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A 70 años del asesinato de Francisco Graña Garland

El entonces director del diario “La Prensa” fue acribillado dentro de su auto en una callecita de Pueblo Libre.

¿Quién mató a Francisco Graña Garland? ¿Cómo sucedió? ¿Por qué ocurrió? ¿Qué hicieron las autoridades? ¿En qué contexto trascurrieron los hechos?  Son algunas de las interrogantes alrededor de aquella tragedia en la noche del 7 de enero de 1947. Hace 70 años.

Antecedentes

La violencia política rebasa cualquier tiempo, no tiene fecha exclusiva, se ha dado antes y seguirá dándose. Los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) no fueron nada pacíficos. La “Guerra Fría” se había iniciado en el mundo y la lucha política en los países latinoamericanos como el Perú llevaban al fanatismo a algunos y a muchos a la componenda y traición política.

En 1947 gobernaba el Perú el doctor José Luis Bustamante y Rivero, un demócrata a carta cabal elegido en elecciones libres en 1945 por el Frente Democrático, pero con una debilidad política: el apoyo del Partido Aprista Peruano (PAP) en el Congreso de la República era una cadena muy pesada y costosa de llevar.

Desde el Parlamento, los apristas propugnaban por medidas como la exploración y explotación de petróleo de Sechura (Piura), lo que provocó que políticos y algunos diarios los calificaran de “entreguistas” a los intereses extranjeros en desmedro de los intereses nacionales. Uno de esos medios fue el diario “La Prensa”, dirigido por Francisco Graña Garland.

Las campañas y los titulares de “La Prensa”, visto entonces como un diario cercano a la oligarquía peruana, eran furibundos, directos y acusatorios. Tras el asesinato de Graña, todos en el diario de la calle Baquíjano del Jirón de la Unión estaban seguros de que el PAP estaba detrás del crimen.         

Los hechos

Eran las 7 y 15 de la noche, del martes 7 de enero de 1947, cuando seis disparos retumbaron en la calle Perú, a la altura de la cuadra 11 de la avenida Brasil, en Pueblo Libre. En su auto negro “Mercury”, a donde había subido hacía unos segundos, el cuerpo de Francisco Graña se desvanecía, con al menos tres impactos de bala.

Muy malherido, Graña avanzó casi 40 metros hasta que su auto acabó estancado en un jardín cercano. El homicida -que lo acechaba oculto con un abrigo encima, pese al calor- logró huir hasta una esquina en que lo esperaba un auto de color de verde. Según otros testigos, no fue uno sino dos los hombres que huyeron de la escena. El auto de los criminales se habría dirigido hacia la “urbanización Jesus María”.   

El empresario acababa de salir del instituto “Sanitas”, donde era socio principal. Estaba solo, sus últimas palabras dichas al portero fueron: “Hijo, hasta mañana”. En un auto del laboratorio Graña fue llevado al Hospital Italiano, en la avenida Abancay (centro de Lima). Era una Lima distinta a la de hoy, una ciudad sin tráfico ni ambulantes; pese a ello, el empresario falleció durante el trayecto. Los médicos no pudieron hacer nada para salvarlo.

Graña era un hombre joven, de solo 44 años, empresario, con cualidades natas de líder dentro de las fuerzas políticas conservadoras del país. Dirigía el diario “La Prensa” con mano firme y pensamiento claro. Así pues, su desaparición fue motivo de indignación y deseos de justicia de gran parte de la colectividad nacional.



Al día siguiente, 8 de enero, las portadas de los diarios eran de condena y rechazo a la violencia homicida. El estupor era general. El ataúd con los restos de Graña fueron llevados al local de “La Prensa”, en Baquíjano, y fue paseado por la Plaza de Armas, frente a Palacio de Gobierno, donde recibió la aclamación del pueblo. Fueron miles de personas las que siguieron el cortejo por las calles de la capital. Había mucha conmoción y tristeza. Hasta un grupo de vendedoras de periódicos pidió a la familia cargar el féretro, haciéndolo por unos metros. Unas 40 mil personas desfilaron delante del ataúd de Graña. 

Dieron sus discursos fúnebres autoridades, empresarios y amigos. A nombre del directorio del diario “El Comercio” tomó la palabra Manuel Miró Quesada: “Pese a las ruines calumnias de la prensa irresponsable y a los anónimos, continuó en la labor de combatir el sectarismo y la demagogia de los apóstoles de una mentida justicia social. Como periodistas, nos descubrimos reverentes ante sus restos. Cuando alguien muere por razón de la ley biológica, los amigos lloran pero se resignan, pero no es así cuando la mano artera de un fanático ciega la vida de un hombre útil a la patria (…)”, dijo profundamente emocionado.                                   

Los supuestos responsables del crimen

Según testigos, la oscuridad de la noche no dejó ver bien las características físicas del homicida. Sin embargo, la mayoría coincidió en que el sujeto actuó solo. Indicaron que se trataba de un tipo “bajo, gordo y trigueño”. Por su parte, la Policía reunió a sus mejores investigadores para ver el caso, o al menos así informaron a los medios.                  
Se mantuvo el control policial por las carreteras de salida y entrada de la ciudad (sur, norte y centro), el puerto del Callao y el aeródromo de Limatambo. La Policía incluso anunció a los pocos días que ya poseían pistas concretas que los llevarían tarde o temprano al asesino. Para avanzar en las investigaciones debieron salir de Lima, rumbo al norte y al sur del país, pues hubo informes de que los involucrados habían escapado del cerco policial (una prueba del apoyo con que contaban).

En tanto, tras el entierro de Graña en el Cementerio General de Lima, el subdirector de “La Prensa”, Ricardo Alcalde Mongrut, declaró desde México que lo ocurrido era un “crimen político”, que buscaba acallar a la “prensa libre”. A esas alturas, el asesinato de Graña ya cobraba dimensión continental.

Alcalde prácticamente acusó al Gobierno de turno y, principalmente, a sus aliados apristas de haber perpetrado el homicidio. Indicó que haber logrado que el Senado detuviera la apurada aprobación de leyes “entreguistas” de nuestras reservas petrolíferas que promovía el PAP, era lo que no perdonaron los asesinos de Graña.     

Bajo esa presión, y pese a las primeras descripciones de los testigos, los diarios y las revistas empezaron a sindicar a dos sospechosos como los autores intelectuales y materiales del asesinato: Alfredo Tello Salavarría y Héctor Pretell Cabosmalón, ambos vinculados con el PAP. Tello era diputado en ese momento (faltó a la sesión parlamentaria el día del crimen) y Pretell era un viejo militante con la aureola de haber pasado cárcel en la década pasada (años 30).

Los apristas los defendieron y negaron su pretendida culpabilidad a través de sus propios medios como “La Tribuna”. Pero la Policía, algo impotente por los escasos resultados de sus pesquisas iniciales, empezó a poner sus ojos en estos sospechosos mediáticos. Hasta que, finalmente, los capturó y encerró. Esto a pesar de que sus rasgos físicos no coincidían necesariamente con las versiones de los testigos.

El asesinato, sin duda, trajo cola política. A los pocos días, el gabinete ministerial renunció. Bustamante y Rivero tuvo que buscar ministros por todos lados y cuando lo hizo su nuevo gabinete estaba repleto de militares. Entre estos estaba nada menos que el general Manuel A. Odría, quien sería el ministro de Gobierno y Policía (hoy Interior). El presidente constitucional colocó a su lado a su propio verdugo de 1948.   

¿El verdadero asesino?

El periodista peruano Domingo Tamariz publicó en enero de 1997 (“Caretas” N° 1447, pp. 42-43) una nota titulada “Chaney, el ejecutor”, donde reveló detalles del asesinato de Graña y dio a conocer o recordó un libro publicado en 1988 por Luis Chanduví Torres. El libro llevaba el título de “El APRA por dentro”.

Habiendo sido un cuadro de acción política de ese partido entre 1931 y 1948, Chanduví se convirtió en un testigo válido para dar su versión del crimen. Y así lo hizo. Para muchos era evidente que los detenidos y condenados Tello y Pretell no eran los culpables del asesinato a Graña.



Según Tamariz, Chanduví tenía la certeza de que el verdadero asesino fue un tal Eddie Chaney Sparrow, un trujillano, fornido y desafiante, conocido como aprista en el “Sólido Norte”. Tamariz citó a Chanduví: “Meses después de los hechos un c. de Defensa que vino de Trujillo, nos informó que Chaney  -activista del partido, que residía en esa ciudad- se había jactado de dar muerte a Graña”.

Chanduví contó que si bien ese dato excluía a los compañeros Tello y Pretell, confirmaría que el PAP estaba detrás del crimen. En 1948 habría llegado a Lima un “grupo de Defensa” de Trujillo para trabajar con sus compañeros de Lima. Entre los primeros llegados del norte apareció Chaney. Chanduví indicó que llegó a conocerlo y lo describió como un tipo “bajo, grueso y trigueño”.

Tener a Chaney en Lima era un peligro para el PAP. Los apristas buscaron devolverlo a Trujillo y hasta internarlo en la selva. Para entonces ya la Policía estaba procesando a Tello y a Pretell; y, a pesar de que llegaron a detener a Chaney y saber su confesión, Esparza Zañartu, el ministro ya en tiempos del dictador Odría, no se desdijo y siguió con el proceso contra los apristas. Esta es la versión de Chanduví. Tello y Pretell fueron sentenciados finalmente a 20 años, 13 años de cárcel efectiva y luego indultados en 1960.   

El colega Tamariz, quien dio a conocer los detalles de este testimonio en su artículo de hace 20 años, indicó que Chanduví “era un hombre que luchó por la causa de su partido durante más de 20 años. Quienes lo conocieron, hablan favorablemente de él; serio, tranquilo, incapaz de una falsedad, y menos de una patraña, afirman”.

En un caso tan complejo y turbio como el que se generó en la investigación policial de entonces, es muy difícil decir con total seguridad si los acusados y sentenciados (Tello y Pretell) fueron los verdaderos homicidas del director de “La Prensa”. Con versiones como la de Chanduví en el aire, siempre nos quedará la duda.

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