana a la boca, congelándose en lo que quedaba de un avión.

Las mañanas se consagraban a las olas en Conchitas, donde el suave deslizar de las tablas sobre el agua era antagónica situación a la brutal expedición de Nando Parrado y Roberto Canessa en busca de cruzar las montañas y llegar, ellos creían, a Argentina. No salíamos del mar sino hasta quedarnos ciegos y sin huellas digitales.

La tarde del Sábado de Gloria helicópteros de la Fuerza Aérea de Chile llevaba a los supervivientes al pueblo de Los Maitenes. Ahora el viento del parqueo era el de las hélices. Les preguntaron de qué se habían alimentado y no respondían nada. Había terminado el libro y 16 personas habían sobrevivido comiéndose los cuerpos de sus amigos. Imaginaba que apestaban.

El domingo coincidí con la niña en la playa de estacionamiento. Sus padres empacaban el auto al igual que los míos mientras ambos mirábamos la escena reducidos a nuestra real condición infantil. No la volvería a ver. Era la última oportunidad.

—¿Comerías carne humana? —le pregunté.

Ella ignoró la pregunta o simplemente no la entendió. Subió a la parte de atrás de su auto y sonrió a través de la ventana. Le faltaba un diente delantero, con el permiso del alzhéimer.

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