Pasan los años y el tradicional carnaval de Barranquilla va captando más adeptos. Sin embargo, en esta misma ciudad del Caribe colombiano no pocos fieles lo tienen en la mira por considerarlo pecaminoso
Por: Jack Lo Lau
El público apostado a los lados de la avenida los aplaude. Motivada por ello, Gatúbela le roba un beso en la boca a la Mujer Maravilla. King Kong coge fuertemente del brazo a una marimonda que camina chueca y que amaga vomitar todo lo que tiene dentro. Tres monocucos, los payasos del carnaval, intentan abrir una botella de ron al estilo de los tres chiflados; el más ebrio lo consigue y apura media botella. Los policías, los únicos sin disfraz, no pueden poner orden, aunque tampoco se empeñan mucho en ello. Están en medio de la “guacherna”, el desfile que da comienzo al carnaval de Barranquilla, y las pasiones se desbordan con facilidad. Dicen que todo está permitido en estos días: las mujeres se desbandan detrás de sus máscaras y toda la ciudad huele y sabe a alcohol. Te regalan condones en cada esquina. Todos se preparan con meses de anticipación para lo que, según muchos barranquilleros, es su fiesta más importante.
FALSAS PROMESAS
Era mi segundo día en Barranquilla y me iba a Barrio Abajo, donde se iniciaron los carnavales. Quería conocer las raíces de esta fiesta. Apenas un minuto en el taxi y reconocí un tonito, el mismo que escucho en casa de mis papás, cuando los voy a visitar en Lima. Música evangélica.
— ¿Eres evangélico, no?
— Sí.
—¿Y te gusta el carnaval?
—No, no participo. Ahí está el pecado. La gente se droga, se emborracha, las mujeres no ven a sus esposos en varios días. ¿Cómo puede ser eso diversión?
Llegué. Había escuchado algunas cosas de este lugar, pero estar ahí es distinto. Las calles están pintadas de amarillo, azul, rojo, rosado y verde; las mujeres, morenas, de piernas firmes y ojos de gato, te miran con deseo; las ancianas te sonríen. En esa zona está la Casa del Carnaval —donde se ve la logística de toda la fiesta—, porque en Barrio Abajo finaliza el desfile y todo el mundo va a terminar ahí el carnaval.
El Pavo es uno de los personajes más representativos de esta fiesta. Ha sido rey Momo; tiene su comparsa llamada La rebelión de las auténticas marimondas (el único disfraz tradicional de Barranquilla); ha ido a la Unesco, en París, en representación de la ciudad, cuando le dieron al carnaval de Barranquilla el título de Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad; y también le prometió a su mujer que dejaría el carnaval después de ser rey Momo, y que iría a la Iglesia Evangélica con ella. Pero eso no sucedió. Este año el Pavo está más enganchado que nunca con el carnaval.
Hace 18 años Nubia se enamoró del Pavo. Hace siete aceptó a Cristo en su corazón. Cuando ella se volvió evangélica pensó que lo convencería de abandonar sus pasiones carnavaleras. Lurlini, la hermana del Pavo, fue la que llevó a Nubia a la iglesia.
—¿Y el Pavo no se molestó?
—¡Claro! Se puso como loco cuando se enteró. No le gustó nadita la idea. Pero ninguno de los dos se hace problema. Se toleran y se respetan.
—Nunca dejará los carnavales
—¡Imposible! (risas). El Nacho cada vez está más prendido en los carnavales, nos guste o no, papi.
Son las siete de la noche y Nubia les sirve agua helada a unos niños disfrazados de murciélagos. El Pavo, vestido de marimonda (saco, camisa y pantalón puestos al revés) y con una máscara con nariz de elefante y ojos de huevo frito, se despide de ella con un beso volado. Es hora del carnaval. Que Dios nos ampare.
SIEMPRE VIVO EN DIOS
Tercer día en Barranquilla: seis taxis tomados, cuatro taxistas evangélicos. Siento que algo me persigue. Empiezo a soñar con los productos que te venden por televisión: el manto sagrado, la rosa bendita… Veo al pastor acercándose a mí. Tengo miedo. Quiero ron.
Confundido, fui a buscar al Siempre Vivo, un hombre que gozó del carnaval por casi 50 años, siempre con un disfraz de machetes y cuchillos de papel incrustados en el cuerpo. Pero un día recibió a Dios en su corazón y cambió. Ahora es el Siempre Vivo en Dios. Hablamos, y mientras me mostraba los artículos periodísticos que le hicieron en la última década, se puso nostálgico. Este es el segundo carnaval en el que no participa. Ahora es curador de obras de arte y enseña en un colegio. Dice que no extraña el carnaval, pero no le creo mucho.
—Lo malo del carnaval es que la diversión y la libertad se confunden con libertinaje.
—¿Tanto así?
— Sí, se aprovecha para pecar. Ahora me encanta ir a la iglesia y conocer más de Dios. No pienso en el carnaval. Si quiero bailar, escucho música evangélica.
Antes de regresar a Lima lo llamé por teléfono, para despedirme. Me cortó rápido, porque estaba alistando el disfraz de su nieto Andrés para llevarlo al carnaval de los niños. Pero se suponía que ya no le gustaba la fiesta. Cuelgo y, sin darme cuenta, me voy bailando en pos de algo de comer. Si el Siempre Vivo no se resiste a la fiesta, ¿por qué tendría que hacerlo yo?
Me estoy pudriendo. Lo único que quiero es un ron o una cerveza, pero los evangélicos están por todos lados. A las 3 de la mañana me subo a un taxi:
—A un “night club”, por favor.
—Ya no hay nada abierto, mejor lo dejo en su hotel.
—¿No hay nada abierto en Barranquilla en pleno carnaval? Lléveme por favor.
—No. Se va a exponer a los peligros, además se nota que ya disfrutó mucho. ¿Dónde queda su hotel?
La Biblia estaba ahí, mirándome desde el tablero, y de música de fondo, el tonito que me persiguió los últimos días. No me iba a llevar y, a esas horas, lo último que quería era hablar de religión, así que le hice caso.
-Bueno, al hotel. Ni mis viejos molestan tanto —murmuré.
EL SÍ DE LA GENTE
Cuarto día en Barranquilla. Me levanté muy temprano y tomé un taxi rumbo a Las Nieves, otro barrio humilde de Barranquilla, para visitar a una amiga que conocí en la “guacherna”. Extraño, en ese carro no había música evangélica sino cumbia y vallenato. El chofer, William, un tipo de 50 años, un Papá Noel sin barba, se lamentaba de perderse el carnaval por tener que trabajar.
—Los católicos la tenemos más fácil, no nos hacemos problemas y somos menos corruptos. Pecamos y después rezamos, eso es un empate técnico. Después nos vamos a penales. Pero eso será después, man. Tenemos licencia para pecar más seguido. Más bacano.
Mientras caminaba por Las Nieves me topé con una parroquia católica. Entré. El cura no estaba y lo único que encontré fue un periódico de la iglesia. “Vivamos como hermanos nuestras fiestas del carnaval”, era el titular, como si supieran que nadie puede con esta fiesta. Ni el Pavo ni su esposa. Menos el Siempre Vivo en Dios, que lleva a su nieto al carnaval. Ni los taxistas que andan dando sermones. Y menos yo, que me encanta el carnaval. Sírvame un poco más de carne y ron. Te lo rogamos, Señor. Amén.