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27 de mayo del 2012 | 18 °C
El crítico Fernando Vivas analiza la polémica protagonizada por la actriz y su hijo de trece años

FERNANDO VIVAS
Cualquier asesor de imagen con dos dedos de frente le hubiera dicho a Celine Aguirre que consolara a su hijo en privado y le dijera que los sopapos (o lapos, gaseosa en la cara y jaladas de pelos, no lo sabemos, pues esta es la parte más difícil de aclarar entre las versiones opuestas) que recibió de Michel Morales y Miriam Gómez los tome como lección para que en el futuro sea más respetuoso de la tranquilidad ajena.
Pero no, Celine y su ex esposo Miki González decidieron denunciar a la pareja. Cualquier menor de edad bien educado se hubiera callado ante el primer ‘tatequieto’ de un espectador que reclama su derecho de ver una película en paz. Pero no, el pequeño de 13 no tan inimputables añitos replicó y, según los acusados acusadores, usó injurias racistas. Cualquier adulto disturbado por un grupo de críos que mete bulla en el cine insistiría en sus reclamos pacíficos para evitar un incidente violento. Pero no, Miriam y Michel se dejaron llevar por la ira e intercambiaron golpes con el muchacho, aunque ninguno de gravedad.
Cualquier cine hubiera emitido un comunicado lamentando los excesos de ambas partes y aclarando que el bien que más se cautela en su rubro es el silencio en la sala. ¿O quiere el gremio de exhibidores cinematográficos que se difunda la mala vibra de que en los cines limeños uno se expone a que lo discriminen y los
mocosos le eructen en la cara? Cualquiera que juzgue el caso debe tener en cuenta las dos transgresiones condenables, la de los menores y la de la pareja, pero es la primera la que generó el escándalo. Cualquier juicio centrado en una sola transgresión pecará de sesgado e injusto.
Por tu bien, te hubieras callado, Celine; pero qué bueno que no lo hiciste porque así tenemos un buen debate donde la condena al racismo es unánime y estamos afinando nuestras discrepancias sobre el límite de la inimputabilidad de los chibolos malcriados y de la ira de los ciudadanos cuando nos friegan la paciencia.