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Ferrocarril Tacna-Arica: el tren que se fue a la guerra

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American Locumotive Company Rogers Works ( 1908 ), la pionera en abrir una ruta que ni la guerra pudo interrumpir.

"Trenes del sur, pequeños entre los volcanes, deslizando vagones sobre rieles mojados por la lluvia vitalicia, entre montañas crespas y pesadumbre de palos quemados”. Es altamente probable que Pablo Neruda, amante de locomotoras y mascarones de proa, se haya embarcado alguna vez en esta longilínea serpiente de metal que empezó a correr en 1856 y nunca dejó de operar, ni siquiera durante la infausta Guerra del Pacífico que terminó convirtiéndolo accidentalmente en el único tren internacional que tiene el Perú.

Concédese al referido Hegan el privilegio que solicita para construir un camino de hierro del puerto de Arica a la ciudad de Tacna, que estará concluido dentro de tres años a lo más”, reza el decreto firmado por el entonces presidente don José Rufino Echenique. De esta manera, el primer tren haría su ingreso triunfal a Tacna el 25 de diciembre de 1855, y desde el 1 de enero del año siguiente se establecería el servicio diario entre ambas ciudades peruanas. Pero para efectos de la concesión, el ferrocarril de Arica y Tacna sería declarado oficialmente inaugurado el 1 de enero de 1857.

Desde entonces, maestranzas, bodegas, galpones, carros, vagones, depósitos de carbón, herrería, carpintería, talleres de pintura, fundiciones, depósitos de madera, estaciones de agua, tornos y demás maquinarias yacen en tanta quietud que es altamente posible pensar que el tiempo tiene un pacto secreto con el óxido y el hollín. Y de allí hasta el horizonte, siguiendo la lengua de metal que se ondula por la desembocadura del valle de Tacna. Por pedregales, avenidas de agua, declives. Cruzando el río de Chacalluta, flotando sobre los puentes de fierro oportunamente cableados por la Arica and Tacna Railway Company. 

Y en el fondo, brillando entre sus huesos de hierro fundido, la bella locomotora ‘made in Philadelphia’ de 35 toneladas, cilindros de 18 pulgadas de diámetro y tres pares de ruedas motrices capaces de arrastrar 50 toneladas de peso neto por las gradientes del desierto peruano. Todo está allí sobre papel. La historia perennizándose en la unión de dos rieles de fierro dulce ligados con cuatro tornillos. Soñando el peso de su historia sobre el ciprés de sus durmientes.

Todo un legado que ahora Miguel Coaquira, a través de sus fotografías, pone al alcance del público.

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Lugar: cruce de las calles 2 de Mayo y Gregorio Albarracín, Tacna. Fechas: hasta el 5 de febrero. Horario: de 9 a.m. a 7 p.m. Ingreso: libre.


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