"El hijo de Saúl": nuestra crítica de la ganadora del Oscar

Película húngana fue la ganadora en la categoría de Mejor Cinta en Lengua Extranjera en la edición 2016 del Oscar

EN VIDEO: El tráiler de "El hijo de Saúl", cinta ganadora del Oscar. (Fuente: Difusión)

El cineasta László Nemes trabajó durante un buen tiempo como asistente de uno de los más grandes cineastas europeos ahí donde los haya: Béla Tarr. Los dos son húngaros. Y quizá no cuenten con una tradición cinematográfica como la italiana o la francesa. No obstante, quizá solo ellos dos basten –más otros nombres esporádicos del pasado como el aparentemente retirado István Szabó o el ya desaparecido Miklós Jancsó– para decir que mucho de lo mejor que ha producido Europa en las últimas décadas proviene de Hungría.

A Hungría le pertenece, también, el sufrimiento del Holocausto nazi. Con “El hijo de Saúl”, Nemes y la guionista Clara Royer lo ponen bien en claro, con un guion parco en palabras pero rico en trasfondos y anhelos. En este caso, durante todo el metraje se figura y se nombra un acto. Este acto es buscado, perseguido y anhelado por el protagonista. El filme es la historia de un hombre –un prisionero húngaro forzado a trabajar como obrero sanitario dentro del campo de concentración de Auschwitz– que, en medio del gueto en que está confinado, quiere dar sepultura religiosa a un niño que puede ser su hijo.

Nemes transforma las coordenadas de la caligrafía fílmica. Ya no encuadres abiertos de sofisticado blanco y negro con profundidad de campo, como en “La lista de Schindler” de Spielberg, o el melodrama aparecido en flashback gracias a imágenes nítidas de cámaras aéreas. En la cinta de Nemes, la cámara sigue al personaje principal, pegada al cuerpo, obsesivamente, desde atrás. Escuchamos el gemir de su respiración violenta, en su andar robótico y mecánico. La cámara lo sigue en la requisa de dinero de las ropas de los muertos, en la labor higiénica de los pisos bañados en sangre, o en el paso a través de cúmulos de cadáveres desnudos amontonados sin siquiera ser vistos.

Pero, ¿qué es lo que vemos alrededor de la cabeza frenética y siempre en movimiento de Saúl (Géza Röhrig)? Entre lo que vemos y lo que imaginamos, el entorno está cubierto por un paño: la capa borrosa del desenfoque que Nemes emplea. Solo la cabeza del protagonista está enfocada. Porque este es el cine de las imágenes que están fuera de campo. Lo que no vemos se hace visible, entonces, gracias a los gritos y los ruidos, el disparo de las cámaras de gas y de las metrallas, los lamentos de horror, el cruce de múltiples voces de un caos infernal: voces de mando de los nazis, de los prisioneros que saben que van a morir…

Pero más que un filme apegado al terror, este lo enfrenta desde la perspectiva de quien resiste. La cámara de Nemes no muestra en primer plano el horror, ya que entrever la presencia de las montañas de cadáveres, que están por todos lados, resulta siendo más duro. En el fragor de ese frenesí mecanizado, y que pretende su deshumanización, Saúl busca un último acto humano: enterrar el cadáver del pequeño que ha adoptado como hijo. Se trata de un niño que Saúl ve resucitar por breves momentos, y todo el objetivo de su vida pasa a ser el de salvaguardar ese cuerpo que, por un rapto de fe o de locura, ha pasado a ser sangre de su sangre. 

A diferencia de su maestro, Béla Tarr, László Nemes ha encontrado su propio lenguaje. Se han dejado los largos planos estáticos y contemplativos del “Hombre de Londres” o de “El caballo de Turín”. Lo de Nemes es otra cosa: la transmisión de la desesperación encerrada en un hombre convertido en máquina, y, por eso mismo, el surgimiento de la fe, travestida de locura, como forma de lo imposible, la conquista de un cuerpo sagrado, la posibilidad de enterrar y decir un rezo. 

Para finalizar, solo diré que este filme trasciende las interpretaciones religiosas. La fe no es una cuestión de dogmas. Puede ser también la búsqueda de la afirmación de la vida en medio de la muerte. Esta afirmación, en ciertas condiciones, solo puede formularse como una voluntad de creer. Como en un poema de Vallejo, se trata de ver lo más humano dentro de lo más inhumano. “El hijo de Saúl” es una nueva y magistral formulación de ese reclamo. 


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