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ESPECIAL. VIAJE A LOS HIMALAYAS

El país de los dioses en rojo

Nepal es un país de mayoría hinduista fascinante y caótico que limita con dos gigantes: China e India. Ha inspirado a artistas y hippies, y hoy está al borde la guerra civil.

Por: Miguel Ángel Cárdenas Periodista

El rojo es color, dolor y olor en el religioso Nepal, nación que es cumbre del hinduismo (la religión del 80% de la gente) en los talones del monte Everest y los Himalayas y es la literal cuna del budismo (aquí nació el Buda histórico hace 2.500 años). Pero Nepal también es el anacrónico y politizado país en que el maoísmo más ortodoxo se aferra al poder.

Su capital, Katmandú, fue la arcadia de los hippies en las décadas del sesenta y setenta y suscitó una literatura poética a lo “Lucy in the sky with diamonds” de los Beatles, en que se hablaba del viejo camino místico que unía una utópica Tierra Media: desde Turquía, Irán, Pakistán, India hasta Nepal. Cat Stevens cantaba al mito: “Katmandú, pronto estaré viéndote y tu extraño perplejo tiempo me mantendrá vivo”.

Pero este arbolado edén espiritual que reunía en un mismo valle 2.700 templos de la Edad Media asiática hoy es un asfaltado infierno de humo y turbo diésel. La modernización caótica le ha ocasionado el peor tráfico del mundo (como en la canción de Fito Páez), en que —según el Banco Mundial— hasta su aire más puro es un “atentado contra la salud”. Además, el 50% de su población —de 26 millones— está desempleado por la indetenible migración del campo a la ciudad y el 63% es analfabeto.

Pese a todo, Katmandú todavía conserva interminables pagodas idílicas con ritos primordiales del tiempo de los Vedas.

ROJO DEMONIZADO
Era un reinado y su caída pareció una mezcla de drama histórico de Shakespeare con comedia patafísica de Jarry. Hace ocho años, la familia real fue acribillada con un fusil de asalto M-16 y cremada rápidamente sin autopsia. El asesino fue “el príncipe amable”, Dipendra, el alcohólico único heredero al trono, quien luego de asesinar a sus padres, los reyes Birendra y Aishwarya, se disparó en la cabeza. Pero por sucesión real fue coronado soberano a los 29 años en pleno estado de coma. Dipendra no ansiaba el poder, sino que reconozcan su amor desa-rraigado por la plebeya Devyani, de 22 años, con quien se unió en secreto rebelándose contra los astrólogos reales que auguraban calamidades si no se casaba con una noble.

Cuando a los pocos días murió, asumió de regente su tío, el príncipe Gyanendra, quien cinco años después quiso volverse dictador y fue derrocado por una coalición de partidos y los rebeldes maoístas.

Nepal era uno de los diez países más pobres del mundo en el 2006 cuando los maoístas —aceptando un acuerdo de paz con la mediación de la ONU— lograron que el poder recayera en una Asamblea Constituyente que controlaron sin ambages. Desde entonces buscaron erradicar cualquier rastro de realeza, primero, con el mismo radicalismo con que ocasionaron 13.000 muertos en diez años de guerra, pero luego, cediendo a un freno más radical que ellos mismos y que los rebasaba: la religiosidad férrea de la gente.

Se especulaba con la influencia de China en la región para ahogar al Tíbet, pero es la India —con quien tienen una deuda externa monstruosa— la fuente de todos los radicalismos nepaleses: sus maoístas antes que inspirarse en Beijing, en Pol Pot o en Sendero Luminoso son seguidores de los naxalitas indios de Calcuta.

Esta semana, sin embargo, dimitió el primer ministro maoísta Pushpa Kamal Dahal cuando no pudo derrocar al jefe del ejército que se oponía a la incorporación de 19.000 de sus rebeldes armados a la milicia regular. Hoy han perdido soga pero no cabra (continúan armados), pero, dicen los más zahoríes, han perdido la batalla ante los líderes hinduistas aun más fanáticos que ellos.

ROJO DIVINIZADO
Estos hinduistas, rivales de cualquier comunismo, se encuentran representados tanto en instituciones religiosas como en una religiosidad popular incontrolable. Los primeros se agrupan, por ejemplo, en el Guthi Sansthan, un organismo que sirve al culto de las tres niñas diosas kumaris de las ciudades sagradas de Katmandú, Patán y Bhaktapur. Esta es una tradición de casi tres siglos en que se elige a las infantiles reencarnaciones de la diosa Taleju como protectoras del país. Ellas son seleccionadas desde que son bebes por sacerdotes y astrólogos por reunir 32 características “elegidas” y son consideradas diosas vivientes desde los 3 años hasta que tienen su primera menstruación. Su poder terrenal —o el de los brahamanes que las controlan— radica en que los reyes debían gobernar todos los años bajo su bendición (además de que ellas coronan toda festividad nacional). Los maoístas estratégicamente no chocaron con esta veneración.

Pero es el hinduismo popular su peor enemigo, ese que reúne a miles de personas en Pharping, a 19 kilómetros al sur de Katmandú. Aquí se encuentra el templo de Kali, la diosa negra, que ha fascinado la historia de las religiones con su simbología de aniquilación. Su salvaje leyenda con sacrificios humanos aparece satanizada en la película “Indiana Jones y el templo de la perdición”. En Pharping se sacrifican pollos, chanchos y búfalos en su alabanza y se hierve su estatua con esa sangre. En Nepal este rojo dionisíaco se enfrenta, con mayor efectividad en crueldad, con el rojo político sin religión.

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