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RINCÓN DEL AUTOR

Terroristas y fundamentalistas

Por: Abelardo Sánchez León
Miércoles 15 de Julio del 2009

Los conflictos han añadido un nuevo nivel de confrontación. Se trata de las palabras, de los discursos, de la manera como se nombra a los personajes y a los acontecimientos. La palabra que más se utiliza actualmente es “terrorista”, un verdadero estigma para cualquier combatiente, porque incluso existen los “terroristas culturales”, aquellos que navegan por la Internet haciendo destrozos en son de broma. El “terrorista” ha reemplazado al romántico revolucionario, al rebelde (con o sin causa) y al guerrillero. La noción se ha ampliado tanto, que la derecha y la izquierda la utilizan para menguar el aura que acompaña la gesta: hay terrorismo de Estado, terrorismo económico, etc. El terrorista estuvo vinculado en la Rusia zarista a la figura del anarquista o el nihilista, pero ahora se utiliza “por quítame estas pajas”.

Existe otra palabra que crece como una bomba de amplio espectro: “fundamentalismo”, que sirve para designar ciertas posiciones religiosas, políticas o culturales consideradas extremas, que se sostienen en sus columnas básicas; es decir, en su esencia. El fundamentalismo no es propio de una sociedad o cultura; es parte de ciertos grupos que se afanan por hacer cumplir las reglas de su creencia de la manera más ortodoxa posible. En algunos casos, ciertas posiciones religiosas reflejan un parecido con algunas organizaciones políticas extremas, como fue el caso de Sendero Luminoso en nuestro país, que prefería la formación de “cuadros” antes de ampliar su doctrina entre la gente, la masa, la grey, si se quiere. Habría, entonces, un fundamentalismo islámico y cristiano. Posiciones que refuerzan la regla y son menos condescendientes con el comportamiento cotidiano más laxo de los fieles.

Las posiciones fundamentalistas llevan al fanatismo, a la ceguera de la mente y reducen la mira y el horizonte. Resulta curioso que en una época mestiza, de grandes olas migratorias, de enormes puntos de encuentro cultural, renazca el fundamentalismo como un rasgo de la intolerancia, que busca cumplir con las reglas y las ordenanzas sin hacer concesiones, pues teme que de no actuar rígidamente desaparecerían en la neblina de lo difuso.

Los conflictos necesitan de los medios para consolidar el nivel del discurso. Esto no es novedad, pues siempre hubo propaganda. La novedad radica en que los contrincantes políticos o religiosos utilizan las palabras “terrorista” o “fundamentalista” para agredirse y deslegitimar al otro, vaciándolas así de contenido.