CRÍTICA DE CINE
Por: Ricardo Bedoya
Desde sus inicios, el cine peruano apeló a las figuras musicales de gran éxito popular. En los años veinte y treinta estuvieron las estrellas del teatro de variedades pero también de la radio y la canción, desde Teresita Arce hasta las Hermanitas Travesí (Gloria, Elvira, Angelita), Carmen Pradillo, Jesús Vásquez, Alicia Lizárraga, entre otras.
En los sesenta, el cine cedió a la flamante seducción de la televisión y su doméstico estrellato, con personajes en busca de ficciones a su medida: al lado de los hermanos King, Kiko Ledgard o Tulio Loza, asomaban Joe Danova, César Altamirano o los grupos de la nueva ola.
Luego llegó el turno de los invisibles para la TV. Desde los escenarios de sus conciertos en la Lima del “desborde popular” de los años ochenta pasaron al cine “Los Shapis en el mundo de los pobres” (1986) y “El Rey” (1987), con Vico y su grupo Karicia, que dieron cuenta de los ritmos de la fusión y del mestizaje melódico urbano. Ya en esta década, la tecnocumbia de Joven Sensación fue celebrada en “¿Qué será de mí?”, de Antonio Landeo (2003).
“Motor y motivo” es el filme del Grupo 5. Lo dirige Enrique Chimoy. No es la historia de la formación del conjunto, como suelen ser las películas sobre grupos musicales; está hecha más bien desde la satisfacción de un éxito que marcha sobre ruedas y, por eso, los incidentes de la acción son solo pretextos para rendir tributo a la estirpe de los conductores del grupo triunfante.
Los episodios se acumulan como en un cajón de sastre. La cinta salta de las grabaciones documentales de los conciertos del grupo a las pruebas de canto para contratar a un vocalista; de una historia de amor frustrado a otra de seducción naciente; del filme de gánsteres con un gesticulante capo de opereta que parece sacado de alguna cinta del mexicano Juan Orol, director de la inmortal “Gangsters contra charros” (1947), al drama introspectivo que penetra en las pesadillas atormentadas de uno de los hermanos Yaipén, acosado con el recuerdo de un accidente de carretera.
Pero hay más: un recorrido por Monsefú al que llegamos en el ómnibus del grupo, símbolo portátil del éxito y figurante principal de la cinta; toques de comedia a cargo de Fulvio Carmelo (Fernando Armas), que remata cada intervención con la consabida frase de sketch televisivo; asaltos en la ruta, secuestros al paso y una seducción de hotel con sorpresa añadida. Lo que no hay son conexiones internas entre una secuencia y otra, fluidez en el paso, coherencia en el conjunto. Cada cambio de situación y de secuencia parece obra de un autoritario control remoto avanzando de modo abrupto los capítulos de un DVD.
Por cierto, las canciones del Grupo 5 aparecen con regularidad cronometrada y son el motor aunque no el motivo de esta película. Lo que importa es la reunión final en el mausoleo familiar, para recalcar que el Grupo 5 es un proyecto musical, una empresa, pero también un destino, una herencia, un mandato inapelable, casi un imperativo genético.
El motivo de esta película es proclamarlo.