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"Un mago parado en el escenario vacío es un idiota disfrazado"

El mago Plomo presenta un nuevo espectáculo al lado de Nicolás Le Bienvenu, a partir del 5 de octubre en el Teatro Larco

Por Alessandra Miyagi

Siempre tuvo habilidad en las manos y lo sabía bien. Ernesto Carpio-Tirado o, mejor dicho, Plomo —apelativo heredado de su padre, quien es sonidista de la banda de rock Traffic Sound—, empezó haciendo trampas en el póker. Si bien con el tiempo dejó de ser un pequeño truhan, nunca dejó de mentir, y ahora, con la magia, tiene licencia para hacerlo de una manera exquisita. Pero Plomo no es un mago convencional: es un escéptico que no cree en la magia.

Dices que la magia no existe.
Yo entiendo y respeto las religiones desde la tradición, pero no soy religioso. He leído bastante de teología y de esas cosas, y he llegado a la conclusión de que, si existe un dios, es algo así como energía. Pero la religión sirve para arreglar al hombre, se inventaron en épocas en las que necesitábamos ordenar un poco el rebaño y contar algunas historias que causen miedo para que la gente deje de cagarla, como las layes de hoy, ¿no?

¿Entonces, qué es para ti la magia?
Mira, yo siempre hago esta comparación y los magos se molestan. Primero que nada, yo pienso que la magia no es un arte sino un entretenimiento. En ninguna escuela de Arte es una carrera. Si lees la entrada de “Artes” en cualquier enciclopedia, verás que la magia no aparece. Si eres cantante, puedes apreciar lo que haces, lo mismo si eres músico o pintor. En cambio, si eres mago e intentas hacerte un truco a ti mismo, no puedes. Yo no me puedo engañar a mí mismo. Mira este truco clásico: si agarro esta pelota, la pongo en mi mano y la hago desaparecer… [risas], esa risa es la magia. Entonces, te pregunto, ¿quién hace la magia, tú o yo? Un mago solo no es nada, necesita de un interlocutor. La magia la hace el público. Yo hago el truco, tú te ríes, eso es emoción, es magia, y me rebota: yo propongo la magia, pero tú la generas y luego regresa a mí. Es un ejercicio de ida y vuelta constante por eso es tan importante el público. El mago solo, parado en el escenario vacío, es un idiota disfrazado, no tiene nada, ningún poder, tiene una habilidad, un conocimiento que, encima, se está perdiendo con el internet, las tiendas de magia, los secretos revelados, el mago enmascarado, etc. El secreto se fue al diablo. Entonces, al final, lo que importa es cómo haces el truco, cómo te presentas, tu puesta en escena, tu originalidad. Hoy en día, ya el mago de sombrero de copa, de varita, que hace “abracadabra” se murió. Y qué bueno, por fin, porque eso es aburridazo.
Mirar jugar a Riquelme, escuchar a Héctor Lavoe, Led Zeppelin, The Who, esa es la magia en la que yo creo. En cambio, vi a Copperfield y dije “qué aburrido este viejo”. Me fui del show. Copperfield es bien paradójico porque es lo más grande de la historia de la magia, un mago que la rompió en todo lo que hizo, es el entertainer que más tickets ha vendido en la historia del mundo, pero es más aburrido que chupar un clavo. No tienes idea de lo aburrido que fue. Pero espectacular, ah, unos efectos increíbles: aparece un carro, lo desaparece, viaja de acá a allá, pero aburridisisísimo.
En cambio Penn & Teller, vas a ver el show y estás como un chibolo en un cumpleaños, aplaudiendo, gritando. Y sabes todo lo que están haciendo, pero igual, lo que te transmiten es increíble. Mira, Penn & Teller tienen un trato entre ellos de censura: son una dupla, si uno propone un truco y al otro no le gusta, no se hace, les tiene que gustar a los dos. Hay una rutina clásica en la magia que es con un aro y una pelota, y esta pelota tiene amarrado un hilo invisible al aro, entonces, haces como que la pelota va y viene y pasa. Teller, que es uno de los mejores manipuladores del mundo, le dice a Penn “oye, mira qué paja mi rutina”. Elegante, mostra, pero Penn le dice “no es para Penn & Teller”, que son trasgresores. Al año siguiente, Teller va de nuevo y le dice a Penn: “oye, mira, la he mejorado”. Penn le dice “es la cosa más linda que he visto, pero no es para Penn & Teller”. Ta-ta-tá. Tres años. Al cuarto año, le dice “escúchame, esta es mi rutina, pero te voy a dejar que la presentes como ‘La rutina del aro, la pelota y el hilo invisible’”. Y Penn le dice “ahora es una rutina para Penn & Teller”. Y Penn se para y dice “A continuación, Teller con la rutina del ‘Aro, la pelota y el hilo invisible’”. A los 30 segundos, te olvidaste de que existe un hilo y estás como “qué cosa más linda”. Es lo que trasmite, te deja alucinado. Es increíble. La magia es eso, es llevarte por el camino de la fantasía. 

¿Si el secreto ya no importa, cómo hace la magia para sobrevivir?
Me parece que lo importante es tener una propuesta identificable. En mis performances, por ejemplo, hay monólogos, chistes, reflexiones, trucos, invitados especiales, a veces presento números de circo, etc. Ahora, todavía puede haber magos clásicos. Hay uno que se llama Pablo Kusnetzoff, el pata es de galera, copa, frac, michi… Es maravilloso. Ha tomado la magia clásica y la ha llevado a la elegancia máxima: una propuesta identificable. Esa creo que es la clave.

Te refieres a ti mismo como un "truquero improvisado".
Sí, una vez por pretender insultarme, un grupo de magos me mandó una carta diciendo que no yo era un mago, sino un truquero y, encima, improvisado. Ycomo me gusta darle vuelta a las situaciones, me puse a pensar y dije “qué bien suena ‘truquero improvisado’”. Y sí, soy un truquero, y a partir de allí, empecé a presentarme así.

¿Por qué te mandaron esa carta?
Cuando empecé a hacer magia… en zapatillas, diciendo que la magia no existe, que el mago no tiene poderes… generé toda una polémica y se molestaron. En el círculo de la magia hay muy pocos que me quieren. Pero yo los entiendo, siempre hablo mal de la magia, tienen toda la razón de estar molestos. Pero… qué importa [risas]. No le puedes caer bien a todo el mundo. Entonces me mandaron una carta expulsándome de la UPI, una institución a la que ni siquiera pertenecía. Le tengo mucho respeto a la gente de la UPI, hacen una chamba bien bacán, pero en ese momento no sé qué habrán pensado las personas que manejaban el asunto. Y, bueno, decidieron expulsarme. Tengo la carta guardada en algún lado. Fue bien gracioso porque me han expulsado de lugares a los que pertenezco, pero nunca de un sitio al que no pertenecía [risas].

¿De qué lugares te han expulsado?
Me botaron de la primera universidad en la que estuve porque era un poco travieso. Un día saqué todas las bolitas de los mouse del centro de cómputo y organicé un campeonato de canicas en el jardín [risas]. Siempre fui inquieto, quería hacer cosas raras, creativas. Pero de ese estilo, nada...

Nada de vandalismo.
Depende de cómo lo consideres. Una vez, hicimos con un grupo de amigos, una broma pesada en la universidad: colgamos a un muñeco del asta de la bandera, como si alguien se hubiera suicidado. Vino la policía, serenazgo, un fiscal y todo, pero al final era un muñeco, nomás [risas].

¿Y qué estabas estudiando?
Administración. Pero yo entré allí porque me obligaron mis papás. Es que me gané una beca por el fútbol para ir a estudiar a Estados Unidos. Chiquito, tenía 16 años, recién había salido del colegio. Y no me fui, decidí quedarme. Y eso fue…: “¡¿Cómo que no vas?! Ahora vas a ir a estudiar acá, castigado” Y fui, pues, pero quería que me boten, y como no te botan por notas (igual yo siempre me saqué buenas notas), dije “tengo que hacer que me boten por otra cosa”, y fue por conducta.

Tengo entendido que estudiaste como cuatro carreras más.
Sí. Allí estudié Administración, después dejé la universidad para jugar fútbol, y luego decidí entrar por mi propia cuenta a la San Ignacio de Loyola. Entré a Turismo, me salí, me pasé a Hotelería, de ahí me pasé a Marketing, de ahí me volví a pasar a Hotelería, me gané una beca en la universidad y en séptimo ciclo me paré, di un discurso y me fui [risas]. 

¿Qué dijiste en ese discurso?
Fuera de bromas, yo estoy en contra del sistema educativo en el Perú, por lo menos, en los noventa, no estoy muy al tanto de cómo será ahora. Me molestaba mucho la metodología del “lee y dime qué leíste”. Yo luchaba para que sea “lee y dime qué piensas, qué harías, qué opinas”. Quería generar debate y no había espacio para eso.
Yo me muero de ganas de enseñar en la universidad. Hace dos años me llamaron para dictar, pero no puedo porque no tengo mi título, pues. Entonces estoy pensando en ir a Azángaro a comprarme uno… [risas]. A mí me encanta enseñar, me muero de ganas de hacerlo. De hecho, estoy pensando en terminar la universidad solo para poder ser profesor. 

¿Y qué te gustaría enseñar?
Algo que tenga que ver con humanidades o con marketing, algo de eso. Mi carrera última, Administración hotelera, es, en realidad, administración de servicios, que me gusta un montón. Y debo reconocer que lo que yo hago es eso, ¿no? Yo manejo Casa Májika, que finalmente es una empresa que otorga servicios. Y bueno, he trabajado también en cocina, incluso he enseñado: el chef principal de la USIL, Paul Marchand, que fue chef en el Hotel Bolívar, en la Rosa Náutica. Era un viejo renegón, cascarrabias. Y cuando yo tomé sus clases, ya sabía cocinar porque mi padre tiene un restaurante. Yo también soy bien renegón en la cocina, y el ritmo ahí es así de gritos, infernal. Entonces, nos caímos recontra bien, y yo, en esa época estaba buscando que la universidad me beque porque ya no me alcanzaba para pagar. Y él me dijo “¿quieres ser profesor de cocina, jefe de práctica?”. Yo saqué 20 de promedio en su curso, entonces acepté, y dos ciclos fui su jefe de práctica, hasta que me fui.

Además de la magia, escribes una columna, tienes un blog, eres DJ en la radio, cocinas...
Sí, hasta hace poco estuve escribiendo una columna semanal en Alatavoz, que se llama “Conclusiones banales de la semana”. La dejé porque empecé el “Fuera de lista”, que es un proyecto que hice con Javier, mi productor, donde cubríamos básicamente el lado B de la Copa América. Era un programa para Facebook que tenía magia, cocina, turismo, fútbol. Caímos bien a los jugadores, y ahí la ficción era que Gareca no me había convocado, o sea que estaba fuera de la lista, entonces lo buscaba siempre y le decía “profe, una oportunidad, pues” [risas]. Ahora vamos a cubrir las eliminatorias. Nos vamos a Colombia el otro mes.
Y dentro de poco voy a publicar un poemario. Ya está listo, solo que no he tenido cuándo lanzarlo. Tengo casi listo también un libro de cuentos, pero ya será para el próximo año. Son cuentos de conquista, historias de amor repentinas y cortas, protagonizadas por adolescentes. El prólogo de mi poemario lo escribió el historiador Henry Mitrani, que acaba de publicar un libro sobre la Lima antigua y ahora está escribiendo otro sobre la vida de Julio Ramón Ribeyro. Yo no iba a publicar el poemario, pero un día se lo pasé a Henry y me animó a hacerlo.

¿Desde siempre te interesó la literatura?
Escribo desde chico. Nunca lo pensé como un oficio, pero si tuviera que elegir entre las cosas que hago, si tuviera que quedarme solo con una y pudiera vivir de eso, sería escribir.

¿Y qué autores te gustan?
Ribeyro es para mí lo máximo. Me gusta mucho también un cronista de fútbol argentino que se llama Julio César Pasquato. Luego, me encanta Fontanarrosa, Benedetti… A Murakami lo he descubierto hace poco y me ha enganchado. Ahora estoy leyendo "El mago de la guerra", de David Fisher. Cuenta una historia brabaza: en la Segunda Guerra Mundial, el mago inglés Jasper Maskelyne ayudó a Churchill a vencer a los alemanes. Creó todo un ejército de utilería para despistarlos y de ahí atacarlos. Ayudó a ganar la guerra ¡con magia! Estoy leyendo como ocho libros en paralelo y ninguno a la vez. "Contarlo todo", de Gamboa; "El manantial", de Ayn Rand; "El mago de la guerra"; estoy releyendo "La palabra del mudo", que es como mi biblia; después, Cherman me regaló "5 metros de poemas", de Oquendo de Amat. Es brabazazo. No te voy a decir que soy un ratón de biblioteca, pero me gusta la literatura, sobre todo, me gustan los textos cortos, cuentos, crónicas, no me gustan mucho las novelas. Y con el internet leo bastantes papers, artículos de ciencia. 

Tienes muchos focos de interés...
Sí, pero a la vez es uno solo: el entretenimiento, el transmitir emociones. La magia, la poesía, la radio…, todo eso es transmitir emociones, que es lo que más me gusta. La gente que viene a mis shows se emociona. En el “PB5215”, el 50% del teatro salía llorando porque conté una historia real de mi infancia. La conté como fue, entonces, era orgánico, la gente lo creía y salía llorando. Fue brabazo porque se habían matado de risa todo el tiempo, y al final venía un golpe… Hablaba de los sentimientos, de la familia. Mucha gente me agradecía; otros me escribían mails, me decían “estaba peleado con mi viejo y me he amistado”. En “T.R.U.C.O.”, hablaba de mi vieja y cómo ella por perseguir sus sueños, había perdido cosas y ganado otras. Yo decía que no me compro esa historia del depa y el auto, el éxito en la cuenta bancaria, sino que había que seguir los sueños. Y fue al show un amigo de la infancia, a quien no veía hace como 15 años. Pasan dos años, paro en un café en Miraflores y me encuentro con él. Lo saludo y le digo “¿qué haces acá?”. “Este es mi local”, me dice. “Después de ver tu show, renuncié a mi chamba, negocié mi salida y con la plata puse esta cafetería. Era mi sueño tener un café”. Me abrazó, me puse a llorar. ¡Me tenía que poner a llorar, qué más iba a hacer! [Risas]. O sea, ¿te imaginas qué paja tocar a alguien de esa manera? “¡Eso es magia!”, es mucho más que aparecer un elefante. Es eso, llegar a la gente, transmitir. Eso es lo que la magia tiene para dar.
Nosotros, en el día a día, en nuestro comportamiento social, limitamos un montón nuestras emociones, creemos que tenemos que seguir ciertas reglas, que esto tiene que ser de una manera… No le damos mucho espacio a la magia porque vivimos cuadriculados. Yo trato de no vivir así en la media que puedo, tanto en mi vida como en el escenario. Pero cuando trasgredes, es muy fácil cruzar la línea y faltarle al respeto a alguien, hay que tener mucho cuidado. Veo muchos shows de performers, y hay algunos que recurren a la broma al insulto y siempre me pongo bien nervioso cuando pasa eso porque el pata vino a relajarse, no a que lo insultes, no a que lo jodas. Yo también bromeo en mis shows. La gente me dice “tú eres recontra trasgresor, haces comentarios políticamente incorrectos”. Y bueno, sí, pero nadie se ha quejado nunca. Además, yo empiezo burlándome de mí, lo cual ya te da una cierta licencia, porque el mensaje es “ya, relajémonos todos, estamos dentro de una broma”. Creo que depende del código que uses, de cómo lo plantees para que la gente lo pueda entender.

Parte de tus espectáculos consiste en desmontar los trucos de magia.
Ya no rebelo trucos como antes, ¿sabes? Porque Guillermo Carranza, mi maestro, me hizo dar cuenta de que no hay necesidad de revelar los trucos, es un poco agresivo y, además, hay gente que vive de ese truco. Si son míos, sí los puedo revelar, pero si son de otro, ya no. Me di cuenta de que eso está mal.

Dices que rara vez o nunca ensayas tus rutinas.
Sí. Yo consumo muy poca magia porque me aburre, o sea, los shows. Tengo muy pocos magos que admiro en el mundo: Penn & Teller, Radagast (un mago argentino con quien tengo una dupla, mi amigo del alma y el mejor del mundo, sin lugar a dudas), Amazing Johnathan, Juan Tamariz… No sé, creo que no podría llegar a diez, que admire. Entonces, el chato Denis González, que es el ingeniero truquísitico de Casa Májika, es que el que me manda los videos de referencia que piensa que me pueden gustar. O yo digo “quiero hacer un truco que sea así”, entonces, voy donde el chato y le cuento lo que quiero hacer. Él lo desarrolla, encuentra la técnica y de ahí ya practico, pero la agarro al toque. Entonces me dicen “ya, vamos al teatro a ensayar”, y yo digo “eh, no, mejor no…” [risas]. Sí, a veces dejo mucho al azar. Y Javier, mi productor, se pasa de vueltas, pero ya con el tiempo ha aprendido que así me sale mejor. Cuando yo jugaba fútbol, mi entrenador de la U decía “Plomo tapa mejor si no entrena”. Y es verdad, yo siento que en el ensayo, en el entrenamiento me gasto. Yo necesito la realidad. 

¿Y nunca te ha traicionado el no ensayar?
Una vez fallé en escenario por soberbio. Paré el espectáculo, pedí disculpas, fue horrible. No revisé unos elementos que tenía que haber revisado, y el truco no salió, me equivoqué. Y en vez de seguir, que es lo que corresponde, paré y dije “quiero que todos me disculpen, la cagué, esto no debió haber salido así. Fue culpa mía, debí haber revisado. Perdón”. Y la gente se quedó como… y luego me aplaudieron, y retomé. A partir de ahí, reviso mucho y muy bien lo que voy a utilizar, como tres o cuatro veces antes de salir al escenario.

¿Cuál crees que es la habilidad que debe tener todo mago?
Creo que todo mago tiene una habilidad distinta, pero transmitir emociones es la imprescindible. Nicolas [Le Bienvenu], mi dupla, tiene una frase que repite siempre y es “puedo ver a un mago desaparecer a un elefante y no sentir nada y, sin embargo, puedo ver a otro adivinar la carta y sentirlo al máximo”. No está en el truco, sino en la ejecución, en la emoción, en lo que transmites a la hora de hacer el truco.

La del estribo: nuevo espectáculo
¿Por qué se llama “Se están acabando las abejas”?
Einstein, que algo sabía, dijo que el mundo se acabaría cuando se acabe n las abejas. Y hoy, la población de abejas está decreciendo considerablemente. De ellas depende entre el 80% y 90% de la alimentación del mundo. Entonces, es un problemita. Yo de verdad pienso que el mundo se está acabando, que se está yendo en picada. Estamos peor que nunca: las guerras, las crisis alimentarias, el tema de los refugiados. Así que mejor y ven mátate de risa antes de que se acabe el mundo.
Será una dupla con Nico, quien ha crecido mucho a nivel artístico. Vengo de hacer cuatro unipersonales, y ya quería cambiar el formato. Nos fuimos juntos a Las Vegas, al Magic Life, la convención más grande del mundo, aprendimos un montón de cosas, y queríamos ponerlas en práctica. El show es una sátira del fin del mundo. Todos son actos nuevos. Vamos a mezclar el truco de las predicciones que es algo muy presente en la magia, con el tema del fin del mundo. 

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