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Cuento de 600 palabras: estos son los mejores de esta semana

El Dominical busca promover la creación literaria entre nuestros lectores con la publicación de cuentos inéditos. Aquí algunos de los seleccionados

Cuento de 600 palabras: estos son los mejores de esta semana

Desde el 14 de abril, el suplemento “El Dominical”, en su afán de promover la creación literaria, publica un cuento corto de autoría de nuestros lectores aficionados o dedicados a la escritura.

Para participar los cuentos, cuya narración deberá tener 600 palabras (número exacto), deberán ser enviados a nuestra redacción (Jr. Miró Quesada 300, Lima 1 o al correo electrónico: mmeier@comercio.com.pe), adjuntando nombre y número de DNI del autor.

Esta semana estos fueron los dos mejores. Puedes leer todos la selección de todos los cuentos aquí.

FIDEÍTO
De Franco Benavides Vega

Frente al único espejo de su casa, roto y antiguo, Jacinto se acicala. Usa el mismo peine viejo que todas las mañanas contribuye a darle a su rostro el aspecto que necesita para poder trabajar. Con un poco de agua y jabón se atreve a eliminar la pereza de una fría mañana en Lima y con sus dedos decora su piel. Con pintura blanca cubre la totalidad de su cara y una luminosa esfera roja, como cereza de torta, culmina su transformación. Como todas las mañanas se convierte en Fideíto para desafiar a un público siempre distinto.

Renato lleva puesto un elegante terno de una de las mejores marcas del medio. Frente al amplio espejo de su sala que refleja el movimiento del agua en su piscina, se acomoda la corbata. Lleva unos gemelos dorados que ajusta con un estilo peculiar y culmina abrochando su fino reloj de pulsera. Mira la hora. Se despide de su esposa, quien desde el fondo de un pasadizo le corresponde y aprovecha en recordarle que debe comprar los pasajes para las próximas vacaciones familiares. Él no responde y se va presuroso.

Jacinto corre la cortina de un ambiente de su humilde casa, se acerca a una tarima que sirve de cama y despierta a su hijo. Ya es hora, campeón –le dice. Es un niño de doce años que de inmediato se despierta. Lo carga y con esmerado cuidado lo sienta en una silla de ruedas. Lo lleva al baño y sobre sus piernas deja un balde con agua para que se lave la cara, le da un beso en la frente y se despide. En una pequeña mesa hay una tacita con anís recién servido y la mitad de un pan. Ya está en el baño, se está lavando, te lo dejo, mamá, debo irme –le dice Jacinto a una señora anciana que come la otra mitad del pan–. Anda con Dios – responde ella. Jacinto sale. En el barrio lo saludan como Fideíto; él siempre devuelve el gesto con su colorida sonrisa.

Renato va apurado en su auto. Esa mañana se le hizo tarde viendo el noticiero. Es doctor de una prestigiosa clínica y maneja renegando por el insufrible tráfico.

Jacinto sube a un micro e inicia su rutina. Cuenta algunos chistes, pocos le hacen caso. Pocos ríen, pocos lo escuchan. Luego ofrece unos caramelos y sin nunca obviar su sonrisa, agradece y abandona el vehículo para subir de inmediato a otro.

En una intersección transitada, el semáforo está a punto de marcar rojo. Renato sabe que si no aprovecha la luz ámbar, demorará mucho más de lo previsto y decide acelerar. Logra cruzar con temeridad ya cuando el semáforo lo impedía.

Fideíto baja del otro bus aprovechando que los vehículos se han detenido y divisa otro a mitad de la calle con muchos pasajeros. Se apresura y cruza sin reparo. En ese momento es embestido ferozmente por un vehículo que desafió la luz roja.

Renato sangra de una herida en la frente. Ha bajado de su auto y ahora está delante de un hombre que ya no podrá sonreír más. Mira la irónica
agonía de un payaso que no respira. Insiste en reanimarlo usando las técnicas que conoce pero sabe que es inútil. Es paradójico haber matado a un payaso. Lo queda mirando porque pudiendo salvar vidas ha eliminado una. La sangre de Jacinto tiñe de rojo su blanco rostro.

Renato piensa en sus vacaciones y solloza. Bajo el cielo gris de Lima hay un médico vencido frente a un infeliz payaso mientras a lo lejos se oye venir un patrullero.

RECETA
De Luis Benjamín Román Abram

Safari en Lima era el negocio de moda en la ciudad. La idea de instalar un restaurante especializado en platos kenianos había sido un acierto. Tanta era la demanda que la única forma de asistir era previa reservación días antes. La idea gastronómica surgió de los gustos culinarios de su propietario, el señor Jorge Masías de Raygada, conocido como el ‘African’. De adolescente había pasado algunos años en Mombasa, en donde su padre fue cónsul del Perú. Allí, pudo disfrutar de imponentes escenarios naturales y aprender aspectos de la cultura masái, incluyendo sus extraordinarios potajes.

Para la alta sociedad limeña, él era un empresario de treinta años, rico, culto, filantrópico y algo excéntrico. Lo observaban movilizarse en autos cuyos exteriores imitaban la piel de las cebras o el hermoso plumaje de aves coloridas. De vez en cuando le gustaba sorprender a los suyos imitando el poderoso rugido de un león hambriento. En su establecimiento, la música de fondo que acompañaba a los clientes era el redoble de tambores tribales. También llamaba la curiosidad el atuendo y rasgos de sus trabajadores; ellos hubieran sido perfectos como extras para una película de Hollywood, de esas que ya no se hacen, en las que un explorador europeo del siglo XIX se encontraba africanos no contactados por Occidente.

Todo iba bien hasta que un cliente lo acusó de haber encontrado las dos falanges de un pulgar humano en su comida. Los medios de comunicación amarillistas dijeron, directamente, que vendían carne humana y ya apostaban por sentencias judiciales drásticas. Ese día, él solo recordó que hacía veinticuatro meses, cuando constituyó el negocio, le había comentado a un amigo peruano que en Kenia le habían advertido que cualquier receta alimenticia que saliera de sus fronteras no podía alterarse bajo ninguna circunstancia o la vida del osado sería un infierno.

—No, señor juez, toda nuestra carne es importada del África y es sometida a un estricto control sanitario, tanto en Nairobi como en Lima.
—No, señor juez, nuestra personal es entrenado. No me explico por qué la dependencia de salud indica que no era carne animal. Era de cebra y de tapir, punto. O es un terrible error de ellos o es una vil conspiración de la competencia en mi contra. Ya sabe que nuestros compatriotas no perdonan el éxito. Pido un nuevo peritaje y por especialistas renombrados que propondremos las partes.
—No, el canibalismo ya no es una práctica en Kenia; y me reservo el derecho de llevar a la justicia a quienes me vinculen a eso.

Antes de acudir a una segunda audiencia judicial y mientras se cambiaba
de ropa, seguía pensando en las instrucciones que le dieron sus abogados. Que negara todo, que nada le pasaría y el caso sería cerrado. Y eso fue lo que sucedió.

Más tarde, de regreso a su inmenso restaurante, se miró de cuerpo entero, contento, en el espejo que tenía en su oficina. Había triunfado en el juzgado y, es más, litigaría contra el ministro de Salud por
difamarlo. Hasta le gustaría hacerlo por lucro cesante, pero la verdad es que nunca vio disminuida la demanda de los servicios culinarios, así que apenas sería por daños morales. De pronto, vio, además de su imagen reflejada, una fantasmal flecha de madera con punta triangular que como en cámara lenta se dirigía a su espalda, para disolverse antes de llegar a esta. Se dibujó la satisfacción en su rostro. De ninguna manera pensaba en innovar o fusionar con los ingredientes peruanos las fórmulas kenianas. Las recetas tradicionales se respetan y él seguiría importando carne humana de primera, ¡claro está!