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Ni bombero, ni pararrayos, ni secretario

Por: Juan Paredes Castro

En las últimas semanas se ha creado el estereotipo de un nuevo primer ministro en traje de campaña, metido bajo una carpa y dialogando a más de tres mil metros de altura.

Pero siendo muchas veces necesario desempeñar un papel de este tipo, más aun en un país de grandes distancias geográficas y abismos sociales, este no es el perfil fundamental de quien, en esencia y en la práctica, tiene que ser el jefe de Gobierno, capaz de secundar las funciones de un jefe de Estado.

En efecto, si Jorge del Castillo tuvo que apagar más de un incendio durante su gestión y Yehude Simon tuvo que convertirse en el pararrayos de la crisis de Bagua, ello no quiere decir que quien venga a sucederlos a partir de este fin de semana tenga más o menos que cumplir esas tareas, cuando en verdad la solidez y la confianza de una presidencia de Consejo de Ministros pasa por otras prioridades de gestión.

Hay quienes también imaginan a un primer ministro como un mero secretario del presidente, lo que ya desde Alejandro Toledo se ha venido superando, con un cada vez mayor despliegue de autonomía política y funcional del cargo.

Alan García ha introducido un cambio importante, al alejar de su gabinete la tentación de convertirlo en un lugar de paso de tantos ministeriables habidos y por haber. Prefiere acentuar la idea de un gabinete y ministros comprometidos con metas y objetivos de mediano y largo plazo, que es ya mucho pedir en el inestable medio político nuestro. Haría bien, pues, el mandatario en no estereotipar la función del primer ministro como bombero, secretario o pararrayos, si es que desea evitar el cortoplacismo en un gabinete que debería aspirar, más bien, a durar más de un año o dos.

El primer deslinde que ambos deben hacer es con los gobiernos regionales, para que el Gobierno Central no vuelva a cargar con el descontento social que corresponde asumir a los primeros. No haberlo hecho llevó a Simon a comprarse pleitos ajenos, más allá de los propios.

Necesitamos, en verdad, un primer ministro que garantice la gobernabilidad del país, que acostumbre a los demás ministros a responder por sus sectores y que haga que el jefe del Estado lo deje ser jefe de Gobierno.

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