LA LEGITIMIDAD DEL ABORTO TERAPÉUTICO
Por: Fernando Vivas Periodista
Se cometen barbaridades en nombre de los vivos, en recuerdo de los muertos y, en los últimos tiempos, en nombre de los no nacidos. El fundamentalismo cristiano se hinca ante la idea de que la expectativa de vida, por más embrionaria que sea, vale más que la vida misma. De ahí viene la gazmoñería de que el derecho del embrión pesa más que el de su madre y, por lo tanto, ¡esta no puede abortar aunque peligre su vida!
Este fundamentalismo misógino es responsable de dramas espantosos. Resulta que ha impedido que el Ministerio de Salud apruebe un protocolo médico para el aborto terapéutico que sí está permitido según el Art. 119 del Código Penal: “No es punible el aborto (...) cuando es el único medio para salvar la vida de la gestante o para evitar en su salud un mal grave y permanente”.
Los directores de hospitales, sin la cobertura de un protocolo, se paralizan de miedo y abandonan a sus pacientes, con fetos muertos o embarazos peligrosos, a la buena de Cristo que, por cierto, en la Biblia de los apóstoles no dice nada sobre los no nacidos. El dogma “pro vida” es un invento contemporáneo de la Iglesia para lidiar con los avances del feminismo y de la conciencia sobre los derechos reproductivos.
Primero fue el drama de Karen Llantoy quien, en el 2005, logró un fallo de la CIDH a su favor (el director del hospital Loayza que le negó el aborto, Max Cárdenas, es miembro del Consejo Nacional de la Magistratura); y ahora es una joven de 16 años, quien fue violada sistemáticamente, intentó suicidarse, se dañó la columna y si se le hubiera practicado una operación que implicaba que abortara, tal vez se hubiera salvado de quedar parapléjica. Sus abogadas han apelado a la justicia internacional.
Aunque el ministro Óscar Ugarte y el jefe del Gabinete Yehude Simon han dicho a las organizaciones feministas que habrá protocolo, no dan señas de aprobarlo. De ahí se deduce que es el presidente Alan García la única autoridad por encima de ellos quien quiere prolongar esta situación oscurantista.
A diferencia del lobby feminista, que es transparente, pues da cuenta de sus gestiones y hasta convoca conferencias de prensa, el lobby fundamentalista presiona en secreto y al más alto nivel. Su intolerancia ha provocado crímenes contra la vida.