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CRÓNICA. SIN TRANQUILIDAD EN LA CASA

Involuntarios vecinos del delito

Crímenes, arrestos o sucesos que se vuelven noticia trastocan la vida en el barrio de cualquiera. Los residentes sufren el impacto, los recuerdos nunca los dejan…

Por: Elizabeth Salazar Vega

Nérida Durán recuerda con exactitud la noche del 5 de marzo del 2005, cuando la muerte se hospedó a dos casas de la suya. Aún hoy esta se resiste a irse. Sigue deambulando en la cuadra, en las calles cercanas, alimentándose de voces que se aglomeran en bodegas, parques o cualquier lugar apto para el cuchicheo.

Nérida vive en la calle Las Magnolias, urbanización Entel Perú (San Juan de Miraflores), a pocos metros de la vivienda donde Giuliana Llamoja, cuchillo en mano, forcejeó con su madre María del Carmen Hilares hasta que esta acabó muerta.

“Fuimos interrogados, teníamos a la prensa siempre acá. Se rumoreó de todo. A los pocos meses los Llamoja abandonaron la casa, pero en las noches se veía movimiento en las cortinas o las luces se prendían. Varios vecinos decidieron mudarse”, cuenta.

Aún hoy en la urbanización existe recelo por hablar del tema con extraños, y hay quienes prefieren evitar pasar frente al inmueble que desde hace dos años es habitado por otra familia. “Quienes no son de acá vienen y señalan la casa. Saben que aquí fue”, agrega Pamela, otra vecina.

Los rumores se van tornando en mito y ya hay quienes aseguran que antes de que los Llamoja compraran la casa habían ocurrido allí otros decesos trágicos.

LA CANTANTE, LA NIÑA…
Una nube de periodistas y un fuerte cordón policial bastan para confirmar que la vida en el vecindario no será la misma. Los habitantes de la única cuadra que tiene la calle Boulevard, en Surco, a pocos metros de la Embajada de Estados Unidos, lo saben. Pero prefieren callar.

Muchos de los residentes de las cuatro casas y los tres enormes edificios de departamentos no sabían que en uno de estos últimos vivía la cantante Alicia Delgado, hasta que notaron el revuelo causado tras el descubrimiento de su cadáver el 25 de junio.

“Cuando llegamos en la noche era imposible ingresar con auto. Acordonaron el área y recién ahí nos enteramos de que el crimen había sido en el edificio de al lado. Todos queremos olvidar”, cuenta consternada una señora.

Un asesinato marca los recuerdos, se funde en las paredes, se transforma en un duelo… “¿Crimen? No me hables de eso. No sé nada de eso”, expresa otro vecino de Delgado en Surco, mientras cierra su puerta.

Pero el horror no conoce de límites distritales. “La gente pasa por esta calle, comenta y mira con desprecio”, lamenta Marcelino Bocangelino en Miraflores.

Él trabaja desde hace 20 años en el puesto de venta de relojes instalado en el frontis del edificio Leuro, en la cuadra 4 de la avenida Benavides, y recuerda con nitidez todo lo que significó el asesinato de una niña sudafricana el 26 de mayo del año pasado.

La escalera y los pasillos sombríos que dan al cuarto piso, donde la menor fue violada y estrangulada, guardan la historia del caso. Y aunque el asesino fue detenido, algunas vecinas guardan sus sospechas: “La madre no mostró mucho pesar”, desliza una de ellas.

CERCANÍAS INDESEABLES
Pero lidiar con la muerte es, a veces, menos frustrante que hacerlo con quienes se pasan de vivos.

Para más de un residente del edificio sanisidrino de la calle Alberto Champler, escuchar el nombre de Rómulo León Alegría, el ex ministro aprista vinculado a una investigación por corrupción, era parte del tufillo político, pero saber que sería su nuevo vecino los sacó de sus casillas. “Un corrupto cerca de nosotros. Que se vaya a otra casa”, se queja un alarmado ocupante que no quiere revelar su nombre.

Piero Massei, quien vive en el quinto piso del inmueble, es más irónico, dice estar contento de tener un “vecino ilustre”.

Similar sufrimiento fue el de los residentes de la calle Los Flamencos, en Santa Anita, pues aunque ya han pasado cuatro años, recuerdan vívidamente los meses en los que su vecino fue el narcotraficante del cártel de Tijuana Miguel Ángel Morales Morales, quien —como León Alegría— fue beneficiado con el arresto domiciliario.

“No sabe lo que fue eso. Era tan peligroso que los policías impedían que los autos cruzaran la calle. Temíamos que se desatara un tiroteo o que ese hombre fugara. Fue horrible”, recuerda René Pezo.

Sin embargo, a veces no es necesario un hecho delictivo para que la vecindad pierda su equilibrio. Basta preguntarles a los estudiantes del colegio Sagrado Corazón de Belén, que vieron suspendidas sus clases cuando Alberto Pizango, acusado de sedición, se refugió en la Embajada de Nicaragua, ubicada frente a ese colegio, en San Isidro. Los gritos de los manifestantes a favor y en contra del dirigente amazónico, la prensa y la policía hicieron imposible el estudio.

Pesar de algunos, sí, pero queda claro que en cualquier momento o lugar, cuando un hecho de impacto sucede, nada vuelve a ser lo mismo.

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