Agréganos: Facebook | Twitter | Página de Inicio

20 de marzo del 2010 | 23 °C | 213204 Usuarios

MUCHO OJO: Muerte temprana

Por: Fernando Vivas
Miércoles 25 de Marzo del 2009

Álvaro Ugaz era uno de esos periodistas con los que mi gremio contaba para hacer las reformas de rigor, de credibilidad y de independencia que tenemos pendientes. Sobrevivió sin mancha a la tentación fujimontesinista y ejerció su capacidad de renuncia en la temporada en la que gozó de mayor popularidad: cuando conducía “Buenos días, Perú” en 1998, al lado de Valia Barak, de pronto dejó el programa aduciendo razones éticas que no detalló.

Ojalá alguno de sus ex colegas de Panamericana cuente qué fue lo que llevó al discreto Álvaro a patear aquella vez el tablero, cosa que volvió a hacer, aunque por más comprensibles razones laborales, cuando se apartó de “ATV noticias: primer reporte”, el mañanero que condujo junto con su novia Juliana Oxenford.

Cito ese par de renuncias, no solo como prueba de que Álvaro tenía su genio y sus principios, sino también como confirmación de que lo suyo era la radio, el medio más cálido de todos, el que reemplaza la gestualidad aspaventosa del figuretismo televisivo, por todas las modulaciones posibles de la indignación ciudadana, por la capacidad de subrayar el tema del día alzando el volumen de la voz, por la sutil invitación al entrevistado para que diga algo más de lo que tenía pensado decir. En la radio, para gente como Álvaro, los riesgos de la vanidad están ecualizados.

Pero esta comunicación caliente y humilde deja tanta huella como la pantalla de la fama, como ayer comprobé al oír a anónimos oyentes que llamaban a CPN, donde era el director de prensa, a expresar sus sentimientos.

Álvaro presentó por muchos años en RPP a monseñor Juan Luis Cipriani, quien no es prelado de mi devoción y al que habría que hacer muchísimas preguntas, pero asumo que hizo esa labor movido por su legítima fe en la jerarquía católica.

Tuve el privilegio de hablarle a menudo a través de la radio, el medio que él hacía más cálido de lo que es, y tengo una tremenda pena de oyente.