Pop corn: una reflexión histórica y cultural sobre su consumo

Una reflexión histórica y cultural sobre el consumo de pop corn, a pocos días de la ceremonia del Oscar

Pop corn: una reflexión histórica y cultural sobre su consumo

A punto de estallar. Aunque el cine no es igual sin ella, la canchita puede ser un alimento nocivo para el organismo.

Se trata de un bocado conflictivo, porque hoy en día supone dar mucho y recibir poco. Aquellos que guardan las formas y priorizan la etiqueta cogerán un par de granos con sus dedos y estarán obligados a repetir la dinámica hasta el infinito, en una paranoia que agota el alimento antes de que empiece la película. Los más liberales utilizarán las palmas de sus manos con la ilusión de engullirlas por puñados. Cualquiera sea la manera preferida, muchos son los espectadores que se entregan a esta costumbre que es histórica, pero, según como se practique, también saludable o muy dañina. 

La canchita, antes de que la llamáramos así, fue maíz o sara, nombre quechua con el que se la conoció en el antiguo Perú, según anotaciones del padre Bernabé Cobo. En algunas ocasiones, como lo documentó Duccio Bonavia en su libro “El maíz”, sirvió como adminículo para fabricar collares que los nativos regalaban a los navegantes. 

Siglos más tarde dejó de ser ornamental y se convirtió también en un producto de consumo popular y económico, cuando su oferta tienta al aire libre. Lo es así porque en el parque Kennedy se vende una bolsa de papel desbordante de pop corn a S/2,50, mientras que a las afueras del cine El Pacífico puede llegar a costar S/3. Mientras eso sucede en Miraflores, en el Centro de Lima la misma porción callejera adquiere un valor mucho más popular: S/1.

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DE LA CALLE AL CINE
Si el panorama al aire libre es tan económico y diverso, ¿por qué comer canchita en el cine es hoy una puñalada a los bolsillos? Todo apunta a Estados Unidos, donde el negocio redondo se originó en tiempos de la Gran Depresión de 1929. Se dice que su bajo costo la convirtió en una comida que todos podían pagar y que, gracias a la máquina para hacer pop corn –creada por el estadounidense Charles Cretors–, aparecieron los primeros ambulantes que se instalaban a las afueras de las salas de proyección. 

Poco a poco, según el artículo “Why Do We Eat Popcorn at the Movies?”, publicado en la revista “Smithsonian”, los negocios de venta en las calles norteamericanas fueron disminuyendo hasta que en 1945, más de la mitad del consumo de pop corn se realizó dentro de los cines. Así empezó un romance que ahora obliga a pagar más de diez soles por una pequeña porción de canchita que a veces ni está salada y que puede caernos mal, a pesar de ser un alimento saludable.

 

BUENA O MALA CANCHA
El crimen más conocido del ‘pop corn’ es haber causado a Wayne Watson, un ciudadano estadounidense que supera los 60 años, una terrible enfermedad. Por consumirla a diario, desarrolló el pulmón de palomitas de maíz, curiosa forma para referirse a la bronquitis constrictiva, que genera cicatrices en esa parte del cuerpo y la consiguiente dificultad al respirar.

¿Alguien dijo que este es un alimento saludable? “Sí que lo es”, dice Vanessa Tello, la nutricionista que es además modelo, y que no se refiere a la canchita que comemos en los cines. “Esa tiene bastante mantequilla, aceite, un montón de sal y a veces le ponen sabor a queso. Si le sumas las gaseosas y los chocolates, ya fuiste”, añade, como quien advierte que lo sucedido a Watson le puede pasar a cualquiera. Para evitar las complicaciones con la salud, la nutricionista recomienda prepararlo en casa. “Lo bueno es que con una cuchara de 10 gramos sale una taza grande”, señala sobre este grano que, aunque es superrendidor, ha inflado su precio a razón del fanatismo cinéfilo de estos tiempos.

LA GULA DE WAYNE WATSON
En el 2012, el ciudadano estadounidense Wayne Watson recibió US$7,2 millones en compensación por daños al haber contraído una enfermedad crónica pulmonar causada por inhalar la mantequilla del pop corn. Al consumir esta comida todos los días, Watson se convirtió en el primer hombre que desarrolla esta condición a partir del consumo de canchita. Quienes se encargaron de pagar la suma fueron Gilster-Mary Lee Corp., la empresa que fabrica el producto, y King Sooper, la cadena de supermercados donde Watson lo compraba.

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