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"Día de la independencia 2": nuestra crítica de la película

"Esta es una versión más aburrida, confusa y agobiante que la de los noventa", dice Sebastián Pimentel en su reseña del filme

Día de la independencia 2: nuestra crítica de la película

Día de la independencia 2: nuestra crítica de la película

Como con todas las películas dirigidas por Roland Emmerich, a “Día de la Independencia: contraataque” no se le puede pedir grandes cuotas de coherencia o sofisticación. Es un ‘blockbuster’, un tanque de Hollywood, cuyo único objetivo es entretener. Algo que ya había conseguido, aunque sea en parte, Emmerich, audaz emprendedor de cine fantástico que, muy joven, emigró a Hollywood desde su natal Stuttgart, Alemania.

Sin el talento de Steven Spielberg o Christopher Nolan, en muy poco tiempo Emmerich se convirtió en uno de los reyes midas de la industria. Su éxito tuvo que ver con algunas decisiones excéntricas: en “Día de la Independencia” (1996), una estrella afroamericana de la comedia –Will Smith– se convierte en el salvador de los Estados Unidos y el mundo, luego de que unas gigantescas naves extraterrestres hacen añicos a la Casa Blanca.

A diferencia de Ed Wood –el peor cineasta de la historia según algunos entendidos–, Emmerich no se tomaba en serio. Con películas como esa y otras de igual corte apocalíptico (como “El día después de mañana”), hizo del cine una juguetería, algo banal, pero aprendió a complacer a todo tipo de imaginarios colectivos.

Han pasado ya 20 años desde esa primera incursión en el cine de catástrofe. Hoy el planeta Tierra vive un período de paz y unión confederada. Porque en el mundo de Roland Emnmerich no hay ‘brexit’ ni masivas migraciones de desplazados. Eso sí, los Estados Unidos, secundados por sus socios chinos, siguen al mando. Hasta que una nueva amenaza de otro planeta nos devuelve a la primera película de 1996.

Corrección. Esta es una versión más aburrida, confusa y agobiante que la de los noventa. Emmerich supera sus propias marcas y, en lugar de un divertido y empático Will Smith, tenemos a Liam Hemsworth, quien luce como de costumbre inexpresivo, mecánico y anodino. De otro lado, algunos personajes sí resucitan. Entre ellos, Bill Pullman reaparece como el ex presidente Whitmore, cuya performance llega a conmover por su convicción, en medio de un producto tan errático y absurdo.

El aporte más curioso de este capítulo es sin duda la única actriz de prestigio del reparto, la francesa Charlotte Gainsbourg. Musa del realizador danés Lars von Trier –la tuvimos hace poco como una sufrida heroína en “Ninfomaniac”–, aparece como una bienintencionada antropóloga caída, no sabemos cómo, en alguna remota zona de África. Por supuesto, está inmersa en una lucubración profética y, cómo no, apocalíptica. Una estupenda actriz totalmente desaprovechada.

Demás está entrar en detalles o en meandros argumentales cuando la capacidad de contar una historia está tan hipertrofiada, como en este caso. Por contraste, incluso otras películas de Emmerich, como “La caída de la Casa Blanca” (2013), lucen inspiradas. Solo queda invocar a los espíritus de Guillermo del Toro (“Titanes del Pacífico, 2013), Steven Spielberg (“La guerra de los mundos”, 2005) o al mismo James Cameron (“Titanic”, 1997) para que le devuelvan al cine de catástrofe un poco de emoción y de gloria.

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