Por: Juan Paredes Castro
No hay un solo peruano con dos dedos de frente que no se haya preguntado en estos días qué diablos pasa en el país.
Si en otros tiempos el gobierno y los otros poderes apelaban al populismo del pan y circo para neutralizar el descontento social, ahora son el gobierno y los otros poderes los que de pronto tienden a distraerse debajo de la carpa. Y lo que es peor: se atreven a colgar del trapecio el mínimo sentido de futuro por el que apuestan los peruanos.
Hay una suerte de rudimentario malabarismo gubernamental, legislativo, judicial y opositor, en el que cada cual busca salvar el pellejo propio. Pareciera que más allá de esta especie de Tarumba de números y aplausos baratos no hubiera nada que salvar en nombre del país.
Mientras el gobierno cae en la contradicción de querer cumplir bien su mandato, cometiendo errores increíbles e imperdonables, la oposición, lejos de convertirse en una opción válida, desciende al cotidiano infierno suyo de pensar solo en las próximas elecciones.
En este trance, ¿quién queda a cargo de la reserva de gobernabilidad? ¿Quién asume la suerte de un sistema político del que todos se sienten ajenos y al que el señor Ollanta Humala quisiera reemplazar por otro que ni siquiera tiene dibujado en el papel?
Después de tantas décadas perdidas los peruanos tenemos derecho a saber, en cuatro datos bien puestos, qué nos espera mañana.
¿Nuestro crecimiento económico, apenas golpeado por la crisis financiera, sufrirá peores cosas a causa de nuestras indecisiones, del retroceso de las reglas de juego internas y de las señales de incertidumbre política y judicial?
No quiero enumerar los elementos circenses y de humor negro que han colgado últimamente el sentido de futuro del país en el peor de los trapecios. Todos los conocen de sobra.
Me bastaría con invocar al Gobierno, al Congreso, al Poder Judicial y a las fuerzas de oposición y de barricada a no jugar con la esperanza de los peruanos, que no vivimos de la veleidad de los políticos con cara de 2011, como tampoco necesitamos recetas bolivarianas ni bolivianas para cerrar los abismos sociales y culturales que desafían nuestra ineptitud política y gubernamental.
Alan García le prometió al país, llegado el 2011, un sitial nuevo y superior en América Latina. No es una meta para un llanero solitario, sino para quien debe comprometerse a concertar y consensuar fuerzas, no importa quienes quieran quedarse fuera o a la cola.
¿Qué nos espera a la vuelta de la esquina? ¿No es acaso un legítimo derecho a saber?