"Mi libro no habla solo sobre sexo sino sobre muchas más cosas"

Conversamos con el escritor español Hernán Migoya, autor de "La flor de la limeña" (Planeta, 2016)

Hernán Migoya en la redacción de "El Comercio". (Video: Aarón Ormeño)

El español Hernán Migoya acaba de presentar bajo el sello de la editorial Planeta “La flor de la limeña”, libro que sigue la historia de H., un hombre que deja a su esposa en España para emprender un peregrinaje de seducción por Lima. A propósito de la publicación, conversamos con el autor.

-¿Crees que el protagonista tiene un gusto mayor por la seducción que por el sexo?
Creo que no es solo adicción al sexo, efectivamente, porque él necesita ese juego de cacería, que es como la caza en sí, y él lo hace de una manera metódica, fría, casi psicópata. Hay una especie de cerebralidad con la que se toma el tema de la seducción. Me parece que existen muchos adictos al sexo y quizás puedan solucionar su tema haciéndose actores porno, pero H. necesita el juego previo, contactar chicas, coquetearles, tenderles trampas, ver que ellas pisen el palito y caigan en sus redes. Eso es tan satisfactorio para él como el orgasmo en sí.

-En tu historia no estamos frente a un típico ‘conquistador’, H. debe ‘sudarla’ mucho: cantar, inventar cuentos a las chicas, escuchar sus problemas y sueños…
Uno de los pocos rasgos agradables de H. es que no paga por sexo. Nunca va a buscar prostitutas. Así que la premisa graciosa de su cacería es que va en igualdad de condiciones. Todas las mujeres que intenta seducir están con él de forma voluntaria. Él encuentra despreciable pagar e incluso huye de las prostitutas. Me parece esto un ‘fair play’ (juego limpio). Seduce por su personalidad, además porque no es un tipo especialmente atractivo. Ha aprendido a desarrollar técnicas de seducción y particularmente las chicas peruanas entran muy a gusto en este juego porque parece que, quizás, están algo resentidas con el machismo local.

-Al inicio uno podría pensar que el protagonista es simplemente alguien que busca una chica distinta cada noche y no la llama nunca más, pero en el camino H. se devela sincero, intentando alejarse de la hipocresía en su contacto con el otro sexo…
Es cierto. Él es un seductor que intenta jugar limpio, no usa trucos sucios como hacer falsas promesas. No engaña ni miente. Es más, ocurre al revés. Precisamente lo que le gusta a las mujeres de él es que lo único que ofrece son unas horas de diversión sexual. Eso les choca a ellas porque lo notan como algo inusitado, poco habitual. En cierto modo, sí me gustaría que dentro del panorama peruano (esta novela) sea un poquito para el mundo hetero lo que fue “No se lo digas a nadie” para el mundo gay. Es como coger a la ‘tapada limeña’ y levantarle la falda para ver qué hay debajo. Me gustaría que la gente pueda ver lo que los limeños y las limeñas esconden entre sus sábanas.

-¿Hay muchas más cosas debajo de las sábanas limeñas o de las españolas?
Sí, hay más en las sábanas peruanas porque las españolas, supuestamente, no da vergüenza airearlas. No somos tan tradicionales hoy día. La religión no tiene tanto peso en las grandes ciudades como en Lima. Sin embargo, lo curioso es que –y esto se deja ver en la novela—en una sociedad supuestamente mucho más católica y casta hay muchas más cosas debajo de la sábana que en una aparentemente más liberal como la española.

-Me hace recordar a otro detalle muy presente en tu novela, esa contradicción que hay en una ciudad tan supuestamente cuidadosa de las formas pero a la vez plagada de hoteles al paso.
Creo que la primera sorpresa que se lleva un extranjero en Lima es la proliferación de hoteles para parejas. Es algo que no concibe naturalmente alguien. Y los hoteles de Lima creo que son un símbolo de lo que es la vida erótica sexual limeña, que es de puertas adentro y en un territorio neutral, lo cual implica que probablemente no sea muy lícito airear esos encuentros sexuales, ya que no tienen lugar en la casa de la gente sino en sitios donde quizás no interesa saber la identidad de la otra persona, o porque probablemente hay un engaño de por medio. En cierto modo, el otro símbolo de mi novela, aparte de la ‘tapada limeña’, podría ser el hotel al paso.

-En la novela hay varios pasajes donde se denotan ciertos fetiches del protagonista. Hablas de distintas partes del cuerpo de las mujeres de una forma muy delicada y apasionada. ¿Fue esto con la intención de darle pausas al relato crudo o hay algo más?
Toda la parte en la que H. se dedica a describir y celebrar de manera absolutamente erótica, barroca y casi romántica, la anatomía femenina, es un contrapunto que vi necesario a las vicisitudes de H., un respiro para la lectura y también casi un homenaje a mi generación, la de los masturbadores compulsivos que hubo en España. Y creo que esto es un elemento común ya a todas las generaciones. Los jóvenes de hoy son grandes masturbadores. Y eso es como un indicio de que en H. hay un pasado ligado a esto. Ese deseo enfocado a la masturbación en la juventud hace que muchos mitifiquen a las mujeres. Esa mitificación adolescente que presenta H. hacia la mujer lo impele a buscar continuamente…

-A la mujer perfecta…
Exactamente. Por ahí va también esa inserción de cantos apasionados hacia el espíritu de la mujer, hacia su físico y hacia la naturaleza femenina.

-Finalmente, desde que llegaste a Lima en 2005, ¿en qué crees que ha cambiado la ciudad en general?
Me parece que Lima se está modernizando mucho, y quizás tanto que ya a la gente no le parece normal que la asalten en la calle. Cuando llegué en 2005 estaba horrorizado ante tantos atracos con pistola. Me asusté mucho y mis amigos me decían “eso no es nada, es normal”, pero hoy no lo es más. Eso demuestra quizás que la ciudad ha progresado porque ya no se ve normal algo anormal (una tasa de criminalidad muy alta). Sin embargo, de lo que más orgulloso estoy es de que esa nueva generación de chicos jóvenes que no tienen miedo de ir de la mano con su novio del mismo sexo. Homosexuales, lesbianas, bisexuales y transexuales. Me enorgullece mucho la valentía de estos chicos que no temen gritar que quieren ser como quieran ser. Me llena de orgullo porque tengo muchos amigos mayores de 40 en el clóset y que nunca se atreverán a salir. Así que le agradezco a los chicos que hacen lo que las generaciones anteriores no se atrevieron.