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26 de mayo del 2012 | 19 °C
El rodaje del psicotrópico “western” filmado en el Cusco “The last movie”, de Dennis Hopper cumple 40 años. Tras su reciente muerte, peruanos narran episodios de la legendaria filmación

Por José Puga
Malhumorado, violento, drogadicto, de ojos vidriosos y paradójicamente afables, pero también un artista polifacético, un rebelde sin causa que derruyó de una sólida patada al viejo Hollywood de fines de los años 60 con sus mugrientas botas texanas. Así fue Dennis Hopper y así lo aprendió de su mentor James Dean: sea como un motociclista melenudo en “Busco mi destino” (1969) o bajo la piel del desquiciado Frank de “Terciopelo azul” (1986), sus impredecibles impulsos eran más grandes que sus intenciones.
El sábado pasado, un cáncer de próstata se lo llevó a los 74 años, pero su recuerdo persiste no solo en las colinas de Los Ángeles, sino también en la memoria de los peruanos. Luego de que su ópera prima “Busco mi destino” lo convirtiera en la voz de una nueva generación, Hopper —respaldado con US$850.000 de Universal y tras tener problemas en México— eligió Chinchero (Cusco) para rodar “La última película” (“The Last Movie”), una reflexión pirandelliana sobre el colonialismo, la muerte y el poder del cine.
“Esta es realmente la película de mi vida. Si fallo ahora, dirán luego que “Easy Rider” fue un golpe de suerte. Lo bueno es que ahora puedo hacer lo que me da la gana”, dijo Hopper al periodista Brad Darrach, quien cubrió el rodaje de dicha cinta para la edición del 19 de junio de 1970 de la revista “Life”. “Por 40 años, gente poco creativa le ha estado diciendo a la gente creativa qué hacer. Ahora queremos hacer películas pequeñas, personales y honestas”, añadió en esa crónica.
Luego de darle un vistazo a locaciones en Arequipa y el Cusco en octubre y diciembre de 1969, Hopper, con 14 kilos menos de peso y afeitado al ras, llegó en febrero de 1970, ataviado con un sombrero de vaquero, un pañuelo alrededor del cuello, botas de cuero y acompañado por una “troupe” que incluyó a Peter Fonda, Kris Kristofferson, Sylvia Miles, Rod Cameron, Michelle Phillips, Dean Stockwell, John Phillip Law, la colombiana Stella García, el cubano Tomás Milián, entre una centena de actores, técnicos y demás amantes de las drogas lisérgicas y del sexo libre.
“Nosotros aprendimos mucho con ellos en lo técnico, artístico y vivencial. Practicaban el yoga, danzas, hablaban varios idiomas. Ser de la contracultura significaba una manera de ver el mundo diferente”, explica Mario Pozzi-Escot, quien fue parte del departamento de arte del filme junto con otros peruanos como Arturo Sinclair y Fernando La Rosa. “En las noches tomabas tus tragos, fumabas lo que querías, había relaciones “open”. Pero el trabajo estaba primero. Era gente muy profesional”, agrega este colaborador de Armando Robles Godoy en “La muralla verde” (1970).
En pleno gobierno militar, la llegada de Hopper y su alocada comuna hija del verano del amor del 67 fue un “shock”, sobre todo después de unas declaraciones que Hopper dio al diario “La Prensa” (Vea AQUÍ la entrevista). En el semanario “Siete días” dijo no considerar como drogas ni el LSD ni la marihuana, que el matrimonio debía durar 5 o 7 años para tener un hijo —“como hacen los animales”— y declaró no tener problema con levantarse de la misma cama con homosexuales. Sin duda, palabras de plomo para una sociedad pacata y de hippies de la boca para afuera.
POSTALES OLVIDADAS
El rodaje de “La última película” contó con un equipo técnico de primera línea y una escenografía que solo el oro verde de Hollywood podía comprar. Según el fotógrafo Billy Hare, quien fue asistente de producción, se compraron cientos de miles de soles en madera traída desde Lima para construir un hotel, un bar, la oficina del sheriff y una iglesia inspirada en el Lejano Oeste estadounidense. En tanto, sobre las murallas incaicas de Chinchero, sus pobladores se sumaban al rodaje bien como espectadores o como extras en las tomas fraguadas entre Hopper y el director de fotografía Laszlo Kovacs. Se decidió, además, darles a los pobladores un servicio médico gratuito y dejarles toda la escenografía.
“Para mí, “La última película” fue una aventura genial, a veces fuerte en términos de trabajo. Fue una experiencia venida de no sé dónde, porque ver la filmación de Hollywood resulta diferente a lo que estábamos acostumbrados”, cuenta Hare, quien estuvo bajo el mando del productor Paul Lewis y trabajó mano a mano con el productor peruano Daniel Camino (hoy fallecido).
Para las primeras tomas de la película se contó, además, con el mítico cineasta Sam Fuller (“Más allá de la gloria”), quien hizo de un director al mando de un “western” con caídas estrepitosas y sangrientas balaceras. A partir de ahí, la trama se va por la tangente del metalenguaje: a raíz de la muerte de un actor, un doble, Kansas (Hopper), decide quedarse en este pueblito olvidado junto a María (Stella García), la prostituta del pueblo. Influenciados por el baño de sangre del “western”, los pobladores comienzan a matarse unos a otros al no saber diferenciar entre la realidad y la ficción. Finalmente, Kansas es sacrificado a manera de ritual religioso por los indígenas durante un surrealista rodaje con cámaras, “booms” y micrófonos hechos de caña. Un gran viaje lisérgico. A este “trip” súmele una escena en la que una cabaretera canta “María sueños”, de Chabuca Granda.
Mientras que para Billy Hare, Hopper era un borracho y su película resultó ser un desastre, para el peruano Jorge Vignati (“Fitzcarraldo”), que hizo de técnico en la película, el entonces director, de 34 años, tenía un gran estado físico y estaba lúcido para dirigir. ¿A quién le creemos? Quizás ambos tenían razón.
UNA TRAGEDIA ANUNCIADA
Con un abultado presupuesto, un elenco nada desdeñable y un guion de Stewart Stern (“Rebelde sin causa”), los pronósticos de la nueva película del cocreador de “Busco mi destino” eran favorables. En pocos meses, sucedió lo contrario para Hopper, quien tras “La última película” terminó desempleado por cinco años y refugiado en la irreal burbuja de los estupefacientes.
A pesar de ganar el premio del jurado en Venecia con Ingmar Bergman como presidente, se dice que el fracaso comercial del filme de 1971 fue por la mala fe de Universal, que la estrenó solo por dos semanas en Nueva York para luego olvidarla (lo único que queda hoy son costosas copias usadas en VHS). No obstante, todo indica que fue más la incapacidad de Hopper en la isla de edición y haber lidiado con 48 horas de filmación. El montaje en su casa, en Nuevo México, demoró más de nueve meses y contó con la asesoría de Alejandro Jodorowski, Leonard Cohen, entre otros, sumados a una turba de “junkies” de la peor calaña.
Más allá de su destino final en los archivos de Universal, “La última película” seguirá siendo una leyenda que no acaba en la humilde tumba de Hopper, como tampoco acaban los inmortales papeles que regaló al mundo.
“BUSCO MI DESTINO”
Un ícono de la libertad creativa
Luego de que “El graduado” y “Bonnie & Clyde” remecieran Hollywood, “Busco mi destino” terminó de hacer el trabajo al recaudar en 1969 US$50’000.000 con un costo de solo US$360.000. La ópera prima de Hopper, protagonizada en tándem con Peter Fonda, triunfó en Cannes y abrió las puertas a directores como Coppola y Lucas. Su éxito impulsó la producción de “La última película” en 1970.