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Batman v Superman: héroes sin gloria [CRÍTICA]

Nueva apuesta de Warner-DC tiene, para Sebastián Pimentel, "personajes gaseosos" que no terminan de convencer

Batman v Superman: héroes sin gloria [CRÍTICA]

Batman v Superman: héroes sin gloria [CRÍTICA]

Batman v Superman”, la nueva apuesta de Warner-DC, es la continuación del también mastodóntico “El hombre de acero”, dirigida en el 2013 por Zack Snyder. Apunten bien ese nombre. Porque como en su momento sucedió con Michael Bay y sus “Transformers”, Zack Snyder es más –o menos que un director de cine. Es el inventor de un renovado espectáculo del efectismo visual. Es decir, el triunfo del cine como comercio de masas. Y, a la vez, el fracaso de su poder de fabulación.

Pero dejemos por un momento la “estética Snyder”. En “Batman v Superman”, todo empieza cuando Bruce Wayne (Ben Affleck) mira con pesar las ruinas de su edificio financiero. La causa del desastre: las peleas ciclópeas que emprendió, con otros enemigos, el hombre de la capa roja. Una suerte de envidia parece mover a este Batman – bien interpretado por Affleck, quizá lo mejor de la película–. Y bien le habría venido al filme continuar su modulación de ese lado oscuro, muy oscuro, que parece inquietar al hombre de negro.

El problema de Batman es que su inicial envidia otoñal no pasa de ser un mero capricho. Los tormentos que sufre su mente, con pesadillas psicodélicas poco inteligibles de por medio, contribuyen a la confusión general. También proliferan personajes aun más gaseosos. A pesar de los esfuerzos de Henry Cavill, Superman carece de un carácter reconocible. Y ni qué decide Wonder Woman, entidad totalmente fantasmal cuyas apariciones no pasan de ser parte del decorado y el anuncio de una secuela.

Precisamente, lo que termina por empañar los trabajos del director de “300” es su displicencia frente a las articulaciones narrativas básicas. Sus filmes se empeñan en desplazar, también, dosis mínimas de complejidad psicológica. Ponen así, en primer plano, la sensualidad de colores intensos, composiciones barrocas que emulan al cómic –de ahí que podamos vincular su estética con la de Robert Rodríguez en “Sin City”– y, sobre todo, la acción revestida de fuegos de artificio –siempre hay una nube de polvo, sangre, nieve o lluvia envolviendo sus montañas rusas– manipulada por cámaras lentas y rápidas en la senda de “Matrix”.

Pero, definitivamente, lo peor de “Batman v Superman” es Jesse Eisenberg. Recordado por su interpretación de Mark Zuckerberg en “La red social”, fuerza los tics de un Lex Luthor maniático y malvado, como si siguiera siendo ese nerd que estafó a sus amigos para adueñarse de Facebook. Sus riñas con los superhéroes solo sacan tímidas sonrisas, en lo que ni siquiera llega a ser la nota divertida de un pesado episodio de dos horas y media.

Snyder tiene en su haber un fracaso comercial, “Mundo surreal” (2011), donde extremó sus intentos por destruir la narración fílmica, aunque siempre desde una perspectiva efectista, apegada a las superficies. En “Batman v Superman”, al estar controlado por un gran estudio y una poderosa franquicia, el resultado es un poco más sólido, pero aún caótico y aburrido. Esa misma incapacidad por resistirse a la pirotecnia digital termina en una insufrible última media hora. En ese punto, el apocalipsis audiovisual amenaza con acabar ya no solo con el monstruo Doomsday ni con el pobre Lex Luthor. La principal víctima, ahora, es el cine mismo.

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