ENTREVISTA. JORGE EDUARDO BENAVIDES
EL ESCRITOR PERUANO OBTUVO EL XII PREMIO DE NOVELA CORTA JULIO RAMÓN RIBEYRO DEL BANCO CENTRAL DE RESERVA CON “LA PAZ DE LOS VENCIDOS”, LA HISTORIA DE UN INMIGRANTE EN ESPAÑA
Por: Gonzalo Galarza Cerf
Las primeras veces que Jorge Eduardo Benavides volvía a Tenerife no sabía si estaba en Lima o en la isla. La sensación duraba apenas segundos. Pero, de inmediato, en las calles pasaba lo mismo: veía amigos y no sabía dónde los había conocido. El escritor peruano pasó más de una década en esa ciudad tras dejar el Perú en 1990. Son los padecimientos de los inmigrantes.
Benavides se mudó a Madrid tras la publicación de su primera novela. Atrás dejó ese pequeño mundo literario de provincia y a los amigos cuya posibilidad de convertirse en escritor quedó solo en eso, en posibilidad. “El Perú está lleno de estos casos. Es el fantasma del casi, del si hubiese sido. Muchas veces es una actitud, te la juegas o no te la juegas”, señala. Justamente, su novela “La paz de los vencidos” trata de eso: de sujetos, residentes e inmigrantes afincados en España, que en lugar de apostar y arriesgar por un futuro, prefirieron ser vencidos en paz, condenados a la derrota sin disputar batalla alguna.
En la novela aparecen personajes como Enzo, un uruguayo que no se enfrenta a un destino distinto como músico; Capote, un escritor que está a la espera de una publicación eterna; y el protagonista; un peruano que tampoco se enfrenta a ese pasado y a una relación fallida…
Son personajes marcados por el propio título: han renunciado sin fatalismo ni premoniciones. Están en esa especie de calma chicha, en la que no sabes qué va a ocurrir. Es también el signo de los tiempos. Al menos en Europa, donde las cosas están más o menos hechas y donde luchar parece no ser la forma más adecuada para enfrentarte con tu futuro, sino esperar. Quería que estos personajes fueran así porque también me parece acorde con los “outsiders”. El propio viejo jubilado que aparece allí, también sin saber hacia dónde va. La idea era plantear que la gente vive a veces de esa forma y un terremoto puede cambiar las coordenadas de su vida.
La historia empieza con una mudanza: el protagonista recoge sus pasos y al final termina en un inventario de recuerdos…
Pero sobre todo es también una novela sobre la inmigración. La empecé a escribir hace diez años cuando el fenómeno de la inmigración no era ni por asomo lo que es ahora. Es sobre todo la extrañeza de alguien que ha soltado sus amarras en el Perú y llega a Tenerife, que es un sitio un poco de tránsito entre la España peninsular y Sudamérica. Un territorio al que muchos no saben cómo llegaron. En mi caso, yo iba a Barcelona. Mis amigos que me iban a recibir se mudaron a Tenerife y me dijeron vente aquí, te quedas unos meses y después te vas allá. Y me quedé once años. Eso es lo que tiene la isla: una relación muchísimo más intensa con Hispanoamérica. La novela termina cuando él se va de Tenerife, es una situación no solo de tránsito geográfico sino también vivencial.
¿El cuaderno de apuntes le permite tomar conciencia de eso?
Me resultaba muy difícil contar esto en primera persona. El diario te permite contarlo así, pero con este truco lo pones por escrito. A mí me dio mucha libertad para que hubiese pequeñas reflexiones y observaciones de la ciudad, de su propia vida. Pero es un retratista más que un retratado. Y me permitía establecer un pequeño hilo argumental: la irrupción de un nuevo amor de su vida y el fracaso mismo de este.
El protagonista está sumergido en un trabajo que no le depara nada, acorde con su estado de ánimo, junto a ludópatas.
Es un personaje que no sabe bien qué está buscando y nunca lo dice. Tuvo una pequeña veleidad como escritor pero nunca lo fue. Y él traslada y proyecta ese deseo de hacer algo en los otros. Esta novela ocurre en una época donde no hay correo electrónico ni teléfono móvil, ni nada. Eso cambia totalmente la sensación: está como aislado.
¿El golf ha servido como ejercicio de precisión y paciencia, sobre todo, en esta novela estructurada como un diario?
Absolutamente. Es curioso, porque en Tenerife tenía mis amigos con los que jugábamos al golf. Es un ejercicio de absoluta precisión. Hay fragmentos que son como historias cerradas, no pequeños cuentos. El golf te enseña mucho a hacer eso. Me ha servido para llevarlo a otras cosas.
Si Cortázar usa el boxeo para hablar de literatura, usted podría emplear el golf…
El golf te enseña mucha humildad. Hoy juegas como un campeón y mañana nada. En los talleres de literatura daba muchos ejemplos del golf. En una novela, uno tiene que ver el campo y no el hoyo, al igual que en el golf. Tienes que saber que el hoyo está tan lejos que no lo ves, por lo cual tienes que dirigirte hacia otro lado. Es una estrategia y la literatura también lo es. Ahora lo usaré porque he creado el Centro de Formación de Novelistas: estamos buscando escritores y les ofrecemos información y asesoría.
Una de las anotaciones empieza así: “Escribir en este cuadernito a veces me calma, me distrae de mí mismo, de esa apatía vital que me tiende celadas de vez en cuando y me aletarga. Otras veces sirve como calistenia, como ejercicio para saberme todavía en forma para el diálogo”. ¿Escribir es tomar conciencia de uno y de los demás…?
Es un acto de profunda reflexión pero tiene un añadido: cuando lo pones por escrito agregas precisión. La máxima de Michel Albalat: “Escribir con precisión ayuda a pensar con precisión”. Y el hecho de organizar la novela en forma de diario ayuda mucho a esa reflexión. Tuve muy en mente los cuadernos de Ribeyro. Es un lenguaje muy distinto al que uso en mis otras novelas. Las otras son aparatosamente técnicas y corales. Y aquí es importante la precisión y la idea de trabajar un lenguaje rico sin que sea abrumador. Una empresa que siempre está abocada al fracaso. A mí me ha servido mucho para explorar otras cosas. Para mí, la literatura siempre es renovación.
¿Volvió a releer en ese tiempo “Prosas apátridas”?
Lo estaba releyendo entre muchas otras cosas en ese entonces. Es un libro que desde que lo lees te impregna. Creo que eso quedó. Me parece que a muchos nos ocurre que Ribeyro, más que gustarnos, que nos gusta, nos toca algo muy emocional. Algo profundamente limeño, melancólico, observador, reflexivo. Esto me ha acompañado e impregnado gran parte de mi literatura.
En la novela, el único personaje que tiene una pulsación vital es Elena, la novia del uruguayo.
Es la que lo empuja al pianista. Más que amor, dice, es una militancia. Es la historia de la chica joven enamorada del creador que cree más en él que él mismo. Él es absolutamente técnico y sabe lo que hace pero le falta esa perseverancia para ponerla en marcha y triunfar y ella es la que lo empuja. Es lo importante de jugártela cuando tienes algo. Pero a veces ni siquiera eso basta. Porque pueden más sus ganas de triunfar que lo que hace por lograrlo. También eso es una cosa muy peligrosa. El entusiasmo desmedido te lleva a la inmovilidad. Está más preocupado soñando cómo será su futuro que haciéndolo.
Pero siempre salen a flote las ilusiones de nuevo, como le ocurre al peruano. ¿Tiene que haber siempre esa ilusión sentimental?
Sin eso, por lo menos él está absolutamente apagado. Ha terminado con una relación de la que habla muy poco. Él quiere mantenerse al margen de esa fibra sentimental, stendhaliana que él repele, que no se quiere meter, pero cae. Esa es la parte más difícil para escribir. Dentro de ese tono más bien flemático y desapegado con el que él observa el mundo, la ilusión del enamoramiento hace que se vuelva más cursi, porque el amor es cursi, de otra manera no es amor. Pero era necesario que no acabara bien, no por nihilismo, sino porque estaba en la temática de la propia novela.
Eso demuestra la fragilidad de los vínculos, de cómo se arman y se rompen de forma inmediata. Finalmente él, al despedirse, no sabe ni a quién escribirle porque es un inmigrante…
Esa fragilidad también está en mi novela “El año que rompí contigo”. En este caso también es una fragilidad de relación donde nunca somos conscientes que nuestra vida es patinar sobre una capa de hielo muy frágil, en la que vas feliz pero no sabes en qué momento te vas a caer. Lo cual te lleva a dos opciones: ser un pesimista, cosa que yo no soy; o a vivir con mucha intensidad las cosas porque es muy probable que desaparezcan o se pierdan. Es lo que en el fondo quería reflejar. En las “Prosas apátridas” de Ribeyro, él dice en algún momento algo así: “Durante mucho tiempo viví solo y terminé cediendo ante los sortilegios de la vida diaria: el amor, los hijos el matrimonio”. Es más o menos lo que le ocurre a él, pero no llega a concretarse.
¿Por qué decidió dejar Tenerife?
Lo dejé con mucha tristeza después de once años. Tenía mis amigos, jugaba al golf, estaba bastante bien. Pero ocurrió que publiqué mi primera novela, “Los años inútiles”. Mi agente Juan Cruz me dijo: Tienes que mudarte a Madrid. Y me costó mucho. Ahora soy jurado de un concurso que organiza el consulado peruano allá. Y he leído unas historias realmente desgarradoras de inmigrantes. Es muy duro. A mí me han recordado muchas cosas que viví. El abrumador peso de la soledad y la vulnerabilidad. El sentir que estas en un sitio donde todo te parece agresivo, un peligro, un dolor. Inmigrar es una vulnerabilidad. Creo que si la gente fuera consciente de lo que significa, lo pensaría dos veces antes de hacerlo.
PERFIL
NOMBRE Jorge Eduardo Benavides.
EDAD 45 años.
PROFESIÓN Escritor y profesor. Acaba de fundar el Centro de Formación de Novelistas (www.cfnovelistas.com).
PUBLICACIONES Las novelas “Los años inútiles” (2002), “El año que rompí contigo” (2003), y “Un millón de soles” (2007); y los cuentos “Cuentario y otros relatos” (1989) y “La noche de Morgana” (2005).