"Salve, César": nuestra crítica del filme de los hermanos Coen

"Los Coen consiguen un difícil equilibrio" explica Sebastián Pimentel en su reseña de cinta protagonizada por George Clooney

"Salve, César": nuestra crítica del filme de los hermanos Coen

George Clooney en "Salve, César" de los hermanos Ethan y Joel Coen. (Foto: Difusión)

"¡Salve, César!" se inscribe en el filón más paródico de los hermanos Coen. Como otras veces, el tema es el Hollywood clásico. Solo que la recreación de los estudios de grabación, las mastodónticas escenografías, la ebullición constante de esas fábricas de sueños, van aparejadas con una oscura trastienda: tapaderas de escándalos sexuales, chismografía de la prensa amarilla y, sobre todo, la sombra comunista que proyecta la guerra fría en los inicios de los años cincuenta.  

En medio de toda esta parafernalia, se alza el magnate de los Estudios Capitol, Eddie Mannix (Josh Brolin). Echando mano de medios legales e ilegales, Eddie es un tipo duro que cuando se confiesa en la Iglesia solo le preocupa el “pecado” de no poder dejar de fumar. Sin embargo, luego debe convencer a DeeAnna Moran (Scarlett Johansson) de no hacer público su embarazo, mientras apacigua los ánimos de religiosos católicos, judíos y protestantes, todos consternados con el mensaje espiritual que pudiera esconder la última producción bíblica estelarizada por Baird Whitlock (George Clooney).

Los Coen consiguen un difícil equilibrio. Mientras rinden homenajes a Esther Williams y Busby Berkeley, se las arreglan para incorporar subtramas del lado oscuro. Quizá la más subyugante de ellas sea la de Whitlock/Clooney –remedo de Cary Grant o de Gary Cooper– como víctima de un rapto organizado por una misteriosa secta de guionistas comunistas de California.

En "¡Salve, César!no se puede hablar de realismo. No solo porque estamos siempre entrando y saliendo de las ficciones que se filman en Capitol Pictures. La cotidianeidad también se ve transfigurada, como en un relato de Kafka, por detalles misteriosos o personajes estrambóticos. Allí están, para probarlo, las reuniones del grupo de amables intelectuales marxistas liderado por Marcuse. En una mansión frente al mar, no dejan de discutir sobre la marcha dialéctica de la historia con el actor que han secuestrado.
Por otro lado, las cámaras de los Coen, siempre irónicas, logran superar la fría caricatura. Por el contrario, los personajes pueden ser tiernos y a la vez crueles, tan simpáticos como imperfectos. Quizá queden en la memoria no solo Whitlock o DeeAnna Moran, sino también Alden Ehrenreich, quien interpreta al joven héroe de seriales western llamado Hobie Doyle, especie de Ricky Nelson que solo sabe cantar y hacer piruetas a galope de caballo. 

Pero lo más logrado quizá sea ese doble proceso que emprende "¡Salve, César!" en torno al mito del cine, y que ya se había realizado con éxito en “Barton Fink”. El desmontaje de Hollywood implica, con los Coen, una nueva mitificación. Por un lado, asistimos a las entrañas de esa maquinaria de sueños, con todo el entramado de vicios, hipocresías y complots que están detrás del glamour; pero por el otro, se afirma el trabajo por el arte de las imágenes en movimiento como una necesidad humana que va más allá de cualquier ideología, así sea Capitol Pictures un negocio, Clooney un romano piadoso o Scarlett Johansson una sirena virginal. Y es que Mannix prefiere la agonía fílmica –incluida la que va más allá de la ficción– a cualquier otra. ¡Salve, Hollywood! (el de esos tiempos, claro).

 


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