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Lo que el viento no se llevó

Por: Juan Paredes Castro

La política peruana parece haber entrado en un profundo estado de anestesia.

El desangrado de Bagua fue una traumática lección quirúrgica de ley, gobierno, territorio y Estado. Y el peregrinaje de Yehude Simon por Andahuaylas y Sicuani una secuencia de más de lo mismo, ya sin sangre de por medio: la impotencia de cómo desembalsar en un tris demandas sociales históricas e incompetencias burocráticas cíclicas, a la luz de un adelantado calendario electoral, que se ha vuelto tropical.

¿Qué ha pasado que no solo la política sino también el país viven de pronto un proceso de entubado artificial casi cataléptico?

De un lado la abrumadora noticia mundial de la muerte del cantante y bailarín norteamericano Michel Jackson y su secuela y la otra del golpe militar en Honduras, con dos ingredientes picantes: que detrás del gorilismo de uniforme que derroca a Manuel Zelaya se esconde otro de atuendo civil reeleccionista que lo provoca; y la posibilidad de que la presión internacional devuelva a Zelaya a su puesto, en un giro histórico sin precedentes.

Hubo otros dos sucesos que acabaron por ocultar una convulsión social que asomaba acelerada. La muerte de un político y un servidor cívico del país como Alberto Andrade, recordado no solo por su éxito en la gestión municipal de Lima, sino también por haber librado batallas muy valientes por la democracia y por la calidad del Congreso. Y el horrendo crimen de la cantante folclórica Alicia Delgado, con todo el vértigo de morbosidad y truculencia con que ha envuelto a su paso todas las agendas del país, salvo la judicial, donde la puesta en prisión domiciliaria del ex ministro aprista Rómulo León, implicado en el caso de los “petroaudios”, viene a constituir, mediáticamente, otra aguja a la vena del principal paciente anestesiado: la política.

Se equivocan quienes creen que el viento de la coyuntura se llevó toda la crisis. Pongámonos en alerta, Gobierno y ciudadanos, para no dejarnos sorprender por nuevos errores propios y ajenos.

Hay una agenda pendiente dura y compleja, incluido el tramo del 2011, que no debe asustarnos, como tampoco hacernos creer que hemos retornado al mejor de los mundos.

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