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Elvira Luza: retrato de una guardiana de la artesanía [FOTOS]

Un repaso por la historia de una artista que supo valorar las cosas que para muchos no valían nada

Nadie lo supo hasta que el viejo, finalmente, se fue. Nadie tampoco se atrevió a preguntar por su identidad mientras estuvo allí, tan ameno él, tan en casa. El octogenario visitante de apetito voraz, un extraño que devoraba sanguchitos y engullía mazapanes mientras prodigaba recuerdos de París, resultó haber sido (lo revelaría la anfitriona después), el francés André Coyné, el fundamental estudioso de Vallejo. Así era la casa de Elvira Luza, recuerda el museólogo Luis Repetto, amigo y asiduo participante durante años de las tertulias que puntualmente, cada domingo a las 5 de la tarde, se realizaban en el hogar de la gran coleccionista de arte popular: un recodo amable donde toparse con personajes memorables. 

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Caseritos de aquellas jornadas de debate en la casona de Santa Beatriz fueron antes, también, José María Arguedas, Arturo Jiménez Borja y Pedro Rojas Ponce, el legendario dibujante y discípulo de Julio C. Tello. Hoy, con sus finas incrustaciones en bronce, el comedor de Luza alrededor del cual se sentaban a tomar el té tales luminarias acompaña a Repetto en su departamento miraflorino. Allí desayuna, allí toma su lonche, nutriéndose de sus fantasmas en aquella mesa heredada de Luza junto a una lámpara de cerámica vidriada del Cusco. “Los muertos no están muertos mientras estén en tu pensamiento”, dice Repetto, “para mí, esta mesa, cada silla, es Basadre, es Porras, es Arguedas, es Alicia Bustamante”. En algún momento, lo ha dispuesto Repetto, el comedor de los peruanistas eternos se integrará a la colección del Museo de Artes y Tradiciones Populares del Instituto Riva-Agüero, que también alberga la colección de Luza de 237 piezas, entre las que destacan retablos ayacuchanos, mates burilados, cruces de Santiago, tapices transicionales del siglo XVII y toritos de Pucará que le sacan la lengua a quienes antes los despreciaron. 

Elvira Luza, la mujer que fue pionera en estudiar en la Escuela de Bellas Artes cuando esto no era bien visto por la pacata sociedad limeña de inicios del siglo XX (señoritas dibujando calatos, horror de horrores), fue también la que defendió el Premio Nacional de Cultura a Joaquín López Antay en 1975. Y fue para ella, precisamente, para quien el premiado escultor le pintó el único lienzo que hizo en su vida: una flor de retama dibujada sobre una tela de costalillo, en la que estampó su firma con pluma de gallina. 
Jaime Liébana, dueño de una descollante colección particular de arte popular (su casa es un verdadero museo), recuerda, por su parte, la tarde en que Elvira le tocó el timbre de su casa en la Bajada de los Baños de Barranco. Llevada por Repetto y por la curiosidad, llegó hasta allí para comprobar lo que Liébana le contaba cada domingo, para ver con sus ojitos viejos pero no cansados si tanta belleza podía ser cierta. “¡¿Pero dónde has conseguido esto?!”, llegó a decirle cuando se vio rodeada de aríbalos sin quebrar, de platos de cerámica vidriada, de ángeles, retablos, tupus y un larguísimo etcétera de codiciadas piezas. “Se le pusieron los ojitos cuadrados, brillantes, era una maravilla de mujer, uno de esos personajes limeños increíbles, divinos… Ahora existe otra Lima”, recuerda Liébana. 

Repetto, de entre los mil tesoros que guarda en casa, extrae unas libretas añosas, y allí, de puño y letra de Luza, destaca una colección de frases populares entre las que resalta la siguiente: “Quisiera ser pajarito con patitas de algodón, acostarnos en tu cama pa’ yo sacarte el calzón”. Gran conversadora, alegre y decidida, cuando Repetto le pidió alguna vez grabarla mientras comentaba su colección a los visitantes dominicales, ella le replicó: “¿Me está usted diciendo que piensa llevarse mi voz? ¡Es como que me viera el fustán!”. Repetto, entonces, la grabó “en la clandestinidad”. Aquel caset reposa, ahora, en algún lugar recóndito de su exquisito arsenal de cachivaches notables. 

CODA
Luego de aquel primer encuentro en casa de Luza, Coyné buscó a Repetto para hacerle un pedido especial: que lo guiara a la tumba de César Moro en el Presbítero Maestro. Allí, en el nivel más pobre del cementerio, de noche y alumbrados por antorchas, Coyné escenificó, junto a otros acompañantes vestidos de negro, lo que Repetto interpretó como un homenaje espontáneo. Ya después, Luis Peirano le reclamaría a Repetto por no haberlo invitado al estreno de “Ojo de perdiz”. 

–¡¿Qué es ojo de perdiz?!”, respondió Repetto. 
–¡No te hagas! Es la única obra de teatro que escribió César Moro, que tradujo Coyné y que se presentó por única vez en el cementerio, retrucó Peirano. 
Surrealismo total, digno de colección. 

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