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LA SEMANA QUE PASÓ

Del novelón al papelón

Por: Pedro Ortiz Bisso

La sobredosis de “abenciamanía” de los últimos días, con sus gruesas cuotas de sordidez, misterio y melodrama barato, empieza a hastiar pese a los dramáticos giros que ha tomado el caso y a la aparición de nuevos protagonistas de este culebrón, que seguramente pronto veremos convertido en una miniserie del prime time televisivo.

Generoso contribuyente a este empacho informativo han sido nuestras fuerzas policiales, que a las pocas horas de capturar al asesino de Alicia Delgado ya brindaban una conferencia de prensa en la que daban cuenta de los detalles de la inesperada confesión, anuncio que se hizo —no vaya a pensar mal, fue pura coincidencia— en los precisos momentos en que el primer ministro Yehude Simon y la ministra del Interior, Mercedes Cabanillas, respondían al pliego interpelatorio en el Congreso. Y no solo eso: elementos que debieron mantenerse bajo reserva estricta, como el acta con la declaración del homicida, el video de ella y otros detalles importantes no tardaron en hacerse públicos, lo que añadió tantas máculas al proceso que, de acuerdo con las últimas versiones conocidas, todo indica que las diligencias tendrán que volver a realizarse a fin de resguardar los derechos de los involucrados y cumplir con los demás requerimientos que manda la ley.

Que una institución tan vapuleada como la policía, que acaba de atravesar por uno de los sucesos más dramáticos de su historia, haya tenido tal nivel de protagonismo en este caso, dice mucho no solo de en manos de quién se encuentra, sino también de las graves magulladuras que arrastra aquello que desde su nacimiento fue su máxima razón de orgullo: su honor.

Veintitrés policías murieron de la manera más cruel en Bagua. El paradero de otro de sus integrantes, el mayor Felipe Bazán Soles, aún es un misterio. El recuerdo de tantas vidas perdidas aún está fresco, como la sucesión de desatinos que se cometieron para que ello ocurriera. Un comportamiento probo y profesional en un caso de tanta exposición mediática como el del asesinato de Alicia Delgado le habría devuelto a la policía algo de brillo a su desgastada imagen, pero la oportunidad se tiró por la borda. El mangoneo político hizo lo suyo y la institución se convirtió en un protagonista más del novelón mediático de la temporada.

SURREALISMO PURO
Pero lo ocurrido el último viernes supera lo imaginable. En su propia escuela de oficiales, el director de la policía condecoró a la ministra del Interior. Es decir, el jefe máximo de la entidad encargada de velar por la seguridad interna del país honró con una distinción a la misma persona que le echó el barro por la tragedia de Bagua. Y como si la escena no hubiese tenido demasiados elementos para ser parte de una película de Buñuel o de cualquier otro director surrealista, a los dos se los vio muy sonrientes. Como si acabaran de hacer una travesura.

La medalla Corazón Policial que recibió la ministra se entrega solo a civiles que hayan realizado alguna gestión especial en favor de la policía. ¿Lo fue haberlos responsabilizado del fracaso de la operación realizada en la Amazonía? ¿Una medalla borra el recuerdo de 33 vidas perdidas salvajemente y de la manera más absurda?

No es difícil imaginar lo que debe haber pasado por las cabezas de los familiares de los deudos. Finalmente, cada quien es dueño de sus propias vergüenzas. Lástima que se haya involucrado a la institución policial en este bochornoso, mayúsculo e inolvidable papelón.

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