Gustavo Rodríguez: "La tristeza puede ser hermosa"

Finalista del premio Planeta-Casa de América, la más reciente novela de Gustavo Rodríguez, “La semana tiene siete mujeres”, indaga en los arraigados prejuicios raciales de los peruanos

Domingo 18 de abril de 2010 - 01:52 pm
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Por: Carlo Trivelli

“La semana tiene siete mujeres” se lee rápido. Los fragmentos del informe que prepara el narrador sobre las amantes del piurano se van alternando con las escenas de la vida real de su investigación: un misterio por descubrir que se nos ofrece a pedacitos en una prosa limpia como la de Gustavo Rodríguez hacen imposible no comerse el libro (si el tiempo alcanza) de un tirón. Pero lo que uno va encontrando a medida que sigue el hilo de la historia es bastante más complejo: es un retrato de dos personajes que terminan por ser como las dos caras de una moneda, una que podría ser la de sus particulares historias, pero que, también, se parece mucho a eso que llamamos Perú.

¿De dónde nace la novela?
Creo que la llamita de la que salió ocurrió cuando me acordé de algo. La que fue mi esposa durante casi 18 años, es rubia, blanca y descendiente de inmigrantes extranjeros y yo, por el contrario, soy descendiente de migrantes internos, provincianos. Y me acordé de que ella había tenido un novio, un enamoradito, quizá, un pelirrojo descendiente de escoceses. Entonces pensé “¿qué habrá sentido este pata al verme ahora con ella?”.

Pero de ese disparador, en el que se plantea la relación básica entre el narrador y el piurano, pasas a una mirada mucho más profunda acerca del racismo
Lo que pasa es que yo creo que esta novela se ha ido cocinando a lo largo de mi vida por una sencilla razón: en ella están estos dos personajes: un blanco empobrecido y un cholo enriquecido y de alguna manera yo no he dejado de sentirme, sobre todo en los últimos años, que estoy en ambos espacios. Recuerdo cuando tuve que ponerle el color de piel a mi avatar de los Simpson: me quedé atracado porque no sabía qué color ponerme. Cuando pasó eso, me acordé de esa teoría sociológica según la cual en el Perú hay toda una gradación por la cual siempre va a haber alguien más blanco que tú y, también, alguien más cholo que tú, dependiendo de a quién tengas al frente.

Y el piurano exitoso y el blanquito empobrecido son las dos caras de esa moneda.
Sí, son como imágenes de espejo Son cara y contracara, finalmente. Me hace acordar a una cita de Castoriadis que en alguna oportunidad Jorge Bruce dijo en una entrevista y es que el odio hacia el otro es el reflejo del odio que te tienes a ti mismo. Desde esa mirada, el piurano [se echa hacia atrás y se lleva las manos a la cabeza y alza la voz para decir: “por qué no les puse nombre a los personajes!” y luego ríe] y el narrador están condenados a ser parte de la misma moneda.

Todos tus personajes están como guiados, impulsados por una suerte de traumas fundacionales ¿Así ves a las personas en general?
Yo creo que sí; es una buena manera de ponerlo, traumas fundacionales Esos que nos acompañan inconscientemente y que nos hacen a veces tener gestos desproporcionados y que no sabemos explicar muchas veces. Me parece una explicación de ciertas conductas, pero no es una justificación. Imagínate si todos justificáramos nuestras reacciones sobredimensionadas o nuestros errores porque nos faltó afecto de niños o algo así. Cada uno es responsable de encontrar las herramientas para sobrellevar eso y ser consciente de lo que tiene y finalmente tratar de vivir con eso. Y eso es algo que el piurano en la novela no llega a procesar y que, curiosamente, sí empieza a procesar el cronista blanco que lo tiene que retratar.

¿Qué escritores te interesan?
A lo largo de mi vida he tenido escritores hitos, conforme he ido creciendo: de niño quién no ha leído a Julio Verne, quién no ha pasado luego a Cortázar, luego a Hermann Hesse y todo lo demás. En mis últimos tiempos me he quedado prendado de Murakami. De hecho hay un guiño a Murakami al final de la novela, con una canción (“Norwegian Wood”), porque el inicio de esa novela me desarmó. Creo que la última frase de la novela tiene que ver con la sensación que me generó leer a Murakami: que la tristeza también puede ser hermosa. Y esa es la sensación con la que cierro la novela.

Te preguntaba por eso, porque en tu novela como que me resuena “Conversación en La Catedral”
De hecho soy un admirador de Vargas Llosa, lo he leído bastante, y probablemente algo esté aquí de manera inconsciente es muy probable. Pero ahora que lo dices (y esto puede ser la parte consciente de algo más inconsciente), cuando el narrador aspira a ser periodista y se pone a chupar con los periodistas en este barcito

Que es en la calle Porta
Sí, donde vivía Zavalita, entonces como que de ahí fluyó parte de esa lectura.

Sí, pero también creo que es porque los dramas personales de los personajes estén tan ligados al drama de la sociedad misma. No es un “¿en qué momento se jodió el Perú?”, pero va por ahí: estamos todos jodidos por cómo es el Perú
Sí, es verdad. No lo había pensado así. De alguna manera este narrador lo que está haciendo es contrastar su experiencia con la de un país que está emergiendo y que no termina de entender y que muchos, desde posiciones “privilegiadas”, no terminamos de entender.

EL DATO
El argumento
Un blanco venido a menos recibe la improbable visita de Gracia, el amor de su vida, una rubia que lo dejó por un cholo piurano que, luego de casarse con ella y convertirse en un hombre de éxito, ha muerto en un accidente. En el velorio, Gracia se ha enterado de que su marido era un mujeriego irredento, por eso, celosa, busca a su antiguo novio y le hace un inquietante pedido que él no podrá rechazar: descubrir la secreta vida amorosa del piurano entrevistando a sus amantes.

MÁS INFORMACIÓN
Presentación: miércoles 21 de abril 8 p.m. lugar: Librería Crisol del Óvalo