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Shane Greene:“Escribí un ensayo como si fuera una canción punk”

Una charla con el antropólogo estadounidense Shane Greene, autor de Pank y revolución, un libro sobre política y rock subte.

Quién diría que tomarían ocho años para escribir siete interpretaciones”, dice Shane Greene, un punk gringo con un doctorado en Antropología por la universidad de Chicago, mientras hojea una edición de su libro Pank y revolución: siete ensayos de la realidad subterránea, un texto que procura resaltar las afirmaciones políticas que sostuvieron el rock subte durante los ochenta, recientemente publicado por la editorial Pesopluma. Su portada emula la de los Siete ensayos de José Carlos Mariátegui, “uno de los más grandes pensadores del Perú y del mundo”, dice Greene. Su polo de Crass, su actitud relajada, y un lenguaje tan ágil y mordaz como el de su libro evitan que se forme cualquier distancia. Hablamos, claro, sobre punk y revolución.

Asumo que tu interés por la escena subte peruana tiene que ver con que eres, o eras, punk.
No sé si soy, pero sí era. Difícil ser punk cuando eres padre soltero y profesor de una universidad gringa, ¿no? Fui un chico hardcore en los ochenta en Estados Unidos, en un pueblito de mierda alejado de las zonas urbanas, en Carolina del Norte. Cuando me enteré de que había una historia muy larga y compleja del rock subte en Lima, sentí que tenía que investigarlo para repensar lo punk. Acá tengo una trayectoria de casi 20 años (tengo un libro sobre los awajún y varios otros artículos), pero me enteré de eso por pura casualidad. Resulta que, a fines del 2008, un amigo ve mis tatuajes y me pregunta: “¿qué tipo de música escuchas?”. A partir de ahí me empieza a contar. Él no sabía mucho, pero conocía gente.

¿Cómo se te ocurrió generar este diálogo con los Siete ensayos de Mariátegui?
La inspiración en Mariátegui viene de una tarde de domingo, hace seis años, cuando se me ocurrió escribir un ensayo en cuatro horas como si fuera una canción punk: rápido, agresivo, con el lenguaje y el tono de voz del momento. Comencé con un plagio creativo del primer párrafo de “El problema del indio”. Al terminar el ensayo, me di cuenta de que había analizado los modos de producción subte (maquetas, música, toda la parte material). Lo llamé “El problema de la subtierra”. A partir de ahí,decidí releer a Mariátegui. Y dije: “Ya, estas van a ser siete interpretaciones”. Pero no son siete ensayos, porque la sexta es un proyecto de arte, en que hay más de 60 personas que han colaborado con diseños propios, y en el que he compilado notas de campo sobre cómo reaccionaron los subtes frente a la opción de la subversión. Y la última es un diálogo ficticio entre Mariátegui y el teórico ruso Bajtín.

Hablando de “El problema de la subtierra”, a pesar del lenguaje, toca un tópico sumamente académico: la forma en la que ciertos teóricos entendieron el arte popular. ¿Cómo han sido las reacciones ante el estilo del texto?
Ese ensayo, que es el que contiene más lisuras, ha sido muy bien recibido. El que causó más escándalo fue el de María T-ta. A pesar de que la gente entendía lo que estaba tratando de hacer —emplear el lenguaje sexualizado que ella misma usaba en sus canciones—, no supieron cómo recibirlo, sobre todo en inglés. Pero en general la gente ha entendido: “Ah, ya, está empleando una voz punk al mismo tiempo que está citando a Marx y a Bajtín, y todas estas cosas”. Y todo ello teniendo en mente que entre el mundo académico y el mundo punk nunca va a haber una reconciliación total, pero eso no significa que no se pueda plantear, en un solo libro, el problema de que existen en dos mundos aparte.

¿Qué nuevas cosas has comprendido sobre el punk, al analizar la escena subte peruana?
Pensar el punk desde acá es alucinante porque hace replantear cómo se ha ido entendiendo desde Estados Unidos o Inglaterra. La posición clásica de los estudios culturales es “ya, bien, es un estilo subcultural, radical, pero solamente a nivel simbólico” y queda ahí. Se entiende como un ritual de fines de semana. Lo que pasó en el Perú permite hablar de una especie de militancia en el punk. Por lo menos, hubo consecuencias reales para quienes se afirmaron como subtes en los ochenta.

Claro, porque lo subte cobra fuerza en el momento de la violencia política y, aunque no se pone del lado de los subversivos ni del Estado, era consciente del peligro que eso implicaba.
Sí, claro. Es curioso lo que sucedió entre el subte y el marxista-maoísta radical: una especie de ambigüedad, una falta de reconocimiento de parte de los subversivos de que lo que hacían los subterráneos era política también, pero basada en un anarquismo revolucionario cotidiano que dice: “Bueno, yo no me voy a quedar callado, sometido a mis circunstancias. Necesito expresar mi frustración”. Así hacían política: con maquetas, con fanzines. Por otro lado, a finales de los ochenta, cuando el conflicto llegó a su máximo, el Estado comenzó a confundir a los subtes con subversivos. Dependiendo de las circunstancias, los veía como iguales o peores que los senderistas.

¿Crees que esta experiencia tan particular del subte peruano, que lo cargó de tantas tensiones políticas, pueda permitirnos entender mejor la escena punk en otros contextos?
Ojalá, no soy yo la persona que lo va a hacer, que lo hagan otros, pero lo que sí te puedo decir es que hay muchas cosas por hacer por ejemplo en Medellín,  Colombia. El punk en Medellín nace, no en un contexto de guerra como acá, pero sí de un narcotráfico que representaba para Colombia un conflicto social. Y está esa película famosísima, Rodrigo D: No futuro, que es sobre un punk Colombiano que está frustrado,  buscando la forma de expresarse en ese momento, de otro tipo de terror. Como en muchos casos, para muchos subtes, el rock subterráneo tiene sus finales no-felices, y esa película termina con el tipo matándose. Realmente llevando a cabo su no-futuro. El punk, como cualquier otro fenómeno social o cultural, es para entenderlo en sus circunstancias, y no solamente mirarlo de lejos diciendo “ah, esa es una apropiación de los gringos y eso no más es”. No. Es cuestión de examinarlo bien, y darse cuenta de qué es lo que realmente está pasando ahí. También está el caso de las bandas radicales que salieron del País Vasco. En Cuba también hay casos, que valdría la pena investigar, pero yo soy peruanista.

¿Y qué de particular crees que tiene el punk como expresión musical y cultural que hace que pegue tanto en cada país y se desarrolle tan de acorde a la situación política de cada contexto?
Yo creo que tiene que ver con algo que digo en el libro desde el título, pero de manera implícita. Cuando digo “Pank y revolución”, a lo que voy es que el punk es una revolución cotidiana, una toma de consciencia diaria de que “el sistema” (que es complicado, no es uno solo y todo lo demás, pero bueno) te restringe en varios sentidos. Entonces la cuestión punk nos viene enseñando, desde hace décadas: primero, que hay que analizar eso; segundo, hay que mirar a nuestro alrededor, tomar lo que esté a nuestro alcance y hacer algo con ello, para sentirte menos cagado, menos alienado. No tiene que ser en un escenario: puede ser con tus amigos, en tu casa, en fiestas, en la calle, pero has algo con lo que tienes en la mano para no sentirte tan cuadrado por lo que encuentres en el llamado sistema. Y esa es una lección que viene del punk (aunque no solo de él), y es una lección universal. Todos, desde distintas posiciones, nos encontramos en posiciones sobre las cuales no tenemos control. Es una forma de liberarse diariamente, diría yo, y todos tenemos que hacer eso, todos queremos hacer eso, al final.

Sobre el libro

Título: Pank y revolución: 7 interpretaciones de la realidad subterránea
Autor: Shane Greene
Páginas: 340
Editorial: Pesopluma

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