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"Demolición": nuestra crítica de lo nuevo de Jake Gyllenhaal

"Mucho del filme tiene varios niveles de lectura", reseña Sebatián Pimentel de la película del canadiense Jean-Marc Vallée

Demolición: nuestra crítica de lo nuevo de Jake Gyllenhaal

Demolición: nuestra crítica de lo nuevo de Jake Gyllenhaal

Davis Mitchell (Jake Gyllenhaal), ejecutivo de mediana edad, sufre un trágico accidente en medio del tránsito de la ciudad. Él sobrevive, pero su esposa fallece. Sin embargo, a Davis le cuesta corresponder el dolor de sus allegados. Desconectado de lo que le sucede alrededor, empieza a escribir cartas confesionales a la dirección de atención al cliente de una empresa de máquinas expendedoras de golosinas.

Así empieza el último filme dirigido por Jean-Marc Vallée, el mismo de “El club de los desahuciados” (2013). Pues bien, es evidente que estamos ante un cineasta de valía, cuya filmografía –que también cuenta con “Alma salvaje” (2014)– trata de penetrar, con sincero desgarro, en las crisis personales de sus criaturas. Pueden ser relatos sobre un hombre de vida promiscua contagiado de sida en los 80 o sobre una mujer que se divorcia y sufre la muerte de su madre. Historias al límite que cuestionan el sentido de una vida y la llevan hacia una reinvención casi total.

Si hay algo novedoso en “Demolición”, es su apuesta en expresar un dolor extraño, mudo, hasta indirecto, y que pasa por una especie de extrañamiento del individuo consigo mismo. Jake Gyllenhaal hace uno de sus mejores papeles, bien llevado por un montaje entrecortado que pone en diálogo tanto la vida antes del accidente, como la que vino después.

Mucho del filme tiene varios niveles de lectura: Davis comienza a desarmar objetos, desde su refrigeradora hasta su computadora de oficina, en una especie de manía alegórica respecto a su propia deconstrucción. Lo que podría interpretarse como locura es, entonces, una exhibición, entre conmovedora y provocadora, de su agonía.

Lejos de recurrir a una exteriorización teatral del sufrimiento, Vallée y Gyllenhaal modelan a Davis con gestos de estupor y con acciones a primera vista incomprensibles. No solo confiesa su vida al correo de una empresa de máquinas expendedoras, ya que también se esfuerza en destrozar, a martillazos, su lujosa casa de ejecutivo exitoso. Esa violencia se combina con un ambiente tomado por el silencio, que hace eco de la desconexión del personaje.



Pero “Demolición” no solo es una crónica del derrumbe. Hay aquí una crítica a la sociedad. Si en un primer momento, por ejemplo, el padre de la mujer fallecida (Chris Cooper) luce como modélico, muy pronto también comprenderemos ese lado de corrección excesiva y de sutil hipocresía que lo define. Davis es, entonces, un hombre que empieza a “ver lo que no veía antes”, como él mismo lo dice. Hasta que decide empezar de nuevo.

Las preguntas del filme son múltiples: ¿Davis había amado o no a su esposa? ¿Qué tipo de vida era la que tenía y cuál es la que quiere tener ahora? Vallée se las arregla para no caer en los clichés usuales. No hay acá romances suplementarios, sino amistades erráticas y solidarias. Para esto cuenta con otros dos buenos actores: Naomi Watts, como una melancólica madre soltera, y el muy joven Judah Lewis. Este último, una de las más gratas revelaciones del año, es un adolescente rebelde que pasa por una crisis de identidad sexual: una réplica irreverente y no menos dolorosa del protagonista.

Una pena que la coda del filme, extremadamente complaciente, le impida, a “Demolición”, ser un título mayor en la filmografía del cineasta canadiense.

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