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CRÍTICA DE ARTE

Creatividad, inteligencia y humor

Por: Élida Román

El bodegón es un tema recurrente en la pintura, a través del tiempo y de la historia. Categorizado como “pintura de género”, alcanzó un estatus relevante con los pintores flamencos del siglo XVII convirtiéndose en un ejercicio frecuentado por artistas de diversas épocas y adaptado y reinterpretado a través de los más diversos estilos y tendencias.

“Los objetos de la pintura de bodegón (de la primera época) suelen contener una alegoría oculta sobre la fugacidad de las cosas y la inevitabilidad de la muerte (el tema de la “Vanitas”) o, por extensión, sobre la pasión y resurrección cristianas. El significado se transmite utilizando objetos, en su mayor parte familiares o cotidianos, que tienen connotaciones simbólicas. “Vanitas” (lat., vacío) es la vanidad en el sentido no de presunción o engreimiento, sino de la fugacidad o vacío de las posesiones terrenas” (James Hall).

Lo que Eugenio Raborg está presentando en La Galería no solo trae múltiples connotaciones simbólicas, contemporáneas, vigentes y fácilmente identificables, sino que también discurre, a través de cada una de las obras, por distintos rumbos estilísticos y alusiones a los conceptos fundamentales de propuestas de nuestro tiempo.

Son “bodegones” de nuevo cúneo. Construcciones prolijas, cuidadas y perfectamente balanceadas visualmente, que cumplen con todos los requisitos que el canon académico pide para construir la imagen. Y, sin embargo, transgreden todas las expectativas sobre los elementos a utilizar. Precisamente esta utilización le permite ejercitar no solo un despliegue de humor propicio, sino también marcar con claridad el propósito alegórico o la indicación precisa sobre el concepto base de cada una de las piezas así concebidas.

En “Vacío”, conjunto de envases plásticos sin contenido, recurre a una estrategia de arte pobre. En “Ozono mío”, despliegue de envases de diversos químicos en aerosol y un dispositivo que sorprende y ataca sin aviso, la alusión a la amenaza a la atmósfera se plasma en un conjunto a la manera del pop. El “Vaso con cartuchos”, en blanco y negro, recuerda los papeles recortados de Matisse; el “Bodegón en blanco” nos remite —como alguna de las otras obras— a los elementos clásicos y un hiperrealismo más asociado por el conocimiento propio que por su realidad.

Otro mérito del conjunto o, más bien, del planteo general, es lograr con sutileza ese viaje de la percepción inmediata y del reconocimiento fácil, por asociación a lo conocido y usual, hacia la zona de la abstracción y del concepto general, sin forzamientos ni ejercicios de desciframiento. Al respecto, un triunfo de lo visual a través de una ejercitación sensible que no requiere de exigencias específicas.

Y todo este despliegue, en que el humor se presenta naturalmente, como un componente más, sin perturbar y más bien reforzando la relación empática, sirve para ratificar la personalidad de un artista que ha logrado su propio y peculiar espacio, como ya lo demostrara con su anterior serie dedicada a la “Gioconda”, que se vio tiempo atrás.

Una muestra que ocasiona sonrisas y curiosidad, pero que lleva, imperceptiblemente, a la experiencia de la generalización y del juego del descubrimiento.

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