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La vida muere para vivir

Jerónimo Pimentel en su columna "El vientre de la ballena" sobre la nueva obra de Mariana de Althaus, Pájaros en llamas.

El teatro es el único arte que ha convertido la verdad en virtud.

En la teoría clásica la literatura busca verosimilitud y el periodismo, así como los géneros divulgativos, se sostienen en la veracidad.
La primera es un pacto entre autor y lector a favor de la credulidad y depende, en mucho, de la consistencia ficcional; lo veraz, en cambio, es la cualidad de atenerse a hechos, una rareza en tiempos de la posverdad.

La verdad artística, ahora bien, tiene en las tablas un significado más profundo que los previos: resalta la capacidad de un actor para convocar a sus emociones, reacciones e instintos de tal forma que expresa un drama ajeno como propio, o más aun, lo hace suyo de tal forma que, al actuar, no actúa, es. Y así disuelve la diferencia entre lo personal y lo universal de manera natural.

Lewis y Strasberg llamaban a esta instancia histriónica verdad escénica. Pero qué ocurre, me preguntaba al salir de ver Pájaros en llamas, la estupenda nueva obra de Mariana De Atlhaus, cuando la dramaturgia se ha construido sobre testimonios reales, cuando los actores y los autores de dichas confesiones son las mismas personas y, en un punto, no es posible ya dudar ni de la verosimilitud, ni de la veracidad ni de la verdad del espectáculo que se desarrolla ante nosotros.

* * *
Dos accidentes aéreos ocurridos en el Perú, con 25 años de diferencia, han dejado sus respectivas estelas de viudez y dolor. Hermanados por la tragedia y el talento de De Althaus, ambas historias expresan dos duelos distintos: por un lado, a través de Fernando Verano, nos enteramos de cómo su padre perdió a su primera familia en 1971, en el desastre aéreo de Lansa en Iquitos; por otro, a través de Marisol Palacios, conocemos los días previos y posteriores a la muerte de Lorenzo de Szyszlo, su pareja, hijo del pintor Fernando de Szyszlo y Blanca Varela, quien falleció en 1996 en la catástrofe del Faucett en Arequipa.

Este es el material que ha utilizado De Althaus para explorar y asediar a la muerte. Qué tremendo esfuerzo ha hecho. Al espectador la función le resulta natural, pues está planteada, digamos, con una apariencia de espontaneidad: la manera en que algunos amigos se confiesan ante otros en una noche densa. En cada segundo, sin embargo, hay intervención, plan, sentido, tuerca. Son los artificios que diluyen el artificio y permiten que aflore, con cuidado, una rara sensibilidad capaz de encontrar un lugar para la aflicción, y, más aun, para aprender a abandonar ese lugar.

“Cuando te pierdes debes tratar de encontrar una corriente de agua”, se repite en la obra como si se tratase de un mantra que convierte y eleva lo que fue un consejo de sobrevivencia paterno en filosofía de vida. Los recursos escénicos que permiten este luto compartido son diversos, pero es importante destacar a tres actores plenos en su versatilidad secundaria: Lizeth Chávez, Gabriel Iglesias y Alberick García. También vale la pena dedicar unas palabras al uso de insertos poéticos que dotan de sentido y fuerza a las zonas oscuras por las que atraviesa la obra (como los versos de Abelardo Sánchez-León que titulan esta columna) y una construcción escénica mínima pero dinámica que evoca tanto al santuario personal (ascenso) como al desmoronamiento (caída).

Como el lector adivinará, no es posible salir indemne de este programa. Si entramos en el terreno de la impudicia, resulta inevitable preguntarse qué sentirán los sobrevivientes de estas tragedias al representarse a sí mismos o verse representados, cuánto daño pueden digerir los actores testimoniantes en esta transformación artística y qué fase del duelo consiste en compartir las cenizas del siniestro con una platea. No corresponde a quien escribe ensayar esas respuestas, pero sí señalar que hay una idea que prospera muy lejos de la autoayuda, de los discursos sobre la resiliencia e, incluso, del trasfondo psicoanalítico más o menos evidente: lo raro es vivir.

La potencia poética de la que se sirve De Althaus, el mejor aliado ante la absurdidad del azar y la maldad del destino, obliga a detenerse en una escena, aquella en la que Blanca Varela le anuncia a Marisol Palacios las malas noticias: “El avión de Lorenzo ha desaparecido. Y no quiero que llores porque yo no estoy llorando”.

Esa dureza, esa sequedad, esa lacónica energía solo puede ser un derivado del espíritu que escribió “Historia”: “puedes contarme cualquier cosa/ creer no es importante/ lo que importa es que el aire mueva tus labios/ o que tus labios muevan el aire/ que fabules tu historia tu cuerpo/ a toda hora sin tregua/ como una llama que a nada se parece/ sino a una llama”.

Sostiene Adolfo Castañón —en el prólogo a la reedición de Canto villano que acaba de ser publicada por el Fondo de Cultura Económica— que “…la estética de la autora se mantiene siempre esencialmente austera, enemiga del más débil asomo de efectismo, siendo manifestación irrenunciable de un rigor ético, antes que otra cosa”. Lo que corresponde luego de ver Pájaros en llamas es extrapolar estas palabras a Mariana De Althaus.

Más información sobre Pájaros en llamas aquí

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