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CRÓNICA: La lenta y talentosa vida en Canevaro

Recuerdos que invitan a la lágrima no son lo único que se respira en el albergue del Rímac. El arte aparece, de pronto, en los pasillos como atenuante de la soledad

CRÓNICA: La lenta y talentosa vida en Canevaro

Video: Luis Silva / Edición: elcomercio.pe.

LUIS SILVA NOLE

Entrar en Canevaro es como aventurarse a una dimensión desconocida, en la que el tiempo se detiene adrede, en un alargue de existencia que se esfuerza tercamente por ser infinito. La vida dentro transcurre aletargada, como si un paso durara un año, un quejido fuera interminable y una nostálgica sonrisa, imperecedera.

Pero la tiranía del silencio melancólico, que se apodera la mayor parte del día de casi todas las 361 personas adultas mayores que ahí viven, se rompe súbitamente, y de vez en cuando, al lado de los jardines, en los pasillos de los pabellones, en las bancas de las callejuelas, con la espontaneidad que dan los años y la naturalidad de haber dejado atrás épocas de rubores y recatos.

Rosa Reyes Rosales tiene 89 años y es soltera. Nunca tuvo hijos. Coqueta y zalamera, dice que es la chica de las tres erres, que así la llaman de cariño. Sentada en una banca, cerca de las oficinas administrativas, saca lustre a su fama de cantora dentro del albergue y se lanza sin freno a encarnar “Limeña”, de Chabuca Granda.

Cuando llega a “Boquita de caramelo / cutis de seda / magnolia que se ha escapado de la alameda”, se para y con pasitos rápidos acompaña su canto con el baile de un vals acelerado, emparejada con un imaginario galán.

La chica de las tres erres canta lindo. Su voz tiene la finura de un delgado hilo de plata que, en determinados ángulos, brilla con luz propia. Se acerca a la que la finada Jesús Vásquez dejó grabada en tantos vinilos.

“Estoy acá desde que este centro se inauguró. Estoy feliz y contenta. Todo me dan. Yo siempre digo que no me pregunten por mi niñez y mi juventud, que fueron tristes. Pregúntenme por mi vejez, en la que sí soy feliz. Aquí en Canevaro he aprendido a reír, cantar, jugar y pelear. Aunque no peleo mucho, no se la vayan a creer”, refiere Rosa, siempre con su cartera negra colgada en el hombro izquierdo, como si estuviera de ‘shopping’.

El Centro de Atención Residencial Geronto-Geriátrico Ignacia Rodulfo Vda. de Canevaro, conocido universalmente solo como Canevaro, cumplirá en agosto próximo 30 años cobijando a personas adultas mayores de 65 a más años que son indigentes, abandonadas o que no tienen familia. Llegan de diversos modos. En algunos casos las manda el Estado a través de ministerios, comisarías y juzgados. En otros, las parroquias piden el asilo. Pero muchas veces son las mismas personas de la tercera edad las que tocan la puerta de la Sociedad de Beneficencia de Lima Metropolitana, entidad del concejo capitalino encargada de la administración del conocido albergue.

Así llegó María Florinda Lazo, de 67 años, quien apenas escucha música, la que sea, empieza a menear las caderas, esté donde esté. Y si no hay música, no se hace problema. Igual baila y contagia alegría.

Si Rosa tiene su galán imaginario, María escucha el retumbar frenético de un cajón de música negra invisible y, para la cámara, se entrega de lleno al festejo. Brazos que se extienden y se contraen con fuerza y ritmo. Piernas que cambian de dirección formando zetas sobre el pasaje que separa al pabellón uno del salón de eventos. Rostro que dibuja una sonrisa interrumpida solo por la falta de un par de dientes.

Su presentación es majestuosa, inolvidable. Una versátil y entusiasta Valentina de Oro de la tercera edad, oculta entre los muros del tradicional albergue del Rímac, ni más ni menos.

“Yo bailo de todo”, afirma luego de su presentación, que surgió de repente, en medio del camino, para robar cámara. Pero su sonrisa se apaga apenas se le pregunta por su familia. De golpe, las lágrimas irrumpen e inundan sus ojos.

“Le pedí a la directora que me ayudara. Tuve que salir de mi casa porque el papá de mi hija no quería que me bañara, que me vistiera bien. Era triste. Yo misma hice los trámites, y entré. A veces –dice María– viene a verme mi hija, que está enferma. He criado a siete sobrinos, que son militares y no saben que estoy acá. Vine por ocho días y ya llevo siete meses”.

EL POETA Y LA POLÍGLOTA
A mitad de camino entre la cocina y el local de medicina geriátrica aparece Teófilo Antonio Murillo Pérez, de 84 años. Bien elegante, aunque con el terno veteado por el tiempo, erupciona de galantería ante una joven dama de la beneficencia. Declama un poema del cubano José Ángel Buesa. “Te digo adiós para toda la vida / aunque toda la vida siga pensando en ti”, remata, y encanta. Y ni qué decir de la voz de barítono que regala inmediatamente después, con la sorpresa con la que un mago saca al conejo de su sombrero.

Pero más allá de la nostalgia y los chispazos de talento, la vida en Canevaro también está marcada por la escasez de recursos. “Nos regimos bajo los lineamientos que da el Gobierno, pero no recibimos ni un sol del Estado. Nuestros pocos recursos vienen de lo que la beneficencia recauda del alquiler de sus inmuebles. Pero no alcanza. La vejez es muy triste y larga, y más acá. Necesitamos donaciones. De todo: pañales, medicinas, trusas, alimentos, cemento, ollas. Todo lo que necesita una casa y un hospital”.

Elena Figueroa Jara, directora del albergue, clama aquello justo antes de que Isabel Wiese, de 71 años y una más de las 272 personas solteras albergadas, la interrumpa con un saludo cariñoso frente al pabellón 10. Ella habla francés, inglés y portugués a la perfección, y su interpretación de “La Vie en Rose” en un exquisito francés y caminando en zigzag, como pisando delicadamente algodones, es subyugante.

MÁS DE CANEVARO
UNA VIDA DE EXPERIENCIAS
Con 112 años, Micaela Corbacho Oviedo es la persona albergada de mayor edad. Votó en elecciones hasta hace dos años.

HISTORIA
El albergue está en el Jr. Madera 399, Rímac. En 1925 Ignacia Rodulfo viuda de Canevaro donó el terreno, en el que el 27 de agosto de 1982 se inauguró el hogar.

PRESUPUESTO
El centro reúne a 189 varones y 172 mujeres. En cada persona se gastan S/.1.200 mensuales. La beneficencia da al Canevaro S/.240 mil al mes. Otros gastos se cubren con donaciones y pensiones completas o parciales de los albergados que, según un análisis social, no cuentan con apoyo económico del Estado. Para donaciones, llamar al 427-3707.

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