Agréganos: Facebook | Twitter | Página de Inicio
04 de febrero del 2012 | 21 °C
Las cometas vuelan desde la época de la antigua China. Pero los tiempos han cambiado y en la actualidad han dejado de ser las engreídas de los peruanos que antes las adoraban. He aquí el rescate de un juego al aire libre
Por: Carlos Batalla
Se le dice ‘cometa’ en el Perú, pero también en Colombia y Ecuador; ‘papagayo’ en Venezuela, ‘barrilete’ en Argentina, en Chile ‘volantín’ y en México y el Caribe ‘papalote’. Hecha de bambú en un inicio, luego se usó la sacuara, una caña liviana que abundaba en las riberas del río Rímac. Esta, junto con papel lustre, pabilo, pegamento y retazos de tela, completaba la maravilla voladora.
La temporada comenzaba justamente cuando los escolares tenían el descanso de medio año, entre fines de julio y comienzos de agosto –cuando el viento se hacía más intenso y el tiempo libre más comprensivo– y se prolongaba hasta setiembre. Entonces reinaban en el cielo el avión, el barril, la estrella o el velero volador.
Cómo olvidar a Kilowatito, aquel personaje eléctrico que ya a fines de los años sesenta advertía en los diarios alejarse de los postes cuando se maniobraban los “juguetes voladores”, pues podían atascarse en los alambres. Por eso, luego de la temporada, era todo un espectáculo ver las cometas vencidas y enredadas en los cables de luz.
BRAVAS COMETAS
En los barrios populares las competencias eran épicas. Desde parques o azoteas los niños y adolescentes avivaban sus artefactos de papel y sacuara con notable pericia. En esas luchas, al atardecer, las cometas más temidas eran las que mostraban las puntas de los lados afiladas. Giraban violentamente y ‘en picada’ desgarraban el papel de la contrincante. Las contiendas podían durar breves minutos o hasta una hora, según la habilidad de los ‘cometeros’.
En los años noventa, la costumbre de competir disminuyó notablemente; y con la aparición de Internet y los juegos electrónicos, las cometas ya no surcan los cielos ni aterrizan agotadas como lo hacían antes. Ahora no se fabrican en casa, las venden en el parque Reducto, en los alrededores del hipódromo de Monterrico o pasando el puente Armendáriz. La mayoría está hecha de plástico.
Sin embargo, lo que no cambiará será la fidelidad de las cometas, porque ellas son la extensión de nuestro propio cuerpo, que busca con afán el imposible sueño de volar.