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"Mi amigo el dragón": nuestra crítica de la película

"Un acierto del director del filme es su intento por concentrarse en las emociones de los personajes", dice la reseña

Mi amigo el dragón: nuestra crítica de la película

Mi amigo el dragón: nuestra crítica de la película

Es probable que no muchos recuerden “Pete’s Dragon” (1977), lánguido intento de los estudios Disney por aprovechar hasta el último suspiro las técnicas utilizadas en “Mary Poppins” (1964). La fórmula invocada: combinar acción real con dibujos animados, fraguando secuencias musicales con unos personajes y unas tramas que resulten atractivas para toda la familia.

Pues bien, tenía que llegar la tecnología digital para que, casi cuarenta años después, Disney se decida a recapitalizar algunos de sus pasivos menos exitosos en ese apartado. Uno de esos relativos fracasos, como fue “Pete’s Dragon”, esperaba su turno. Así, en “Mi amigo el dragón”, regresa este niño que queda en la orfandad y comienza a vivir una vida salvaje en compañía de un dragón bondadoso que se convierte en su mejor amigo.

Esta adaptación, respecto a la versión original del 77, es casi una reinvención total. No solo se han eliminado las secuencias musicales, así como el tono extremadamente infantil, cambiándolo por uno más adulto. También se ha innovado el contexto de esclavitud del que provenía el pequeño –ya muy lejano y cruento respecto a la actualidad– por el accidente familiar y posterior vida de Peter al interior del bosque.

En ese sentido, este nuevo Peter (Oakes Fegley) es un niño-lobo, un verdadero salvaje que ha borrado las marcas de la civilización. Como si Disney hubiera querido alimentar este personaje con los influjos de otros mitos de la cultura popular, desde Tarzán hasta el Mowgli de Rudyard Kipling –recordemos que este año se estrenaron tanto “La leyenda de Tarzán” (David Yates), como el remake de “El libro de la selva” (Jon Favreau), también de Disney–.

Pero “Mi amigo el dragón”, más allá de estos referentes obvios, o del realismo que los efectos digitales otorgan al amable monstruo verde que protagoniza el filme, trae otras sorpresas. Como muchos ya han señalado, un acierto de David Lowery, joven realizador que proviene del cine independiente, es su intento por concentrarse en las emociones de los personajes. Lo que antaño podía ser natural, hoy resulta asombroso: como si alcanzar alguna señal de amistad o angustia en el rostro de un niño sea en la actualidad una verdadera rareza en el género de la fantasía.

Esto último también se debe al talento de Oakes Fegley: gran parte del poder de la cinta tiene que ver con la impotencia y la incapacidad de comunicación que sufre el pequeño. En cuanto al dragón, es casi una nueva versión de King Kong –otro gigante prendado de un ser humano e igual de incomprendido–. Una criatura que combina la fiereza y ternura a la manera de una bestia mítica de Hayao Miyazaki –recuerda a algunas secuencias de su “Viaje de Chihiro” (2001)–, pero también es una de las víctimas de la empresa de explotación capitalista que lleva a cabo la industria maderera del pueblo.

Con una escritura visual tersa y clásica, que aplica en igual medida planos abiertos que abrazan el paisaje natural como planos cerrados centrados en el rostro del niño y del dragón, el filme es un acierto. Entre sus puntos bajos, se cuenta cierto encorsetamiento en el planteamiento general de la historia, algo lineales y predecibles. Sin embargo, tanto su crítica social como su identificación con esta pareja que se resiste a romper sus lazos recuerdan lo mejor de la tradición romántica, esa que va desde “El niño salvaje” (1970) de Truffaut hasta las mejores páginas de Mariano Iberico.

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