01 de agosto del 2014 15 °C

La alpaca "Pisco" agita la marea de la polémica

Mientras la alpaca “Pisco” surfea, defensores de los animales emplean las redes sociales para acusar a su entrenador de abusivo y figuretti. Domingo Pianezzi recibe las críticas, pero señala que seguirá entrenando al camélido

EMPAPADA COMO UNA BOLA DE WAYPE, la alpaca mira al poniente desde el centro de su tabla hawaiana. Ahí está: más jorobada que erguida, avanzando lentamente sobre las aguas grises de San Bartolo. Tiene el cuello estático, como almidonado, pero no sabemos si es por miedo o por concentración. Sabemos, sí, que se llama Pisco , que tiene un año, que vive y mora en Pachacámac, y que desde hace una semana —cuando irrumpió públicamente en los dominios del surfing local— se ha convertido en una efímera celebridad televisiva.

Fue Domingo Pianezzi —ex campeón nacional de remo de 44 años y tablista profesional con academia propia— quien la ayudó, primero a vencer sus temores genéticos y después a pararse sobre ese tiburón disecado que es la tabla. Domingo invirtió dos meses en enseñarle a Pisco a nadar como si fuera un niño. “Yo vi un video en el que aparecía una llama que saltaba desde una isla de totora y que, junto con sus dos crías, nadaba en el agua helada”, recuerda Domingo, quien antes ya hizo surfear a un gato, un perro, un loro y hasta a un hámster.

Le comento a Domingo que en el Facebook y en el Twitter hay mucha gente indignada que lo acusa de maltratar a los animales a cambio de figuración. El representante de un movimiento proteccionista, por ejemplo, lo critica duramente por poner en riesgo la salud de la alpaca, al sacarla de su hábitat natural y someterla al contacto del agua salada.

Domingo subraya su preocupación porque Pisco nade, pero sin hundirse, sin mojarse las orejas, la nariz ni la boca. “A Pisco le pongo tapones en los oídos y en el lomo le amarro un flotador que aguanta hasta setenta kilos. Luego la seco, la enjuago con agua dulce, espero que se seque y la vuelvo a cepillar”.

De puro curioso, le pregunto qué necesidad tiene de trepar a una alpaca a su tabla. A santo de qué lo hace. “Es un reto personal, me gusta entrenar a animales”, contesta Domingo. Luego me cuenta que en el 2002 —cuando viajó a Australia para participar en un torneo junto con su ya fallecido perro Kalani — se quedó embobado con la cantidad de animales que surfeaban. “Vi a un mono, un koala, un canguro, un lechón. Eso me animó”.

Según él, en esas actividades la policía ecológica siempre hace acto de presencia para cuidar que no haya maltrato, pero nunca interrumpe los torneos”.

Sin embargo, para Tatiana Quevedo, jefa de la División de Zoología del Parque de las Leyendas, esta práctica es indiscutiblemente cruel y hay que erradicarla. “Exponer a un animal a hacer algo que no tiene ninguna utilidad para él es totalmente innecesario. Que se haga en otros países no lo justifica”, opina.

Ella sostiene, además, que —a diferencia de los mamíferos marinos, que tienen una capa extra de grasa— los camélidos carecen de esta protección, por lo que se lesiona directamente su pelaje.

La historia muestra que la relación de los camélidos con la costa no es extraña.

“Al sur, en la Patagonia argentina, aún puedes ver guanacos en la playa. La acción del hombre ha interrumpido su ruta natural de las punas a la costa. Se sabe que en excavaciones realizadas en Ancón han encontrado restos de camélidos, y en algunos valles de Ilo y de la costa norte hubo una extensa ganadería. Humboldt y Darwin refieren la facilidad con que nadan los guanacos. Ahora, que a los animales los obliguen a correr tabla es otro cuento”, apunta Martha Meier, periodista especializada en temas ambientales.

Con todos estos puntos de vista contrastados y expuestos, volvamos a la escena original. Ahí está Pisco, mansa y confundida, temerosa o impávida, y ajena, recontra ajena a este fuego cruzado que sus maniobras acuáticas desencadenan.

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