El dominical

Señoras de club (noficción en cambio de estación), Jaime Bedoya

En su columna semanal Disculpen la pequeñez, Jaime Bedoya comparte tres anécdotas de señoras en un club.

Señoras de club (noficción en cambio de estación), Jaime Bedoya

En su columna semanal Disculpen la pequeñez, Jaime Bedoya comparte tres anécdotas de señoras en un club.

Jaime Bedoya

Uno

—Estás en mi sombra —le informó la señora #1 a una joven madre que ubicaba a su bebé a bordo de un coche, a salvo del sol.

La señora #1 tomaba sol junto a la piscina de un club limeño. Había otro asiento vacío a su lado, cubierto por una toalla, y más allá otra butaca más. Una sombrilla común daba sombra a las tres sillas colindantes.

—Estás en mi sombra —repitió la señora. La joven madre no decía nada pues no digería del todo el alcance declarativo de tal aseveración. ¿Será una broma?, llegó a pensar ensayando leve sonrisa.

Aclarando que tal no era el caso, la señora precisó:

—Mi esposo está en el gimnasio, ahorita baja y va a usar esa sombra. Además, obviamente no le va a gustar tener un coche al lado.

Era en serio. El tema derivó en una acalorada discusión que involucró a agentes de seguridad del club y curiosos varios. La variedad de opiniones a favor del derecho a la propiedad de la oscuridad que proyecta un cuerpo opaco resultó sorprendente. Si un meteorito las hubiera podido escuchar, entendería por qué su deber es estrellarse contra la Tierra.

 

Dos

La señora #2 estaba al acecho. Parada al lado de un padre que cuidaba solo a dos niños, ella les hacía gracias a los pequeños, diciéndoles incoherencias en diminutivos, supuesto código expresivo de adultos que tratan a los niños como idiotas pequeños.

El menor de ellos, una bebé silvestre y libre, corrió osadamente hacia la piscina. El padre abandonó la poltrona de la que hacía posesión para ir tras la menor, en aras de evitar el homicidio culposo.

Al regresar el padre, la poltrona ya no estaba. Los maletines y pañales de los niños habían sido aleatoriamente colocados unos encima de otros sobre una silla. Un traqueteo llamó su atención. Como a veinte metros de ahí, la señora que hasta hacía unos momentos sonreía a sus hijos se encontraba en el trance de remolcar a mano la poltrona de madera hasta el otro extremo de la piscina.

Al día siguiente, la señora volvió a pasar frente al padre y sus hijos. Les volvió a sonreír achinando los ojos. La bebé la miró en silencio con semblante neutro, incrédulo y despreciativo, lo más cercano a un conchatumadre de quien aún no sabe hablar.

 

Tres

Era temprano por la mañana cuando la mujer joven hacía una pausa de su natación diaria. Coincidió en el descanso con otra señora, la #3, que también nadaba. Esta le empezó a hablar.

—Ay, hijita, esto es un paraíso, ¿no?

—Sí, que rico es nadar.

—Ya habrás donado, ¿no? Yo di agua mineral. Lo mejor ahora es que ya no hay niños en el club. A mí me queda cerquita, vivo cerca de la bajada de San Isidro. ¿Tú de dónde vienes?

—Vivo en Magdalena, bajo por Marbella.

—¿Dónde es eso? No conozco. ¿En qué colegio están tus hijos?

—En el Humboldt.

—Ah, no es malo ese colegio. Mis hijos estuvieron en el Markham. Uno de ellos ya es médico.

—Qué bueno…

—Fíjate que una vecina mía de Ancón, porque yo voy a Ancón de toda la vida, tenía a sus hijos en el Humboldt. Esta mujer era chola, chola, chola. Pero cómo es, ¿no? Ni toda la plata te quita lo chola… Pero no es malo el Humboldt, ah.

Esbozando una sonrisa sin proferir palabra, la mujer joven procedió a orinarse con todas sus fuerzas, anticipando el momento en que su interlocutora sintiera la tibieza ajena rodeándole el cuerpo, cruenta e inevitablemente.

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