ESPECIAL
Las dos mitades. La identidad de Garcilaso a partir de una lectura de “Los diálogos de amor” de León Hebreo, el libro anterior a la ejecución de “Los comentarios reales”.
Por: Rocío Castro Morgado
En el capítulo IV del libro primero de “Los comentarios reales”, que se titula “La deducción del nombre Perú”, Garcilaso nos cuenta la situación equívoca que dio lugar a que los territorios ubicados al sur de Panamá fueran conocidos con una palabra que no existía en el lenguaje de los indios ni de los españoles.
Por el año de 1513 Vasco Núñez de Balboa, después de descubrir el mar del Sur, envió tres o cuatro navíos —en diversas épocas del año—, a seguir explorando las costas. Desde uno de ellos avistaron a un indio pescando en la boca de un río. Con toda discreción y astucia, se decidieron a tenderle una celada para apresarlo. No fue necesario, ante la extraña visión de un navío a toda vela, surcando los mares, el pescador se quedó “pasmado y abobado”, por lo que pudieron prenderlo fácilmente y conducirlo, con gran regocijo y algarabía, a la nave, que un instante antes lo fascinó. Tratando de aminorar la sorpresa inicial que suponía ver hombres barbados y con trajes tan distintos a los suyos, le preguntaron con “señas y palabras” por el nombre de la tierra en la que se hallaban.
El indio “por los ademanes y meneos que con las manos y el rostro le hacían” entendió que le preguntaban algo, pero no sabía qué. Por lo que respondió con su propio nombre, diciendo “Berú” y añadió “Pelú”, para significar que estaba en un río.
Los españoles, sin embargo, entendieron conforme a lo que habían preguntado, “imaginando que el indio los había entendido y respondido como si él y ellos hubieran hablado en castellano”. Esta versión inicial del nombre que creyeron escuchar, sería luego transformada por los avatares de la pronunciación en Perú. Así, este encuentro dejaría para la posteridad un nombre que es una invención, fruto de un malentendido.
Los biógrafos de Garcilaso han ofrecido algunas pistas para interpretar otro encuentro, el del capitán español con una princesa inca, nieta y sobrina de dos emperadores del Tawantinsuyo: Sebastián Garcilaso de la Vega y Chimpu Ocllo, los padres de Garcilaso, anotando que él no hablaba el quechua ni ella el español. El fruto de ese encuentro sería bautizado con el nombre de Gómez Suárez de Figueroa.
La primera escena es descrita en “Los comentarios…”, la otra, rescatada por historiadores acuciosos, debe haberla imaginado y revivido el propio Garcilaso en las múltiples ocasiones en las que seguramente meditó sobre su origen e historia familiar.
Sabemos que después de la muerte de su padre, el joven mestizo viajó a Madrid, para solicitar que se reconocieran los servicios de su padre a la Corona y los derechos patrimoniales de su madre. El Consejo de Indias rechazó su demanda. Los cronistas habían denunciado un comportamiento solidario del capitán con los enemigos del régimen, durante las guerras civiles. Alojado en Montilla, rechazado y marginado por ser mestizo y bastardo, Gómez Suárez varió su nombre; primero le agregó el De la Vega al anterior, luego lo cambió por Garcilaso de la Vega.
A los 25 años, peleó en Alpujarras contra los moros y ganó sus prendas de capitán. Después, en su retiro andaluz, dedicado a la cría de caballos y a los estudios, tradujo los “Dialoghi d’Amore”, de León Hebreo. La obra da cuenta de los diálogos de una pareja: Filón y Sofía. Ellos conversan “sobre la universalidad de fondo de todos los cultos y sobre un mundo perfectible creado por el amor”, en un estilo que mantiene una delicada armonía entre el erotismo y la espiritualidad.
¿Por qué eligió esta obra? ¿Qué lo cautivó de ella tanto como para traducirla para un público español? Probablemente, la posibilidad de que un hombre y una mujer se escucharan en una misma lengua discurriendo sobre un tema elevado. Ninguno de los actores se hallaba en situación subordinada y el encuentro no estuvo signado por la arbitrariedad ni la violencia. Después de la traducción de “Los diálogos de amor”, Garcilaso, como dice Max Hernández, “podría servir de intérprete a un nuevo mundo”, el del Imperio de los Incas. No es casual que la obra que da cuenta de este intento tenga una segunda parte dedicada a la Conquista.
Las dos mitades de su ser mestizo, la que proviene del linaje del capitán español y la que le ha sido legada por la prosapia de la princesa inca, aparecen unidas en un texto, después de la violenta y confusa colisión de la conquista, como dos caras de una misma medalla. El Inca Garcilaso intenta reconstruir el pasado y consigue imaginar la posibilidad de un final distinto para los innumerables encuentros en los que los sujetos de esos dos mundos, a los que él pertenecía, no pudieron hablarse, escucharse y entenderse usando un mismo lenguaje.