Sylvia Falcón, la soprano de coloratura que le canta al mundo andino

Sylvia Falcón está en el mejor momento de su carrera: acaba de presentar su cuarto disco, "Qori Coya", disfruta de su nuevo rol como madre, y ha participado en la obra "El Gran Teatro del Mundo".

Sylvia Falcón está en el mejor momento de su carrera: acaba de presentar su cuarto disco, “Qori Coya”, disfruta de su nuevo rol como madre

La primera vez que Sylvia Falcón subió a un escenario no estaba vestida como una princesa inca. Tenía apenas cuatro años cuando le tocó interpretar a una de las integrantes de las Chicas del Can, aquella banda de merengue de inicios de los noventas. Al ritmo de la canción ‘Juana la cubana’, la platea del  cine Western de Lince deliraba cada vez que hacía sonar las maracas. Se trataba de una actuación de colegio, pero ella sentía que ese era su lugar en el mundo. En medio del público, su madre, su profesora y la directora del jardín de niños lloraban de la emoción.

A partir de entonces, Sylvia Falcón estaría destinada a conmover hasta las lágrimas cada vez que estuviera sobre un escenario. Ya no a causa del histrionismo de niña traviesa, sino a través de su canto de mujer. Aunque para eso faltaba mucho: tendrían que pasar todavía más de quince años para que descubriera su capacidad como soprano de coloratura. Y algunos cuantos más para que un país entero la nombrase por aclamación como la justa heredera de Yma Súmac.

La hija limeña de Demetrio Falcón, oriundo de las alturas de Sequello, en Ayacucho, y Felícitas Rojas, de San Isidro de Huirpacancha, en Huancavelica, siempre supo que quería ser cantante. Lo supo a los siete años cuando cantaba espontáneamente todo lo que oía de la radio, lo supo en aquel primer e inolvidable viaje al pueblo de su madre en el que la guitarra de su tío Mario fue su mayor inspiración, lo supo cada día que los discos de Manuel Silva, Nelly Munguía y Martina Portocarrero sonaban en su casa de Lince, y cuando a los quince años decidió formar su primera banda de rock llamada No prost para tocar covers de The Cranberries y Guns N’ Roses.

“Cantaba normal. Aún no era canto lírico”, dice en medio de la sala de sus padres. Un piano de madera, los trofeos que ha ganado a lo largo de su carrera musical y una fotografía en la que viste de ñusta presiden el ambiente decorado con motivos serranos en todos sus rincones.

Ser limeña y andina a la vez hizo que Sylvia Falcón transcurriera siempre entre dos planos, tan antagónicos como complementarios. Creció admirando las voces de Freddy Mercury y Robert Plant y escuchando huaynos, yaravíes y mulizas. Descubrió que quería cantar con notas muy agudas al estilo de la rapera estadounidense Lauryn Hill, pero no se perdía las fiestas patronales de octubre, ni los viajes a Sequello con su familia. Sylvia Falcón sintetiza el poder mismo del sincretismo. Aquel que forjó la cultura andina de los últimos 500 años, que fundió el arpa y el violín con el sonido ancestral de las montañas de la puna, y que resignificó todos los símbolos cristianos a partir de la milenaria adoración de la Pachamama y los Apus protectores.

No es casual que Sylvia Falcón lleve un anillo con una chakana, la cruz andina, ni que Manuel Scorza sea su escritor de cabecera. Tampoco lo es que sea antropóloga y que su tesis, aún inédita, trate sobre identidad y representación a través de los músicos del Páucar del Sara Sara.

 

Sylvia Falcón acaba de entrar a la iglesia de San Frascisco en el Centro de Lima. Antes de abandonar Lince se despidió de su hija Raymi, a la que dio a luz hace nueve meses. Esta noche interpretará por última vez a la Virgen del Rosario de Pomata. Su papel en el Gran Teatro del Mundo, dirigido por Luis Peirano, fue preparado pensando en ella. El Aleluya en quechua, para su voz capaz de llegar hasta el sol de la sexta octava del piano (tan aguda como un pitido), es una pieza de música clásica, pero inspirada a la vez en la tradición popular.

La búsqueda por interpretar la música andina desde el canto lírico se dio de forma espontánea. Desde los 17 años escuchó ópera clásica. Teresa Berganza y Natalie Choquette se convirtieron en dos de sus referentes, y al poco tiempo se vio grabándose a sí misma mientras cantaba La Habanera, el aria de la ópera Carmen. Se escuchaba una y otra vez con el simple propósito de perfeccionar su técnica. Mientras tanto empezaba a forjar una carrera como vocalista de Brumalia, una banda de etéreo gotic dark, con la que conoció el jirón Quilca y toda la movida subte del Centro de Lima.

“Siempre le encontré mucho parecido a los huaynos. Tienen la letra muy melancólica, muy depre. Esa densidad es linda. Yo la aparejaba con la música andina”, dice Sylvia Falcón.

Después de cuatro años en Brumalia, se dedicó a terminar la carrera de Antropología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. La música andina nunca la abandonó. Un grupo de amigos universitarios, encandilados por sus huaynos y jarawis, la animó a organizar su primer concierto en La Estación de Barranco. En total, fueron siete presentaciones. Tras una de ellas, uno de los más respetados arreglistas y compositores de la música tradicional andina, Daniel Kirwayo, se presentó y le propuso grabar una versión de la canción ‘Atawallpa’, al estilo de Yma Súmac.

Lo que era una invitación para colaborar en un disco ajeno, acabó convirtiéndose en el inicio de su primer disco: “Killa Lluqsimun” (2007). Sylvia Falcón tenía apenas 23 años. De las trece canciones, ‘Atawallpa’ y ‘K'arawi’ fueron su debut en la coloratura andina.

Sylvia Falcón, la soprano de coloratura que le canta al mundo andino

Con los labios estirados, Sylvia Falcón emite un sonido parecido al trino de un ave, pero también al pito de un árbitro de fútbol. Así es como calienta la voz antes de salir a escena del Gran Teatro del Mundo. Las maquilladoras ya dejaron su rostro blanco y sus mejillas sonrojadas. Le han colocado pestañas postizas y dos lágrimas ficticias en la mejilla izquierda. “Tiene que quedar como si fuera una muñeca de biscuit, como un angelito cusqueño”, explica Laura Quijandría.

En el improvisado camerino número 2 que comparte con Mónica Sánchez, otras dos mujeres se encargan de vestirla. Le colocan el primer vestido de mangas blancas y abombadas. Bajo azulejos de ángeles y santos, que adornan el pasillo de la Iglesia de San Francisco, Sylvia Falcón mira el traje principal elaborado con brocados al estilo colonial, de color sangre y decorado con flores rojas y azules, y comenta: “Tiene la forma de un Apu. Es una montaña”. Lo dice una mujer que ha leído los estudios de la antropóloga Allyn MacLean Stearman, estudiosa de la deidades andinas, con la Pachamama como antítesis de lo cristiano.

La tercera llamada indica que Sylvia Falcón ya debe salir a escena. Las encargadas de vestuario le ajustan la peluca de ondas marrones y la corona bañada en oro y decorada con gemas semipreciosas, cristales de Swarovski y plumas verdes, rojas, azules y amarillas. Los aretes dorados en forma de corazón y el cinto que fija el traje ya están listos. Sylvia Falcón sale del camerino a paso de procesión. Esta noche, por última vez, será la virgen india que canta en quechua.
 

“¿Cómo defines a Sylvia? ¿Puede cantar un huayno? Sí. ¿Puede cantar a capela? Sí. ¿Puede cantar con un piano? Sí, ¿Con guitarra? También. ¿Con un trío? También. ¿Con una orquesta? También”, dice Sylvia de sí misma y sus ojos negros relampaguean.

Desde que su disco “Inkario” (2014) alcanzó la fama, a partir de la promoción de un video en el que interpreta el Himno Nacional en Runa Simi, Sylvia Falcón avanza con aplomo. Siente que nada la tomó por sorpresa. Se preparó durante años. Decidió estudiar técnica vocal en California con el tenor David Gordon. Cuatro meses en 2008. Cuatro meses en 2009. “No quería incursionar en el género y hacer un papelón. Una cosa es llegar a un agudo porque te pisan el pie y otra cosa es cantar el agudo”, dice. Gordon se dio cuenta que su voz tenía un rango enorme y que sus graves y sus mezzos era muy buenos y que podía crecer. “Él llevó mi voz a otro nivel”, asegura.

Desde entonces ha llevado su música a las principales ciudades del Perú e incluso a Nueva York, la cuna donde Yma Súmac se convirtió en una celebridad. Pero no se compara con ella. No podría. “La mayor competencia siempre es conmigo misma”, dice. Acaba de lanzar su nuevo disco, “Qori Coya” (2017), pero ya prepara otro. El 19 de octubre teloneará al grupo Il Divo de Inglaterra y mientras tanto disfruta de su maternidad junto a su hija Raymi sin olvidar los cuidados de su garganta a base de muña, eucalipto, hinojo, tara, esencia de coca y frotaciones de propóleo. “No soy una obsesiva”, aclara.

En medio de la noche nublada del Centro de Lima, Sylvia Falcón aparece llevada en andas por ocho indios. Es la Virgen del Rosario de Pomata. La luz la ilumina a pleno y el público aguarda en silencio. El canto coral del Aleluya en quechua retumba contra las paredes de la Iglesia de San Francisco. Y entonces su voz se impone por encima del resto de voces y un agudo extremo quiebra el mundo en dos pedazos. En la tribuna tres mujeres lloran de la emoción.
 

Escribe: Kike La Hoz
Fotos: Alonso Molina y archivo personal

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