Tabla de picar: Alimentar el intelecto

Catherine Contreras reflexiona sobre la relación de la comida y otras actividades culturales a propósito de Art Lima

Tabla de picar: Alimentar el intelecto

La comida y el arte pueden estar muy relacionados.

"Comer es un ejercicio estético porque sensibiliza nuestros sentidos", decía Jaime Cerón, el gestor cultural colombiano que el año pasado asumió la curaduría del primer espacio gastronómico que se incluyó como una sección nueva en la feria ArtBo de Bogotá. La cocina vista como arte, o mejor: su capacidad para entablar un diálogo con las emociones desde el (no tan simple) acto de comer. 

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La experiencia involucró a seis restaurantes, que crearon platos con un trasfondo especial. Hubo, por ejemplo, un cebiche andino de trucha y papas que evocaba la montaña; y también una empanada con tinta de calamar (homenaje a la mujer negra) que en vez de ocultar su relleno de pescado y mariscos, lo mostraba. También se vendieron unos canelones de naranja y una pizza dulce y picante que buscaron extraer al comensal de lo sabido, como una aventura más allá de lo que el paladar suele asociar. 

En Lima, algo similar sucedió años antes, pero en el campo de la moda: en una edición LIF Week del 2012, once chefs se inspiraron en igual número de colecciones para crear menús que permitan extender la experiencia de la pasarela a la mesa. Fuera de ello, lo más cerca que han estado las artes culinarias de la escena cultural han sido las cafeterías de espacios como el MATE, el Museo Larco o el MAC. 

Aunque su fin primario es la alimentación, pocos dudarían que en muchas cocinas existe arte: estética, ideas, emociones y un lenguaje propio están presentes en muchos platos. Siendo así, nuestra gastronomía representa el gancho de atracción que abre la puerta hacia las otras artes. Ellas ansían su propio 'boom', y deberían ser también alimento fundamental.

 


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