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“Revolución calienteeee…”, la historia de un pregonero y los dulces de antaño

Con 40 años en el oficio dulcero, Leonidas Gonzales es el sobreviviente accidental de una tradición culinaria

“Revolución calienteeee…”, la historia de un pregonero y los dulces de antaño

KATHERINE SUBIRANA ABANTO

Según don Ricardo Palma, desde la época de la Colonia, las 6 p.m. es la hora del galletero. Don Leonidas Gonzales lo sabe muy bien y por ello siempre tenía la precaución de salir de su casa en Collique a las 3 p.m. para llegar a las 6 p.m. a las plazas de Miraflores, Magdalena o Barranco, prender su lamparita de kerosene, ponerse la boina y empezar la jornada. “Revolución calienteeee…”.

Leonidas Gonzales Apéstegui tiene 78 años y hace 50 empezó la carrera que hoy lo convierte en el único pregonero de Lima, condecorado como tal en el 2001 por el entonces alcalde Alberto Andrade, en reconocimiento a que su trabajo encarna tal vez el último vestigio de una tradición. Sin embargo, hace poco más de nueve meses sus pasos, cantos y carraspeos ya no se sienten en las calles limeñas, pues un derrame cerebral estuvo a punto de apagar los últimos pregones de nuestra historia.

Don Leonidas ve pasar las horas en su hogar de Collique tratando de aplicar la paciencia que no tiene en la espera de su recuperación. No sale a la calle más que para ir al hospital, y ya aprendió a mirar el reloj y el calendario aguardando una fecha aún no fijada, cuando el doctor, según le ha prometido, le dirá: “Puede volver a salir a pregonar”.

DE SARGENTO A PREGONERO
Lima recibía el año 1956 cuando un joven Leonidas Gonzales dejaba su Palpa natal (Ica) y venía a la capital a cumplir su servicio militar obligatorio. “Llegué a sargento”, recuerda. Pero cambió la milicia para ser obrero en una importadora de aceites primero y albañil después.

Cuando llegó 1960 lo encontró sin empleo, por lo que aceptó trabajar con un viejo amigo, Pedro González Torres, preparando pequeñas galletas dulces y crocantes que había que vender luego al anochecer, lamparita de kerosene en la mano y gritando con voz cantarina: “Revolución caliente, música para los dientes; azúcar, clavo y canela, para rechinar las muelas. Por esta calle me voy, por la otra me doy la vuelta, la chinita que me quiera, que me deje la puerta abierta”.

Y lo que empezó como un cachuelo se convirtió en su vida. La parálisis, producto del derrame, aún no lo deja caminar del todo bien, pero no ha podido apagar su voz indomable. Sentado en una silla, en su casa, don Leonidas vuelve a recitar con los ojos cerrados el verso que desde hace 50 años lo ayuda a subsistir, y sus manos cobran vida y hace el ademán de tener la linterna en una y el saco en otra. Revolución, revolución…Cuando termina de proclamar los versos dice: “No me voy a morir sin volver a la calle”.

GALLETA SIN SUERTE
El pregón que hace famoso a este dulce no es publicidad engañosa, sino la receta: a la masa se le echa anís, clavo de olor, mantequilla, canela molidita y azúcar. Casado y con cuatro hijos, lamenta no dejar heredero para su oficio.

“Los chicos ahora se ocupan de otras cosas. Me da pena saber que conmigo se iría parte de la historia, pues no creo que haya quien me reemplace”. Lo dice con pena, pero también con cierto orgullo, por ser el sobreviviente de aquellos personajes que don Ricardo Palma retratara con nostalgia y precisión en sus “Tradiciones peruanas”. “No tengo el libro, pero sé que en él, de alguna forma, se habla de mí”, dice sonriendo. No tuvo el libro, pero supo como continuar la historia.

MANJARES LIMEÑOS DE AYER Y HOY
Desde hace 18 años Gloria Balarezo se dedica a satisfacer la nostalgia culinaria de los limeños. Ella es la dueña de la dulcería Manjares, Dulces Peruanos, donde prepara y ofrece los postres que históricamente han conquistado nuestros paladares.

Empezó con una tienda en Balconcillo (La Victoria), cuando la necesidad de mantener a sus tres hijos sola la impulsó a poner en práctica las enseñanzas de su abuela.

A punto de azucararle la vida a los clientes con los más tradicionales postres capitalinos (mazamorra morada, mazamorra de cochino, ranfañote, revolución caliente, suspiro a la limeña y todo lo demás también), doña Gloria y sus tres hijos probaron también el sabor de la felicidad. Ahora tiene dos concurridos locales en San Borja (Av. San Luis 1984 y Av. Aviación 3364), donde su majestad es el dulce.

Gloria dice que de alguna manera ella ayuda a mantener la tradición, pues “la mayoría de nuestros clientes son abuelitos que vienen con sus nietos y les enseñan que además de la mazamorra existe el ranfañote o la revolución caliente”, dice. Casi una clase de historia.