PUNTO DE VISTA
Por: Maki Miró Quesada
Años atrás Damian Hirst portaestandarte del movimiento YBA (Young British Artists) el grupo de jóvenes artistas británicos que puso a la “Cool Britannia” de Tony Blair en el mapa agarró un tiburón, uno de los animales más temidos en el mundo, lo metió en formol, una de las substancias más tóxicas que hay, y lo exhibió dentro de un tanque como la mayor expresión de arte nunca vista.
Ahora bien, tiburones más, tiburones menos, cada uno es libre de expresarse como le parezca y ningún egresado de Bellas Artes debe ser la excepción. Lo notable de Mister Hirst fue que vendió el dichoso escualo muerto en US$40 millones a un gran coleccionista que inflado como un pavo lo colocó en el centro de su salón para admiración de amigos y visitantes que se morían de envidia y querían tener todos lo mismo.
Animado por la codicia y la necedad humana Hirst, cuya fortuna se calcula en US$1.300 millones, siguió sacando a la luz obras de arte cada vez más ridículas —viene a la memoria una cabeza de oveja presentada dentro del mismo contexto y una calavera repujada con piedras preciosas— y llenándose los bolsillos de un dinero que parecía inagotable.
Coincidiendo por esa época Wall Street empezó a hacer lo que mismo que Hirst. Los bancos excitados con tanta plata suelta emitieron unos papeles apalancados hasta 40 veces del valor real del instrumento —un producto tan riesgoso para los inversionistas como son los tiburones para los bañistas—, consiguieron calificaciones AAA y confiados en la inalteración del incorruptible-formol-del-crecimiento-sin-final-a-la-vista los pusieron a la vista para excitar la codicia humana y se los vendieron a sus crédulos clientes felices de participar en la bonanza. Con el paso del tiempo lo que tenía que pasar pasó. El tiburón se comenzó a pudrir y los papeles apalancados también y de los dos no se sabe cual huele peor. La crisis también le pegó al mundo del arte. Justo antes del desplome del 15 de setiembre, Hirst organizó una venta en Sotheby’s. Se estimaba que sacaría US$113 millones pero el total fue más de US$200 millones. Aplauso general. Menos de seis meses más tarde una cantidad importante de las obras no han sido recogidas y los presuntos dueños se niegan a pagarlas. Los papeles apalancados tampoco nadie los quiere, ni los propios bancos que ahora arrastran los pies para indemnizar a sus clientes.
El portavoz de Hirst dijo: “Mr. Hirst siempre supo que el tiburón no iba a durar”. Es muy probable que los bancos también supieran lo mismo, pero por lo menos Hirst ha dicho que va a poner un tiburón nuevo en el tanque.