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TESTIMONIOS DE DOS ALEMANAS Y DOS PERUANOS QUE VIVIERON LA HISTORIA

Testigos decisivos del quiebre

Karin Erlenbach ayudaba a sus hermanos del este a cruzar el muro en secreto hasta que fue apresada. Grit Nindel nació en la RDA y participó de la sublevación pacífica de Leipzig. Daniel Gutiérrez y Yazmín López vivieron la reunificación

Por: Miguel Ángel Cárdenas Periodista

Había que hacer algo, aunque costara la cárcel…
Cuando la policía comunista detuvo en Berlín Oriental a Karin Erlenbach, a ella no la allanó el miedo. Miedo era una calcomanía infantil en el subconsciente de una mujer que nació en la Alemania de 1940: “Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial en el 45, recuerdo lo feo que fueron los primeros fuegos artificiales, porque me recordaban las luces que lanzaba antes la aviación militar para ver los objetivos que luego bombardearían; pero lo superé y tuve una niñez feliz”.

Feliz fue también Karin estudiando Historia en la ciudad de Kiel, al norte de Hamburgo, una zona que al principio estuvo bajo dominio británico: “Pero en agosto de 1961 viajé a Berlín Occidental y vi cuando se empezó a construir el muro”.

Muro que se convertiría para ella en un ataque inmóvil, en la simbólica estatua de un bombardeo: “Escogieron una fecha de sábado a domingo, cuando la mayoría de la gente estaba en sus casas. Yo vi cómo cada 4 metros había un soldado que no dejaba pasar a nadie. Antes existía la frontera pero no era tan real, había miles de estudiantes que vivían en Berlín Oriental y estudiaban en la universidad en la parte occidental o trabajaban así. Pero a partir del 13 de agosto los de la República Democrática Alemana (RDA) ya no pudieron viajar más a la República Federal Alemana (RFA), ni trabajar ni estudiar; pero nosotros, los de la RFA, sí podíamos viajar allí. ¡Era injusto!”. Injusto y dramático y desesperante, porque se rompían los últimos lazos: incluso hasta 1960, Alemania tenía un solo equipo en las olimpiadas y como no se podían tocar dos himnos, se escogía la “Novena sinfonía” de Beethoven, que paradójicamente era un símbolo de libertad.

Libertad que Karin anhelaba cuando fue una de las primeras en pasar por el hoy turístico Check Point Charlie y notó que a una distancia de 30 metros se medían los tanques de la URSS y de EE.UU.; “...por lo que a los 21 años decidí sacar a la gente que necesitaba terminar sus estudios, reunirse con la familia de la que la habían separado”.

Separado de su madre y su hermano se halló un joven a quien condenaban a odiar a los del oeste, pero Karin Erlenbach y sus amigos tuvieron una idea: “Al inicio todo no era tan organizado en la RDA. Si venías del occidente y en la mañana, en el control fronterizo, decías: “Hoy en la noche quiero ir al teatro de Brecht” y mostrabas tu entrada, podías quedarte con tu pase todo el día en oriente. A este chico le buscamos otro de su misma edad en la RFA y le cambiamos su foto para hacer un pasaporte falso. Le compré un ticket de teatro y nos encontramos en un parque fingiendo ser enamorados. Le di un ticket también del metro de Fráncfort para que tenga algo casual del oeste cuando lo revisaran. Esto fue el 15 de agosto, días después de la prohibición con el muro. ¡Y pasó!”. Pasó, venció y lo repitió: Karin se dedicó a burlar la vigilancia y a cruzar gente por un año y medio, “combinándolo con un real interés cultural por los teatros, los museos del este”, hasta que se fue implementando la política de espionaje vecinal, típica de dictaduras comunistas, y la pusieron en una lista

RESISTENCIA CON IDEALES
Lista para hacer pasar a otra persona la capturaron en el paso fronterizo: Erlenbach estuvo medio año detenida mientras la investigaban hasta que la condenaron a ocho años de prisión.

“Prisión nacional” era también lo que vivían sus hermanos del este y por esto, no se permitió el miedo: “Felizmente un año y medio después la RFA hizo negociaciones y sacó presos políticos intercambiándolos por dinero y alimentos Aprendí mucho, antes nuestro día nacional no era una fiesta sino el recuerdo a la rebelión de 1953 en la RDA, el 17 de junio, donde hacíamos discursos por los pobres allí y contra la división de Alemania. Por esto, pese al peligro, era parte de mi motivación hacer y no hablar, no me arrepiento de lo que he hecho”.

Hecho y deshecho: ella volvió a la universidad para estudiar Ciencias Políticas mientras se enteraba de cómo había degenerado todo: de la gente que quería escapar por aire, tierra y hasta por túneles del muro y era asesinada sin compasión.

Compasión con pasión es el sello del alma de Karin que la acompañó cuando en 1980 llegó al Perú, donde hoy es profesora de alemán en el Instituto Goethe: “Luego regresé a Alemania en 1989 y vi cómo los alemanes de la RDA tomaban las embajadas en Praga y Hungría, que habían abierto su frontera con Austria, por donde podrían pasar a la RFA. Y el movimiento de Leipzig y teníamos miedo de que llegaran los tanques soviéticos como en 1953 en Berlín o en 1956 en Budapest. Pero felizmente no se dio un baño de sangre”.

Sangre, su llamado, fue el que sintió cuando —ya caído el muro— paseaba por las calles del Berlín Oriental, y las calles parecían estar más cercanas unas de otras por la ausencia de controles y cambiaban sus nombres marxistas por otros. Los otros…

¿Cómo ser una artista en una dictadura comunista y rebelarse sin violencia?
Sin las miles de personas que se movilizaron en Leipzig no hubiera caído el Muro de Berlín. Grit Nindel siempre compraba flores cada 25 de setiembre —la fecha en que se inició en la sublevación pacífica de 1989, dentro de la RDA—. Y, pese a su ateísmo heredado de su formación en el este, las llevaba a la iglesia de Leipzig, donde comenzó todo Aún hoy la mujer que nació en 1965 en pleno régimen comunista compra flores en esa fecha en el Perú, adonde llegó hace siete años para enseñar Arte en el colegio Alexander von Humboldt.

¿Cómo era la vida cotidiana en una dictadura del proletariado en el bloque del este? Grit rememora su pequeño pueblo de 2 mil personas, cerca de la frontera con Checoslovaquia: “Crecí en una casa donde te decían: “Escuchas, pero no dices nada”, por temor a los espías de la Stasi, la policía secreta. Mi padre era médico y mi madre encargada del teatro y el Estado organizaba tu vida con cursos extracurriculares de formación socialista”.

¿Cómo evadir el lavado mental siendo un espíritu libre? Nindel recuerda a una amiga que no podía estudiar lo que quería porque su padre era un pastor metodista y en la RDA el Estado presionaba por el ateísmo militante. “Me mudé a Leipzig [la segunda mayor ciudad de la otrora RDA] a los 18 años para estudiar Literatura y Arte. En los años 80 se abrió un poco la situación con los artistas y conocí a profesores muy abiertos, los de idioma francés e inglés, pero el de ruso solo admitía traducciones de cómo eran los trabajadores en la URSS. Los que salían bien en los cursos de materialismo dialéctico recibían becas. No fue mi caso”.

¿Cómo sobrevivir a las condiciones económicas paupérrimas? ¿Cómo se comía? Grit recibía naranjas y plátanos solo por Navidad, aunque muchas veces hacían pasar zanahorias por naranjas. “No nos moríamos de hambre. Pero en el mercado solo había papas, manzanas, col, pan, no alimentos de buen nivel. Tenías tu jardín pequeño. Nuestro cacao solo tenía grasa y color. Yo tenía tíos en el oeste que mandaban paquetes con frutas, pero los policías los dejaba en el frío por tres semanas o los picaban con sus rifles”.

¿Cómo se vestía? “La ropa era tan fea, gris, antigua, felizmente nos mandaban cosas usadas del oeste, que para nosotros eran un tesoro. Y esto se convirtió en una marca de división. Los que no tenían mejor ropa eran quienes estaban con el sistema, los que espiaban, los enemigos”.

AL GRITO DE “GOBI”
¿Cómo se podían rebelar los oprimidos y empobrecidos frente a la represión? a en junio de 1989 las autoridades prohibieron un festival de música independiente y, pese a esto, asistieron decenas de jóvenes, que terminaron con las cabezas rotas perseguidos por la policía, pero fueron valientes.

¿Cómo se expandió esa valentía? La iglesia de San Nicolás a las 5 de la tarde se convirtió en el faro y el foro de los que exigían mayor libertad tras la misa del pastor protestante Christian Führer.

Grit Nindel revive la historia callejera de sus 23 años: “Era un lunes 25 de setiembre y escuché que mucha gente se reunía ahí, en estos días. Llegué a las 5 de la tarde y estaba llena. Y afuera escuché a la gente: “Necesitamos un cambio, esto no puede continuar”. Era tan emocionante y cantamos juntos “La Internacional” socialista, dándole otro sentido. Y nos rodeó la policía, todos teníamos miedo, éramos cientos y nos cogimos del brazo con los del costado, había estudiantes, profesionales, amas de casa. Teníamos adelante a los pobres jóvenes que hacían el servicio militar, luego la policía y atrás milicias armadas por las empresas estatales “para defender a la patria”. Mientras la Stasi quería infiltrarnos para generar violencia. Caminamos mientras los policías hacían sonar sus escudos y comenzó la represión. Yo he corrido y no me alcanzaron, me metí en un club y me encerré una hora y media en el baño. Luego les comenté lo que había sucedido a mis amigos y todos querían ir a la iglesia.

¿Cómo se consolidó la valentía? “La siguiente vez, el 2 de octubre, había mucha más gente, tanto que el 7 en que se celebraba el 40 aniversario de Alemania Oriental, la Stasi paralizó toda la ciudad. Pero vino el 9 de octubre y miles salimos a las calles. Y vino la policía con tanques… yo estaba preparada para que disparen, por megáfono pedíamos que no hubiera confrontación armada, que éramos pacíficos… Yo pensé que iban a matarnos, pero fue sorprendente: no pudieron, éramos demasiados”. Los habían derrotado en las calles, las protestas continuaron y el grito de “Gorbi” (libertad) fue uno de los factores que desencadenaron un mes después el desplome del muro

¿Cómo fue sentir que se acariciaba un sueño de libertad que, pese a todo, fue tan inusitado, tan abrupto? El encuentro de las dos Alemanias fue un choque de sentidos: Grit vivió una experiencia metafórica: “Viajé a Berlín en diciembre, tomé el subterráneo que reabrieron con la reunificación y subí de pronto a un almacén gigante. Y entré sin querer en la sección de perfumería. Y me sentí morir, nunca en mi vida había tenido tantos olores y visto tal cantidad de cosas. Y escapé desesperada, no pude soportarlo. Salí y todos los edificios estaban pintados con colores, corrí a Berlín Oriental sin mirar más, porque era tan fuerte la contaminación óptica y acústica. Y me fui a confortarme con lo gris y sin valor. ¡Pero después me acostumbré!”. ¿Cómo no acostumbrarse tanto a ser libre en medio nuevas y poderosas contradicciones?

No fue fácil…
La doctora en filosofía peruana Yazmín López llegó a Alemania en marzo de 1990, siete meses antes de la oficial reunificación alemana. Y conoció los contrastes entre dos sistemas opuestos que se reunían raudamente. Ella alquiló una casa en Berlín Oriental mientras trabajaba en la biblioteca de Berlín Occidental; es decir, cruzaba una barrera de contrasentidos todos los días.

No fueron con calma… Yazmín también picó su pedacito de muro, cuando todo era una fiebre alegre. “Jamás me voy a olvidar cuando sacaron el trozo del muro detrás del Reichstag, que todavía no era el Parlamento, sino el museo de los horrores nazis en la RDA. Ahí estuvo el búnker de Hitler. Quedaba en un espacio vacío, de la muerte, cerca de la puerta de Branderburgo, donde a quien pasaba le disparaban… Luego, mis viajes fueron en el tiempo en el este, en el este podías ver edificios iguales a como quedaron tras la Segunda Guerra Mundial”.

UN PROCESO COMPLICADO
No hubo rechazo al comienzo “Los colores eran opacos, tristes en oriente, ellos solo tenían cuatro tipos de quesos mientras en la otra parte había 50. Se fascinaron con los chocolates. Fui testigo de cómo la familia donde me alojé viajó a Bremen y regresó como si hubieran visto el paraíso. Eran felices porque podían viajar… Cuando viajé con mi ex marido vi ciudades como Potsdam y Dresden con relaciones de comunidad más afectivas y espontáneas, que iban a perder”.

No fue tan alegre después “Pero el proceso fue doloroso porque se sentían vencidos: había dos marcos [monedas] y prevaleció el occidental, se adoptó su himno también. Incluso en las universidades los doctorados del oriente no fueron válidos. De otro lado, hubo personas orientales con más fuerza que entraron como una arrolladora al oeste y les quitaron puestos de trabajo a los otros. Hubo fricciones, nació la diferencia hasta en la moda entre “osis” y “vesis”: este y oeste”.

No fue tan triste para algunos “La mayoría sufrió desempleo y hasta hoy, la desigualdad. Pero por ejemplo, mi ex marido tenía un primo de Berlín Oriental a quien le mandaba café antes de que caiga el muro, que en oriente era una cebada horrible. Ellos se encontraron durante la caída del muro y pasaron la noche festejando juntos. Luego el Gobierno de Helmut Kohl [en campaña electoral] les dio a los orientales un “dinero de bienvenida”. En el este no se gastaba mucho dinero antes, no había en qué, pues. Por eso, hubo gente que había ahorrado mucho dinero y cuando se dio la conversión de monedas de pronto tenían mucha plata. El primo se compró una casa en España y un auto último modelo, mientras mi ex esposo manejaba su Volkswagen antiguo”.

No fue tan difícil tampoco…

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