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"La democracia es un futurible", por Marco Aurelio Denegri

En su columna de esta semana, Marco Aurelio Denegri escribe sobre la democracia y sus principios fundamentales

La democracia es un futurible, por Marco Aurelio Denegri

La democracia es un futurible, por Marco Aurelio Denegri

El Padre Hubert Lansiers, a quien todos recordaremos siempre no sólo por su labor incesante en pro de los reclusos, sino por sus juicios agudos y certeros sobre una variedad de asuntos, manifestaba que las declaraciones líricas y pomposas acerca de la democracia le recordaban los versos siguientes de Alfred de Musset:

He visto la sombra de un cochero

limpiar la sombra de una carroza

con la sombra de un cepillo.

Aquí sombra significa aparición vaga y fantástica de la imagen de una persona o cosa ausente. La percepción de la democracia como ausencia es muy común, y al revés, muy incomún la percepción de la democracia como hecho real y concreto, como realidad de cuya patencia no se puede dudar.

Lo recién afirmado tiene explicación muy sencilla, a saber:

La democracia, sensu stricto, la verdadera democracia, la democracia auténtica, en la que rijan la libertad, la igualdad y la justicia, nunca ha existido y naturalmente hoy tampoco existe, aunque podría existir. ¿Por qué? Porque es un futurible. Así se lo dije al doctor Francisco Miró Quesada Rada cuando lo entrevisté el año 2007 en mi programa “La Función de la Palabra”. Dialogamos acerca de su último libro, precisamente dedicado a la democracia y que se titula Del Ágora Ateniense al Ágora Electrónica.

El término futurible designa lo futuro condicionado, es decir, no lo que será con seguridad, sino lo que sería si se diese una condición determinada, o más de una.

La democracia, según demostración cumplida de Francisco Miró Quesada Rada, es incompatible con el capitalismo y el imperialismo. También es incompatible con las clases sociales. Una sociedad clasista no es verdaderamente democrática. La democracia tampoco puede coexistir con el racismo, el fundamentalismo, la marginación, la exclusión social y la xenofobia. El hecho de que las pseudodemocracias coexistan con todo lo antedicho es patentizador de su inautenticidad.

Dos principios fundamentales de la democracia son la libertad y la igualdad. Ahora bien: en cuanto a lo primero, la libertad, baste manifestar que cuando hay hambre y extrema pobreza, entonces la libertad, como decía Curzio Malaparte, apesta tanto como la esclavitud. Y en cuanto a lo segundo, la igualdad, se trata de un principio que el ser humano no puede cumplir, porque el ser humano no es igualitario, sino jerárquico y jerarquizante. Los etólogos nos han enseñado que la propensión o tendencia al mando o jefatura es innata; pero también es innata la propensión o tendencia al sometimiento. De modo que al ser humano le resulta tan natural el mando como el sometimiento. Lo que no le resulta natural es la igualdad. 

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