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Miguel Det: trazos para capturar lo grotesco [FOTOS]

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Miguel Det nunca ha tenido celular. El WhatsApp mataría su inspiración. Aquí en la sala Luis Miró Quesada Garland (Foto: Víctor Zea)

Sus compañeros del colegio le decían ‘Muerto’. En los recreos, el bisoño y flacuchento Miguel se quedaba clavado en su asiento. Parecía que nunca se separaba de su carpeta. La pelota no le provocaba nada. Algunas de sus vías de evasión eran la lectura y el dibujo. Su conducta era una suerte de éxtasis de lo estático. Pero el camino del antisocial puede desembocar en la maestría.

Luego vino la furia sublime del heavy metal. Miguel sintonizaba con la banda Death, palabra que en español significa ‘muerte’. La inevitable distorsión fonética, criolla y palomilla convirtió ‘death’ en ‘det’. Un alías artístico nacía. Miguel Vidal Salas también era Miguel Det.

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La música servía para rebelarse y sentirse menos perdido (hoy el espejismo de la conexión pasa por el celular, aparato omnipresente que Miguel nunca ha tenido para evitar intromisiones y adicciones). Él fue parte de la mancha subterránea de los 80 con el grupo Anti, integrado además por César R. y Abel Morbo, cuyos verdaderos apellidos siguen siendo un misterio. Querían tocar metal, pero por la carencia de nociones musicales terminaron haciendo punk o metiendo bulla. Destruir para construir. Tenían solo tres temas. En los recitales, el público les gritaba: “¿No tienen más canciones?”. A ellos les resbalaba. Miguel tocaba el bajo y lanzaba graznidos.

ORIGEN DE LA TINTA 
Sus padres querían que fuera médico, aunque él ingresó a Biología en la UNMSM. Era el Perú catastrófico de 1986, azotado por el terrorismo y Alan García. Miguel no terminaría la carrera. Pero ahí desarrolló una capacidad de observación del cuerpo humano: la paciencia y la exactitud contribuían a depurar sus dibujos. Él no sabía cómo contarle a su padre que era poco viable que se graduara como biólogo. Hasta que en 1996, por intermediación de la escritora Rocío Silva Santisteban, Miguel empezó a trabajar en la revista “Somos”. Al ver sus dibujos publicados, su padre se tranquilizó un poco. Quizás pensó: “Mi hijo no se morirá de hambre”.

Sus padres fueron claves en su pasión por las historias. Por trabajo, su madre llegaba agotada a casa. A ella le gustaba contar historias para que el niño Miguel se durmiera. Pero por cansancio, su madre se dormía primero. El relato quedaba inconcluso. Unos puntos suspensivos se formaban en el aire. Ese niño expectante completaba esas historias mediante sus dibujos. En esas viñetas aurorales, un zorro podía ser amigo de un gallo, en lugar de romperle el pescuezo. La imaginación mordaz y crítica vendría después.

DIBUJAR ES UN ESTILO
Con el correr de los años, él asimilaría influencias variopintas para dar con un estilo personal y notable. Estas referencias excelsas del dibujo y la ilustración abarcan el detallismo romántico de Gustave Doré, el ukiyo-e (las estampas japonesas que iluminaron a Van Gogh), la libertad y el hedonismo de Aubrey Beardsley, los fascinantes tonos sombríos de Lynn Ward, o esos cómics llenos de aventuras que leía de niño y que eran lanzados por la editorial mexicana Novaro. La lista sigue.

El resultado es una estética facturada por “un explorador simultáneo de lo grotesco y lo sublime, del crimen y lo maravilloso, de la fealdad y la belleza, y en eso reside el secreto de estas metamorfosis contemporáneas: no hay esencias, sino un constante devenir entre lo humano y lo animal, entre la civilización y la barbarie”. Esto lo dice Alfredo Villar, el curador de la muestra “Las metamorfosis” que condensa cerca de 30 años de creaciones de Miguel Det y que evidencia la diversidad de sus obsesiones en más de cien dibujos originales: sátira política, simbiosis con la literatura (ha adaptado relatos de Martín Adán y Salazar Bondy), pesquisas mitológicas (trasladó a un formato gráfico el manuscrito quechua "Dioses y hombres de Huarochirí"), afiebradas visiones de lo real, surreal, inconsciente y del más allá, etc.

Villar agrega: "Arte popular, heavy metal cómic, caricatura punk, novela gráfica y poema visual, todo es posible en este universo que nos invita a transformar no solamente nuestra mirada, sino también nuestra mente y, quizás, nuestros deseos más secretos y profundos".

Tres décadas han transcurrido en un pestañeo. “¿Qué diablos hice en 30 años?”, se pregunta Miguel con su voz  por ratos apenas audible. La muestra "La metamorfosis" le ofrece algunas pistas para intentar dar con una respuesta. Entonces susurra: "Ah, me la pasé dibujando".

MÁS INFORMACIÓN

Lugar: Sala Luis Miró Quesada Garland (esquina de la Av. Larco y la calle Diez Canseco, Miraflores). Fecha: hasta el 9 de abril. De mar. a dom., de 10 a.m. a 10 p.m.

 


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