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CRÍTICA DE CINE

"Up, una aventura de altura"

Por: Ricardo Bedoya

No hay duda de que los mejores filmes de animación del Hollywood actual son los producidos por Pixar. De “Toy Story” a “Wall-E”, pasando por “Los increíbles”, “Cars” y “Ratatouille”, esa compañía ha diseñado ambientes y personajes virtuales en 3D que apuntan a una audiencia que, sin ser infantil, está dispuesta a dejarse arrastrar por la seducción de una formidable juguetería.

“Up, una aventura de altura” es la película más reciente de Pixar y, sin ser mejor que las anteriores, resulta atractiva, disfrutable y hasta emocionante. Sobre todo al inicio. El arranque de “Up”, con las escenas que evocan la niñez, el crecimiento y la madurez del señor Carl Fredericksen, tiene una extraordinaria precisión narrativa, capacidad de condensación y poder evocativo. El niño que mira embelesado las travesías de Charles Muntz, viajero de afanes coloniales y ambición desmedida, mezcla de Charles Lindbergh y el Bruce Cabot de “King Kong”, encuentra a Ellie, una niña de pelos alborotados que parece prima hermana de Huckleberry Finn; ambos deciden pasar toda la vida juntos. Vida apacible de pareja, sustentada en una renuncia: nunca conocerán la Catarata del Paraíso, lugar mítico de una Sudamérica imaginada en alguna película de exploradores del Hollywood aventurero de los años 30. Son “escenas de una vida conyugal” resumida en pocos minutos: perfecto ejercicio de síntesis temporal; el arte de la elipsis en su mejor forma. La primera parte de “Up” multiplica las alusiones al relato de aventuras de todas las épocas. Del pequeño mundo de Fredericksen, recreado con el gusto del detalle por los ritos de la vida comunal propios de ese género tradicional llamado “Americana”, la película salta a escenarios sacados de “El mundo perdido” o, tal vez, de “La isla del Doctor Moreau”. En el trayecto vemos al anciano cuadriculado que —según el director Pete Docter (realizador junto con Bob Peterson)— fue diseñado a partir de los trazos físicos de los actores Walter Matthau, Spencer Tracy y James Whitmore, viajar “en globos”, con la casa a cuestas, como si fuera un Buster Keaton reencarnado. Y lo hace en compañía de un chico explorador. “Up” es la aventura aérea de dos personajes geométricos: el viejo cuadrado y el niño circular.

“Up” empieza como un filme de actualidades de hace setenta años; sigue como melodrama familiar; se prolonga con escenas de puro burlesco; retoma la tradición del anime viajero, aéreo y poético del japonés Hayao Miyasaki y su “Laputa, el castillo en el cielo” o “El castillo ambulante” —influencia reconocida por Docter y el productor John Lasseter—; evoca las maniobras de navegación de tantos filmes sobre travesías aéreas, marinas y submarinas, desde “5 semanas en globo” hasta “Veinte mil leguas de viaje submarino”, en los originales de Verne y sus relecturas fílmicas por Irwin Allen y Richard Fleischer; cumple con la tradición de la casa Disney en los pasajes de Kevin, el ave devoradora de chocolates, la más débil de la película; homenajea al Chaplin de “La quimera del oro” con su cabaña equilibrándose sobre el abismo, para ambientar su último acto en el reino perdido en la selva de Charles Muntz. Vengativo y alucinado explorador, Muntz es el villano movido por el rencor de haber sido héroe y luego réprobo. Luce como un Errol Flynn descompuesto o un Indiana Jones de amargada vejez, pero actúa con la insana obstinación del conde Zaroff, protagonista de “The Most Dangerous Game”, de Ernest B. Schoedsack.

Es el segmento oscuro de la historia, en el que se apagan los tonos brillantes y los colores vivos de la cinta para dar paso a la confrontación de unos ancianos que bien podrían proponer al Clint Eastwood de “Gran Torino” alguna riesgosa aventura final.

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